Todo para el niño, pero sin el niño

 

En los últimos meses, diversos temas relacionados con la m/paternidad y la infancia afloran en los medios de comunicación y en la opinión pública, y salpican de forma directa a la agenda política. Al profundizar en los distintos enfoques que se van manifestando, en raras ocasiones se tiene en cuenta al bebé o al niño como parte fundamental del debate. Con este artículo, pretendo poner sobre la mesa diferentes aspectos que nos ayuden a conectar con la importancia de considerar al niño como un ser con plena conciencia al que es preciso ver y escuchar.

Quiero emplear la primera persona del plural para hablar del niño, pues todos hemos pasado por esa etapa en nuestra vida, y abogo por integrarla en nuestra trayectoria vital para así poder comprenderla desde el corazón, no desde la postura más fría y distante de la “tercera persona”, que nos separa de la vivencia y de los seres que en este momento transitan dicha etapa.

 

La sabiduría del bebé

A medida que vamos conociendo más acerca del desarrollo fetal y de los primeros años de vida, vamos tomando conciencia de la profunda sabiduría que tenemos ya en nuestra vida intrauterina. Ya reconocemos la voz de nuestra madre y de nuestro padre, los sonidos típicos de nuestro idioma y nuestra cultura, ya existe una memoria no verbal que se va ampliando en los primeros meses de vida. Y ya contamos al nacer con un equipamiento de reflejos que nos ayudan a sobrevivir, siempre que estemos en el hábitat adecuado. Y resulta que este siempre es, independientemente del lugar del planeta donde hayamos nacido, el cuerpo de nuestra madre.

El contacto piel con piel permite las condiciones necesarias para regular nuestra temperatura corporal, reducir nuestro estrés (y así optimizar nuestro rendimiento metabólico), y lo que es más importante, acceder al alimento que necesitamos del ser que ya reconocemos como seguro, ya que tiene la voz que nos resulta familiar, y al probar su calostro (la secreción previa a la leche humana madura) nos sabe parecido al líquido amniótico que hemos estado saboreando durante la gestación. Además, el olor nos guía hacia el pecho de nuestra madre para así reptar hasta llegar al pezón y comenzar a succionar en los minutos siguientes a haber nacido. Y cuando ese momento se acompaña de las miradas mutuas que la madre y el pequeño recién nacido se envían y se produce una inmensa sensación de placer en ambos, un auténtico “flechazo”, ya se han puesto los cimientos para un apego seguro, que en cada interacción posterior se va asentando gracias al cableado cerebral que se va organizando y estabilizando a partir de estas intensas vivencias.

 

 

Pero no siempre, y aún hoy en día, se ha respetado este proceso, y no se ha considerado al bebé como un ser con conciencia. Ni a la propia madre como protagonista de su propio parto. Aunque no profundicemos en ello, la violencia obstétrica tiene una gran repercusión en la vida de la mujer, y en nuestra llegada a este mundo.

 

 

Cuando llegamos a este mundo, tenemos plena conciencia de lo que nos rodea, y de los que sentimos interiormente. Vemos, olemos, oímos, saboreamos y sentimos de forma intensa, multidimensional, y memorizamos, aunque de forma distinta a cuando somos más mayores, pues se va conformando una memoria no verbal, basada más en sensaciones corporales. Ya desde que nacemos, somos capaces de imitar a nuestros padres. Reconocemos instintivamente las expresiones faciales, y ese juego de imitación que retroalimenta el afecto que recibimos de nuestros adultos, nos ayuda a conectar con las sensaciones internas que produce cada emoción reflejada en nuestro rostro, y comenzamos a desarrollar nuestra conciencia emocional. Es decir, nuestras neuronas espejo están bien activas haciéndonos de puente para crear nuestro mundo de vivencias interiores a partir de lo que nos refleja el exterior.

 

 

En un artículo de hace algunos meses sobre el apego, ya hablaba del experimento de “cara neutra”, que se realizaba con bebés a partir de los 9 meses en adelante, y se veía el efecto de la cara de la madre sobre las reacciones del pequeño. La cuestión es que las investigaciones exhaustivas en esta línea han puesto de manifiesto que tenemos un repertorio de respuestas ante la interacción con el adulto que ya están conformadas a los 3-4 meses, y que a esta edad, grabando poco más de dos minutos de una interacción libre entre madre y bebé, es posible predecir el tipo de apego que tendrá este al año de vida, y con mucha probabilidad, cómo evolucionará en la etapa adulta. Es decir, cada vez existen más pruebas del mecanismo por el que lo que vivimos en los primeros meses y años de vida nos marca de por vida en nuestro desarrollo socioemocional y, por extensión, en nuestra salud mental.

