¿Por qué las madres mueren en los cuentos infantiles?

Hace unos días Roxana Palacios publicó un post en este mismo portal llamado “Yo vivo por mis hijos” en el que hablaba de la relación que se crea entre el niño y sus padres desde incluso antes de su nacimiento.

Me gustaría resaltar una frase:

“Hay un momento en el que el bebé es realmente todo para la madre, y es necesario que sea así para su supervivencia. Sin embargo, debe haber un corte o límite entre ambos.”

Esta separación efectivamente es vital, y es algo que los cuentos de hadas llevan enseñándonos desde hace miles de años. Quizá nos vendría bien repasar estas viejas historias para rescatar su sabiduría.

El papel de los cuentos

Uno de los primeros artículos que escribí en Psiquentelequia, trataba sobre la función moralizante de los cuentos infantiles.  Desde hace 1.300 años (y con casi total seguridad más), los cuentos de hadas han servido para enseñar a niñas y niños (sobre todo a las primeras) lo que deben hacer y lo que no. Lo que es deseable, y lo que hay que evitar.

Una primera visión por encima, podría hacernos creer que las moralejas de los cuentos iban dirigidas esencialmente a la infancia, pero si nos adentramos un poquito más descubrimos que también los adultos podemos aprender muchas cosas de estas viejas historias.

Disney: el asesino de las madres

La separación de la que habla Roxana tiene su máxima expresión cuando vemos que en una gran cantidad de historias creadas para el consumo infantil, la figura de la madre, del padre (o de ambos) no existe.

Vamos a hacer un breve repaso de la filmografía de Disney para ponernos en situación. He seleccionado las películas más representativas de la casa, cuyos protagonistas son humanos,  y a no ser que se me haya despistado alguna, están presentes todas las archiconocidas princesas Disney:

  • Blancanieves: madre muerta.
  • La Cenicienta: madre muerta.
  • Alicia en el País de las Maravillas: padres ausentes en el cuento (esperemos que estén vivos).
  • Peter Pan: no solo no tiene padres, sino que lidera una pandilla de niños “perdidos”, es decir, huérfanos.
  • La Bella Durmiente: separada de sus padres desde que nada. Suponemos que ella creería que habían muerto.
  • La Sirenita: madre muerta.
  • La Bella y la Bestia: madre muerta.
  • Aladín: de él sabemos poco. La madre de Yasmin por el contrario sí que sabemos que ha fallecido.
  • Pocahontas: madre muerta.
  • Tarzán: ambos padres muertos.
  • Lilo y Stich: ambos padres muertos.
  • Tiana y el Sapo: madre muerta.
  • Enredados: separada de sus padres al nacer.
  • Brave: ¡Increíble! ¡Ambos padres vivos y con buena salud!
  • Frozen: padres muertos.
  • Big Hero: padres muertos.
  • Vaiana: madre y padre con vida.

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De los personajes de la imagen tan solo Mérida y Mulan han crecido sabiendo que su madre está viva, las demás o eran huérfanas o creían serlo. Faltaría añadir casos como la madre de Bambi o la muerte de Mufasa que tantísimo nos hicieron llorar.

¿Es acaso la factoría Disney una vil y perversa empresa que odia a las madres del mundo entero?

Si viajamos atrás en el tiempo podemos hacer otro repaso a la literatura infantil y observar por ejemplo los cuentos recopilados de los Hermanos Grimm:

  • Hansel y Gretel
  • Caperucita Roja
  • La Cenicienta
  • Rapunzel
  • La Bella Durmiente
  • Blancanieves
  • La niña de los Fósforos

Otra vez más la orfandad está presente en la mayoría de las historias.

¿Cuál ha sido el éxito de la literatura infantil más importantes de los últimos tiempos? El mago más famoso de todos, Harry Potter también era huérfano. Huérfanos son también Lucy, Edmun, Susan y Peter, protagonistas de la adaptación de los libros de Lewis Las Crónicas de Narnia. Huérfano era Frodo, héroe del Señor de los Anillos, y así podríamos seguir. ¿Azar? Ni mucho menos. Estas muertes son un símbolo de la transición sana de la infancia a la adolescencia.

La muerte de la inocencia

Cuando somos pequeños, dependemos para sobrevivir de nuestros padres.  Las personas, como mamíferos que somos hemos dependido de nuestras madres para sobrevivir nuestros primeros meses de vida cuando éramos amamantados. Nuestra cultura además ha delegado en las mujeres el cuidado de los bebés y de niños y niñas pequeños. En el reino animal y en el caso de los mamíferos, suele ser la hembra la encargada de enseñar a las crías lo que deben hacer. Por eso en los cuentos la figura de la madre es la peor parada, porque han sido ellas las responsables de cuidar y educar.

