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La aceptación, base de la realización espiritual

Cada vez que vuelvo a escuchar a Mónica Cavallé aprendo. Da igual que ya haya escuchado esa misma conferencia varias veces. Aparecen nuevos matices o incluso se abren nuevas puertas a lo profundo.  Quizá esto tenga que ver con mi propia evolución o con los momentos que transito. No sé. Lo cierto es que siempre me enriquece. Siempre salgo de ese contacto con Mónica más rica de lo que llegué. Y, por eso, te invito a visitar esta disertación sobre la aceptación como camino espiritual. Si quieres escuchar la conferencia completa, tienes el vídeo al pie del artículo. Aquí me ha interesado traer sólo una pequeña parte de ella, la que habla de la aceptación como camino, no solo hacia la salud mental y emocional, sino también como camino hacia de realización espiritual.

Después de escucharla, meditarla, releerla, me pregunto si realmente cabe salud mental y emocional sin apurar la aceptación en toda su extensión… En otras palabras, si realmente es posible estar sano mental y emocionalmente, sin transcender. Y más allá, si se puede llegar a ser realmente feliz en la vida sin transcender… Yo ya tengo mi respuesta ¿y tú? Siéntete libre para dejar tus comentarios al post. Me gustará leerlos.

 

Aceptar es superar la dualidad entre lo que “es” y lo que “debería ser”.

A veces, detrás de esa expresión de “debería ser” camuflamos lo que en realidad no es más que lo me “gustaría” a mí que fuera. Sin embargo, en otras ocasiones, detrás de ese “debería ser” hay una legítima aspiración ética. A este respecto, hay que distinguir entre la aspiración ética a que las cosas se desarrollen de la mejor manera posible. Lo que es legítimo. Y la pretensión de que las cosas sean, aquí y ahora, de una determinada manera. Esto último es discutir con la realidad, sin aceptar que las cosas son lo que son. Son lo que pueden ser en cada momento, considerando los factores implicados.

No tiene nada que ver el “debería” como una aspiración con el “debería” como una exigencia de que las cosas sean de una determinada manera aquí y ahora. Detrás del sufrimiento está este error: hemos transformado nuestras preferencias legítimas en exigencias. Obviamente vamos a preferir unas situaciones a otras, pero sólo cuando creemos que unas deberían prevalecer es cuando sufrimos.

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Anhelo de perfección del “Yo ideal” vs. aspiración de excelencia del “Yo profundo”

Y otra matización en línea con lo anterior es que no hay que confundir el anhelo de perfección del “Yo ideal” con la aspiración de excelencia del “Yo profundo”. Y hay formas de ver qué es lo que está operando en cada caso. Al “Yo ideal” le incomoda profundamente la verdad que le cuestiona (la verdad que le dice que no es perfecto). Por el contrario, cuando estamos conectados con el impulso hacia la excelencia del “Yo profundo”, que es el impulso hacia el crecimiento que nos constituye, una señal de ello es que no nos perturban nuestras limitaciones. Al revés, cuando algo se descubre, cuando tomamos consciencia de una limitación que antes no veíamos, hay agradecimiento por esa toma de consciencia. Decimos gracias y acogemos a nuestro “Yo real”.

Mónica Cavallé cree que cuando se supera esta grieta, cuando se supera esta dualidad entre lo que “es” y lo que “debería ser”, ya sea con relación a la experiencia que ocurre en el exterior ya sea con relación a la experiencia que ocurre en nuestro interior, es cuando irrumpe lo profundo.

Esto puede tener lugar en la vida cotidiana y muchos habremos tenido esta experiencia en momentos sencillos, aparentemente anodinos, en los que, simplemente, estamos totalmente reconciliados con el ahora. En nuestra mente no existe esa dualidad. Son momentos que se convierten en grietas por las que puede irrumpir lo que realmente somos.