Ante lo expuesto, queda claro que la biología nos ha llevado a que nuestro desarrollo más temprano dependa del contacto estrecho y afectivo con un adulto, que debería ser la madre biológica en el mejor de los casos. Y ese entramado emocional que nos permite ir comprendiendo el mundo no llega a estar lo suficientemente formado para lograr una profunda sensación de seguridad para ir tolerando la separación cada vez mayor de la madre hasta cerca de los tres años de edad. Una cuestión es que el bebé haya llegado en un entorno de riesgo donde no es posible que acceda a su hábitat ideal, o que las necesidades personales o presión laboral/ social ejercida sobre los padres condicionen una separación más temprana, y otra cosa es justificar que esta separación puede tener beneficios, cuando realmente se está rompiendo la secuencia natural de desarrollo que la naturaleza ha previsto para nosotros como mamíferos.

 

 

¿Vemos a nuestros niños?

Ante lo expuesto, surgen situaciones en nuestra sociedad en las que todos tendemos a opinar, ya sea tirando de nuestra ideología, o reflejando las diferentes partes “adultas” en cuestión, pero parece que nadie (o al menos, muy poca gente, incluidos solo algunos profesionales) empatiza con los bebés y con los niños, con sus necesidades reales, con ese sistema de apego que nos condiciona de por vida.

Comenzando con un ejemplo banal de nuestra falta de conciencia, me viene a la memoria la imagen de un marco para fotos infantiles, que tenía a modo decorativo las figuras de un biberón, un chupete y un cochecito. Quizá puedas imaginarlo y te surja una sonrisa, una sensación simpática: “Fíjate, qué mono este marco”. Pero el mensaje subliminal creo que es potente: un reflejo de todo lo que nos desconecta de nuestra madre. Un biberón que nos hace prescindir de la lactancia natural, base de nuestra nutrición. Un chupete para abordar esa succión no nutritiva que forma parte de la expresión de nuestra inquietud emocional, y que de forma natural, podría ser abordada también con el contacto piel con piel y la succión del pecho con fines desestresantes, de contención y regulación emocional. Y ese carrito que nos aleja de portear y llevar al bebé junto a nuestro cuerpo, y es reflejo físico de esa separación que ya se produce en las microdistancias. Con todo ello no estoy hablando de proscribir estos recursos de la “evolución tecnológica” humana, sino de tomar conciencia de que su uso frecuente y continuado nos aleja del desarrollo que la biología permitió tras millones de años de evolución real.

 

La gestación subrogada

Un tema polémico que solo abordaré de forma breve es el de la gestación subrogada. En los últimos años se habla cada vez más de ello, pues distintos países tienen regulada legalmente esta posibilidad. Más allá de lo que puede suponer respecto a los derechos de la mujer, y de la visión mercantilista de la m/paternidad, ¿alguien ha incluido las necesidades del bebé, del niño, en el debate social que se está generando? Una cosa es la adopción o la acogida como modalidad sustitutiva cuando un niño ha nacido en un entorno de exclusión o ante circunstancias excepcionales que impiden que su crianza pueda ser llevada a cabo por su madre biológica, pero otra muy distinta es traer a este mundo a un ser con plena conciencia, y se le separe intencionadamente de su madre porque forma parte de una transacción comercial, rompiendo toda la secuencia biológica de vinculación que ya comienza dentro del útero. Actuamos alegremente sin tener en cuenta los posibles daños en el desarrollo cerebral que puedan producirse en ese bebé, el estrés que puede suponer este proceso y que presuntamente, al ser “tan pequeño”, “no se va a enterar”.

Para complicar más aún el debate, una proporción significativa de las parejas que acceden a esta modalidad son homosexuales. Voy siendo testigo de que criticar lo que supone la gestación subrogada partiendo de los posibles perjuicios para el bebé se toma como manifestación de homofobia en muchas ocasiones. Y de nuevo me planteo si somos capaces de mirar más allá de nuestras necesidades como adultos, y de no victimizarnos para intentar ver las repercusiones sobre la parte más débil de toda esta historia.