En ese periodo de nuestra vida nuestros padres no son solo unos seres que nos proporcionan cuidados externos. Son las persona que se encargan de mostrarnos lo que debemos hacer y lo que no. Interiorizamos las voces de nuestros padres y con ella configuramos nuestra voz interior, nuestro pepito grillo.

Y ojo, que esta voz es necesaria para sobrevivir. Cuando refleja la existencia de peligros reales no distorsionados, es la responsable de que el cachorro de león no se aleje de la leona con la consiguiente probabilidad de ser devorado. Es la responsable de que un niño pequeño busque a su madre cuando está con desconocidos: nos brinda protección.

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Pero llega un momento en nuestro desarrollo vital en el que debemos desprendernos de esa voz. Y es aquí donde aparece la necesidad de dejar huérfanos a los niños en los cuentos infantiles.

En estas historias la muerte de la figura materna, en algunos casos la paterna también, representa la muerte de nuestra madre interior, nuestra guía infantil. Cuando nos adentramos en la adolescencia los esquemas con los que vemos el mundo cambian drásticamente. Ya no es sano quedarse paralizado al amparo de esta voz que te dice “no hagas eso”, “no es seguro”. Es necesario matarla. Así, tal cual.  Si no lo hace, el cachorro del león no aprenderá a cazar y se convertirá en un adulto independiente. Si no lo hacemos y no nos alejamos de esa seguridad infantil nos convertimos en adultos miedosos y fácilmente manipulables.

El nacimiento del héroe

¿Qué ocurre cuando muere la madre, la inocencia, la guía interna o como prefieras llamarlo? Básicamente se da la oportunidad para que nazca el héroe.

Las lobas, tal y como cuenta Clarissa Pinkola en su archifamoso libro  “Mujeres que corren con los lobos”,  son unas buenísimas maestras.

La loba protege a sus cachorros con garras y dientes, pero cuando llega el momento, es ella quién les obliga a enfrentarse al peligro de cara, amenazándoles incluso con gruñidos si no quieren hacerlo. La loba se aleja para que el cachorro lobo crezca, porque sabe que con ella al lado seguirá siendo un cachorro.

 

En muchas historias infantiles la muerte de los padres marca el fin de la infancia y el inicio de las responsabilidades de la vida adulta. Cuando muere  la madre de Bambi, él debe abandonar los juegos de la infancia. Una vez perdida la inocencia y la seguridad de esa voz que le protegía se da de bruces con su padre, quien encarna la transición a la vida real. “No va a volver” le dice, y al protagonista no le queda más remedio que afrontarlo, abandonar la primavera y meterse de lleno en el invierno inhóspito como metáfora de la adolescencia.

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Si los padres de Harry siguieran vivos difícilmente este habría tenido la necesidad de ser valiente, y sin la necesidad de ser valiente difícilmente hubiera hecho todas las cosas maravillosas que hizo. Esta historia en particular se acerca al niño y le dice: “puedes solo”.

Brave, aunque es cierto que tiene padres, debe enfrentarse a su madre para lograr la independencia, es decir, para lograr ser una adulta fuerte e independiente. Y es que la madre de Brave representa el modelo de padres sobreprotectores que no dejan morir esa guía que han interiorizado sus hijos para que creen ellos una propia.

Por lo tanto, esta guía interior que recoge los cuidados y protección de nuestros padres tiene que apagarse para que el adolescente  pueda explorar los peligros que le acechan. Por su puesto que lo hará con miedo, y muy probablemente se lleve algún mordisco, pero es la única manera que tenemos de crecer y convertirnos en protagonistas de nuestras historias.

¿Qué ocurre si no dejamos morir la inocencia?

Si la loba no obliga a la cría a salir al bosque ella sola por mucho miedo que tenga, no aprenderá a cazar, será débil y torpe, y probablemente no sobreviva demasiado.

Si no obligamos a los pequeños a enfrentarse al mundo de cara, tendremos una generación de personas miedosas, con ninguna tolerancia la frustración, dependientes, manipulables… ¿os suena?

Porque ya lo estamos viviendo: por primera vez en EEUU los adultos jóvenes prefieren vivir con sus padres antes que independizarse.; las tasas de depresión aumentan en la población adolescente (que ya es igual a la de la población adulta), estamos regresando a unos niveles de puritanismo que no dejan de sorprenderme,  etc.

Las señales están ahí. De nosotros depende dejar de sobreproteger a la infancia.  Permitir que se equivoquen, que se caigan y se levanten ellos solos, porque pueden hacerlo. Reconocer en las viejas historias de hadas la imperiosa necesidad de dejar espacio.

 

 

carla@psiquentelequia.com

CEO. Estudiante de Psicología. Repostera y pianista en ciernes.

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