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La aceptación es la base de la salud psicológica y emocional

La aceptación así practicada es importantísima. Es la base de la salud psicológica y emocional. En primer lugar, la aceptación así entendida es lo que elimina la raíz del sufrimiento evitable porque abandonamos la obstinación. Ese apego a nuestras ideas sobre como deberían ser las cosas que nos hace estar constantemente en conflicto con la experiencia presente.

Pero también porque la falta de aceptación conduce a la desintegración, a la división psicológica. Estamos permanentemente escindidos y en lucha con nosotros mismos, desintegrados. Y la aceptación así practicada conduce a la integración y a la unificación.

Y también es importante para la salud psicológica y emocional porque las emociones tienen un ciclo natural de vida. Y cuando ese ciclo no se culmina y hay sentimientos que no han terminado de ser sentidos y experiencias que no se han apurado… Todo esto que no se ha terminado de vivir se convierte en energía anímica estanca, tóxica, que es una fuente de bloqueos, de sufrimientos, de reactividad porque estamos proyectando todo eso continuamente en el mundo exterior. Y esto es lo que hace que muchas personas a lo largo de la vida, en vez de que con los años cada vez se sientan más sueltos, más ligeros, se sientan más bloqueados.

Y en esto no hay atajos. El crecimiento y el desarrollo interior solamente vienen cuando no hay negación, cuando no hay evitación. Solo asumiendo nuestra debilidad, conocemos nuestra verdadera fortaleza. Solo aceptando nuestra tristeza, nos volvemos personas más felices.

Pero la aceptación no es sólo la base de la salud sino también la base de la realización espiritual. En primer lugar, porque la aceptación libera cualidades y fuerzas transpersonales que están siendo bloqueadas por el “Yo superficial”. Veámoslo.

La aceptación libera cualidades y fuerzas transpersonales

Todos queremos ser felices. Y pensamos que vamos a alcanzar esa plenitud de forma condicionada, poniendo condiciones. Seré feliz cuando logre esto, cuando supere esto otro… Cuando consiga esas cosas con las que neutralice la sensación que en el presente tengo de carencia, de limitación… Y también a través de la negación. Evitando todo aquello que me hace sufrir o luchando contra aquellas cosas que creo que se interponen en mi camino hacia la felicidad. Pero por esta vía de poner condiciones y a través de la negación, no podemos alcanzar los estados esenciales, esos estados del Ser, que son la resonancia del “YO profundo”. Porque esos estados se caracterizan, precisamente, por ser incondicionales y por no alcanzarse eliminando o eludiendo nuestras limitaciones, sino asumiéndolas, integrándolas, pasando por ellas.

Dicho de otro modo. Muchas personas que se empiezan a interesar por el trabajo interior de tipo espiritual, filosófico, psicológico, al principio lo que quieren es tener algo que no tienen o abandonar y superar algo que tienen y no les gusta. Y muchas personas se vuelven adictas a las modas de trabajo interior de cualquier tipo, precisamente porque con esta dinámica llegan a un punto de no avance. Y este punto de no avance es el punto en el que hace falta la rendición. Por eso van de una práctica a otra, de un camino a otro, hasta llegar siempre a ese callejón sin salida y no terminan nunca de alcanzar el punto de la transformación. Porque ese punto lo que exige, precisamente, es abandonar ese esquema de ambición y de lucha. La aceptación acalla la mente inquieta, la mente que compara, la mente que quiere algo que no tiene o que quiere librarse de alguna condición presente. La aceptación acalla el “Yo superficial” y, por eso, permite que aflore el Ser esencial.

La aceptación nos revela que no hay otra plenitud que aceptar plenamente el ahora, que no hay otro camino ni otra plenitud que sencillamente Ser. Y esto no resulta fácil de admitir. Cómo voy a descansar en mi aquí y en mi ahora si mi situación interna o externa es un desastre total… Como decía un amigo… “¿pero así, aquí, con estos pelos…?” Si, y la cuestión es experimentarlo. Esto es una invitación. Y si se piensa que no es así, adelante. Porque, como antes decía, el único camino que tiene sentido es la sinceridad.