 

Nuestra disponibilidad emocional

Un tercer ejemplo, dentro de los infinitos que podrían ponerse, hace referencia a nuestra falta de disponibilidad emocional como adultos. Hemos visto cómo necesitamos un entorno de interacción para poder desarrollarnos de una forma sana. Sin embargo, los adultos tenemos cada vez más necesidad de hacer cosas, de tener nuevas experiencias, nuevos retos profesionales, de seguir “creciendo”, de contar con nuestro espacio de diversión, o lo que sea, con tal de seguir huyendo, en gran parte de las ocasiones, de estar presentes con todo nuestro ser en cada momento, es decir, de pararnos a sentir en el aquí y ahora. Y eso es lo que nos pide un bebé. Que le miremos con amor, que le acompañemos en su camino, y nos lo pone fácil, pues ya nos mira con amor a nosotros, nos pide lo que necesita, cuenta con nosotros y nos invita a jugar, a divertirnos “de otra forma”, nos facilita reencontrarnos con aquel niño que fuimos. Pero tendemos a huir.

 

 

Y desde que podemos recurrir a una pantalla de un “cacharro” que nos conecta con todo lo que no está presente en este momento ante nosotros, aún es más fácil no estar disponibles emocionalmente, ni para nosotros mismos (nos desconectamos de lo que sentimos) y mucho menos para nuestros bebés y niños. Es útil observar esta situación desde fuera: escenas que podemos ver por la calle, en el metro o en algún lugar público con m/padres pendientes de la pantalla de su móvil, y su niño esperando una mirada que le haga visible. Te invito a que sencillamente observes la expresión facial de m/padre, y la del pequeño, y te la dejes sentir físicamente, más allá del juicio que te aflore. En mi caso, surge un gran desasosiego.

 

La tolerancia social al llanto infantil

Como cuarto ejemplo de nuestra ceguera ante los bebés y niños está nuestra amplia tolerancia social al sufrimiento infantil, recogido a través del llanto. Esto es especialmente importante en los bebés. El llanto es un medio importante de comunicación cuando aún no hay lenguaje verbal y es preciso comunicar necesidades. Los adultos tendemos a asociarlo a caprichos en muchas ocasiones, o hacemos atribuciones de presuntas manipulaciones que hacen los pequeños para así facilitar que los malcriemos. Oímos llorar, y muchas veces respondemos con indiferencia. Nuestro hartazgo nos lleva a invisibilizar e ignorar a la parte más débil. O a respuestas agresivas en el peor de los casos. Luego, exigimos que los pequeños aprendan a comportarse “bien”, cuando no hemos sido el mejor ejemplo de regulación emocional. Y recordemos, nuestras neuronas espejo condicionan nuestro aprendizaje por imitación en el medio social. No son las órdenes y consejos verbales los que nos ayudan a aprender. Es lo que vemos. Pero esas órdenes y juicios sí irán conformando nuestro marco de creencias que nos regirá a nosotros mismos ya de adultos, y habitualmente, no suelen ser muy amables con lo que sentimos. Y ahí llega la historia de la “autoestima”, a la que tanto apelamos y no sabemos por qué está tan baja.

 

La educación institucionalizada de los 0-3 años

Un tema de actualidad es el debate que se está proponiendo acerca de los permisos de maternidad y paternidad, y la universalización de la educación infantil de los 0-3 años. Se está generando opinión acerca de los beneficios de esta para el desarrollo del niño, y sobre el impulso a la igualdad entre géneros, al abordar la cuestión de los permisos. Pero, realmente, ¿qué necesita un niño en esta etapa?, ¿otros niños para ser modelos de regulación emocional?, ¿adultos desbordados por intentar contener a más de 15 o 20 niños durante la mayor parte del día (y destaco la inmensa labor de las educadoras infantiles, apenas reconocida y valorada)?, ¿vivir la institucionalización y la comparación continua de sus capacidades con respecto a las de los demás niños?, ¿realmente es esta la solución para un futuro mejor para nuestros pequeños?

Todo ello sin tener en cuenta nuestra necesidad biológica fundamental: nuestra vinculación inicial (no solo de 16 semanas) con la madre, el protagonismo creciente del padre a medida que avanza la crianza, y la progresiva socialización entre iguales, que será más importante en etapas posteriores de la vida, no en este periodo. Si no creamos medidas que realmente potencien la visión social de la maternidad, el papel fundamental de la mujer en la crianza (como imperativo biológico), si no se protege el apego como regulador de nuestro desarrollo socioemocional, creo que estaremos haciendo un flaco favor a las generaciones que nos sucedan. Otro tema es que haya madres, padres, familias, que opten por otras alternativas, y que la legislación las facilite, pero enviar un mensaje que potencie la separación creo que es muestra de ignorancia e irresponsabilidad, partiendo de lo que ya sabemos hoy día.