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La aceptación me lleva a la conexión con mi Ser, con mi “Yo espiritual”

No puedo descansar en la paz y en la plenitud de mi propio Ser, si pretendo evitar lo que me resulta incómodo, disonante… El “Yo espiritual” está precisamente detrás de todo eso. Al otro lado de todo eso. Y se alcanza al asumir todas las dualidades de la existencia, de nuestra propia experiencia. Y por eso puedo llevar a cabo todo tipo de prácticas espirituales y puedo poner toda mi voluntad en ello, sin alcanzar mi centro. Y en cambio con la práctica de la aceptación, así entendida, como un fruto indirecto, no buscado, siempre se alcanza esta experiencia de lo profundo que, en ocasiones, requiere atreverse a pasar por esa noche oscura de los sentimientos no plenamente vividos.

Y lo interesante de este camino es que es un camino experiencial, un camino que no requiere asumir ningún tipo de dogmas, ni de creencias, ni apuntarse a ninguna enseñanza ni a ninguna filosofía. Lo que uno vea y comprenda, lo va a ver y lo va a comprender de primera mano. Y quizá comience a entender, a intuir, cosas que ha leído y que ha visto en ciertas enseñanzas tradicionales pero lo interesante es que no será una mera “opinión verdadera” sino una comprensión sentida, fruto de haber alcanzado esa comprensión de primera mano.

La aceptación nos sitúa en la posición del testigo.

Y también la aceptación es un camino hacia la salud, hacia la realización espiritual, porque nos sitúa en nuestro centro, en el testigo. Porque la aceptación sólo es posible en ese lugar de nosotros mismos dónde estamos con los contenidos de nuestra experiencia, pero no estamos identificados y confundidos con nuestros sentimientos, impulsos, juicios mentales… Advertimos que estos van y vienen, no nos dejamos confundir con ellos y descansamos en ese testigo interior que se limita a presenciar todo esto. Porque la naturaleza del testigo, la naturaleza de la conciencia testimonial es la aceptación. Es un abrazo dado a todo, desde un espacio de perfecta ecuanimidad, que todo sostiene, que todo acoge.

Y esto es interesante porque si esto es así, la aceptación no es, en realidad, un acto volitivo. No es el “pequeño Yo” decidiendo si acepta, si no acepta… Nuestra naturaleza profunda es ya aceptación. Y por eso, desde ahí, no queremos que nada sea distinto de lo que es. Pero no como si esta fuera una opción entre otras, sino porque ahí somos lo que “es”. La afirmación de lo que “es”, es la muerte del “Yo superficial”. Por el contrario, afirmar lo que “es”, es desde este nivel, desde el “Yo profundo”, la más radical auto-afirmación.

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La aceptación culmina en la entrega.

Y, en último lugar, la aceptación es también un camino para la realización espiritual porque culmina en la entrega. Veámoslo.

Podemos decir que el grado más elemental de aceptación es acepto lo que “es” porque “es”, porque es inevitable, porque no tiene ningún sentido luchar contra la realidad.

Esta aceptación madura un poco más cuando entendemos ya no sólo que es inútil luchar contra lo inevitable, sino que no tiene sentido juzgar con nuestra mente limitada la totalidad de la que formamos parte, el misterio en el que estamos envueltos, cuando, incluso, nuestra propia inteligencia es algo que no nos hemos dado a nosotros mismos y que es una manifestación de esa inteligencia única que nos sostiene.

Y esta aceptación se profundiza y madura, aún más, cuando se traduce en la confianza plena de que podemos lanzarnos al vacío y atravesar la confusión, la incertidumbre, sabiendo que la inteligencia de la vida se ocupará de nosotros. Y hemos descubierto, tras saltar al abismo, que no es un abismo en el que caemos, sino un abismo en el que flotamos. Y sabemos (y ya no es una creencia consoladora sino una comprensión saboreada) que la realidad, en último término y en su fondo, es inteligente, es benéfica, que nuestro propio fondo es benéfico y digno de confianza. Y en esta certeza ya no tememos dejarnos ser lo que somos. Y cuando es así, cuando la aceptación impregna nuestro ser total, cuando se convierte en nuestra actitud básica ante la vida, pasa a ser entrega, pasa a ser rendición.

Hay dos formas básicas de estar en la vida

Digamos que hay dos formas básicas de estar en la vida. Una forma que podemos describir como auto-centramiento, auto-referencialidad. Tengo la pretensión de que la vida, la existencia, las situaciones y los demás se ajusten a mis ideas sobre cómo deberían ser las cosas.

Y otra forma de estar en la vida que es el auto-descentramiento. Entiendo que yo no estoy aquí para ajustar la vida a mis ideas. Que yo no soy el maestro o la maestra de la vida… (Es ridículo, ¿no? Millones y millones de personas en el mundo y todas ellas intentando adaptar la vida a sus conceptos, a sus deseos). Sino que la vida es la maestra y yo estoy aquí para ajustarme a la realidad.

Y en estas dos alternativas no hay término medio. Se tiene que dar una completa conversión. O lo uno o lo otro. Las tradiciones sapienciales insisten en que el objetivo de la filosofía, el objetivo de la espiritualidad es vivir en armonía con la realidad, con el orden de las cosas.

Una frase muy típica de Nisargadatta dice: “En mi mundo todo marcha bien”. Porque seguiré teniendo problemas y dificultades. Pero ninguna de esas cosas amenaza mis objetivos o choca con mis objetivos. Porque, aunque tengo planes, preferencias, por encima de todo, he decidido que mi único objetivo es aceptar lo que “es”.

Auto-centramiento vs. auto-descentramiento

En el primer caso, en el auto-centramiento, voy a incurrir en el intento de manipular la realidad y habrá miedo, frustración, resentimiento, impotencia, sin sentido. Aunque las cosas me vayan bien, habrá miedo, porque sé que ese ir bien es frágil, es temporal.

Y en el segundo caso, la fuerza de la vida irá a mi favor y yo voy a ir a favor del curso de la vida. La inteligencia y la fuerza de la vida serán las mías. Y este auto-descentramiento es lo que en el lenguaje religioso se llama la entrega a Dios, la entrega a una voluntad superior. Mi centro se desplaza. Mi centro ya no es mi voluntad personal aislada. Sino que esta voluntad se alinea con una voluntad más amplia, con una realidad más amplia que reconozco como mi verdadera identidad.

¿Estoy renunciando a algo?

Ha habido dos formas de entender esta entrega sin condiciones al poder superior. Una forma de entender la entrega, cuando el esquema religioso ha sido dualista es: “anulo mi voluntad a favor de un poder superior”.

Para las tradiciones sapienciales y las tradiciones místicas no dualistas no es así. No niego mi voluntad a favor de la voluntad divina, sino que sencillamente comprendo que esta dualidad es una ilusión. Que yo como individuo no soy el centro ni la fuente de mi propia vida, no soy un agente causal último, sino un canal de una inteligencia y de una fuerza transpersonal que supera y transciende mi yo personal. Con lo cual, en esta entrega, no se renuncia a nada. Se renuncia, sencillamente, a una ilusión.

Las claves de la aceptación

Puedes leer más sobre las claves de la aceptación en mi artículo “Transformarte: de la aceptación a la transformación”

Un abrazo de corazón,

Ana F Luna

PCC Coach y Máster en Psicoterapia

Consulta y Formación

Bibliografía:

Conferencia Mónica Cavallé sobre la Aceptación

ana@unaoportunidadparacrecer.es

Mi enfoque es el del coaching generativo. Para mí, no se trata de cambiarte sino de reencontrarte contigo mism@, con tu ser auténtico, con tu patrón natural de salud, equilibrio y bienestar.

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