 

Más allá de la “adultocracia ilustrada”

Cada vez nos bombardean más con publicaciones sobre cómo debe ser la crianza, con presuntos expertos que nos dan consejos que van variando según las corrientes psicopedagógicas de moda en cada momento. Este mismo artículo que estoy redactando podría ser un ejemplo más de ello. Ya hay evidencias científicas que respaldan la importancia del apego en nuestro desarrollo como seres humanos, y también de las consecuencias de la separación a edad temprana. En cierto modo, todo este debate me recuerda a esa época histórica que se denominó “Despotismo ilustrado”, en el siglo XVIII, cuyo lema era “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. De ahí el título por el que opté para este artículo. Los adultos vemos el mundo con nuestros ojos, y nos sentimos poseedores de la verdad. Por ello, no pretendo tanto dar pautas, sino sencillamente generar un debate interno acerca de qué nos mueve cuando nos situamos ante un niño.

Pocas veces le miramos y empatizamos realmente con lo que puede sentir. En mi propio camino, me fui dando cuenta de que era mi propio sufrimiento de niño el que me alejaba de empatizar con los niños que me encontraba como adulto, pues suponía abrir nuevas heridas. Pocas veces somos compasivos con nuestro propio niño, aquel que fuimos, solemos juzgarlo de forma dura, y repetir el patrón que recibimos de nuestros padres. Y para reforzarnos, solemos a veces alardear de lo bien que lo hicieron, porque nos hemos hecho adultos de provecho, o al menos “no estamos tan mal”.

Es muy difícil tomar conciencia cuando no nos abrimos a sentir. Y al hablar de sentir, me refiero a la mayor plenitud, pero también el mayor dolor. Mirar y conectar de tú a tú con un niño implica eso: una experiencia de escucha del otro, que nos conecta con nuestra esencia más primitiva y profunda. Puede ser doloroso, pero también sanador. Puede haber dolor por recordar aspectos no tan idílicos de nuestra infancia, o por darnos cuenta de la gran desconexión a la que hemos llegado de adultos, a esa vida sin magia e ilusión que aprendimos a vivir cuando “maduramos”, y que seguimos transmitiendo cual nodos de un sistema social que se perpetúa, desnaturalizando a los niños. Me encanta este corto que ilustra muy bien ese proceso.

 

 

En mi caso, cada día resueno más con la sabiduría de los niños, y especialmente, de los bebés. Los vivo como maestros, como fuente de inocencia y de amor, de conexión y de honestidad. Mi camino espiritual implica esas experiencias de interacción con bebés, que me ayudan a ver que la esencia humana es amor, es ver al otro para vernos a nosotros, es alegría, vitalidad, y que más allá de todo lo que hayamos vivido y de nuestras creencias sobre lo que significa vivir, siempre es posible volver al origen y conectar con ese bebé que aún habita en nuestro corazón.

 

Referencias bibliográficas

  • Beebe, B; Cohen, P; Lachmann, F. The mother-infant interaction picture book. W.W. Northon Company, 2016.
  • Bowlby, J. Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Morata, 2014.
  • Cortés, C. Mírame, siénteme. Desclée de Brouwer, 2017.
  • Schore, A.N. (2017). All our sons: the developmental neurobiology and neuroendocrinology of boys at risk. Infant Mental Health Journal, 38, 1, 15-52.
  • Stern, D. Diario de un bebé. Paidós, 1999.

juanm.morillo@gmail.com

Aplico la musicoterapia desde un enfoque humanista, empleando principalmente la improvisación musical. Trabajo con adultos que quieran trabajar sus emociones tanto en sesiones individuales como en grupos o colectivos específicos.

  • Aurora

    19/10/2018

    Perfecto artículo para darnos cuenta de la necesidad urgente de todos nosotros, adultos, de mirar hacia los bebés y niños, e intentar dejar de pensar que somos el centro del mundo y que nuestras necesidades son tan importantes. Los ejemplos son perfectos. El apoyo con los vídeos muy esclarecedor, el último, además de emotivo, es el mejor resumen de todo, si abrimos bien los ojos. Gracias por regalarnos una mirada sobre este tema aglutinando tu tiempo, tus lecturas y tu experiencia sobre todo ello.