Nuestro cuerpo como testigo de lo vivido: una visión integradora de la salud mental

Este verano me planteé dejar un espacio importante para la lectura, algo que me encanta, pero a lo que dedico poco tiempo con calma. Y había un libro que captaba toda mi curiosidad: El cuerpo lleva la cuenta. Se publicó en español hace un par de años, y está escrito por un referente mundial en el ámbito del trauma psíquico: Bessel van der Kolk, psiquiatra de origen holandés que ha desarrollado toda su carrera en Estados Unidos. Con un estilo muy cercano, cuenta desde su propia experiencia, tanto profesional como personal, cómo ha evolucionado la visión del trauma psíquico, partiendo del estrés postraumático de los veteranos de guerra hasta el derivado de los abusos, maltrato y el abandono en la infancia, para plantear un enfoque integral en el que el cuerpo y la imaginación son componentes muy importantes.

 

El apego como marco de referencia para nuestra visión del mundo

 

En la segunda mitad del siglo XX, el psicoterapeuta británico John Bowlby desarrolló su teoría del apego, que fue reforzada por los trabajos de la psicóloga norteamericana Mary Ainsworth. Aunque pueda parecer mentira, fue el primer intento objetivo con base científica de explicar la necesidad de amor que tienen todos los niños. Mejor dicho, es una necesidad de nuestra especie y de todos los mamíferos. Ese amor se basa, más allá de la nutrición y de la protección material, en un contacto físico basado en la ternura, y en una comunicación intensa centrada en la conexión emocional profunda entre el niño y su cuidador principal, generalmente la madre. En función de la sintonía emocional que se crea (que depende en gran medida de la sensibilidad y disponibilidad emocional de la madre), y del modo en que se reorganizan las rupturas de dicha sintonía que se producen de forma natural, el niño desarrollará conductas que se pueden englobar en cuatro patrones de apego: seguro, inseguro resistente, inseguro ambivalente, y desorganizado.

 

 

Desde la década de los noventa del siglo pasado, se sabe que cada patrón de apego desarrollado en los primeros años de vida condiciona nuestra forma de relacionarnos con el resto de las personas y con nuestra forma de interpretar el mundo. Se asemejan a patrones de adaptación a la vida en función del afecto recibido. Además, condiciona la forma en la que criaremos a la siguiente generación si no hacemos un ejercicio importante de conciencia sobre lo vivido. Es decir, existe una transmisión transgeneracional de los patrones de apego.

¿Por qué es importante todo esto? Si nos paramos a analizar cómo es nuestra forma de relacionarnos con los demás, ya sea desde la amistad, en las relaciones de pareja o en lo profesional, podemos descubrir si tendemos a ser más fríos o calculadores, si realmente no nos asusta la intimidad o huimos de ella, si el contacto físico nos asusta, nos place o nos arrastra, etc. Y sobre todo, ¿qué visión tenemos de nosotros mismos? ¿Somos merecedores de amor, es decir, merecemos ser queridos de forma incondicional? (http://www.psiquentelequia.com/apego-conexion-emocional-intimidad/).

 

La conciencia corporal como pilar de nuestra identidad

 

También en los años noventa del siglo XX, un psicólogo norteamericano, Stephen Porges, presentó su teoría polivagal, en la que exponía cómo los mamíferos habían desarrollado un sistema nervioso autónomo algo diferente a lo que se había planteado hasta entonces en los textos de anatomía. Consideraba que la evolución había llevado al desarrollo de tres sistemas (en vez de los dos observados tradicionalmente, simpático y parasimpático), que no se encuentran en equilibrio, sino que se activan de forma secuencial ante situaciones de alerta:

  • el componente más evolucionado y que se activa en primer lugar corresponde al vago ventral, es decir, a una rama del nervio vago que ha evolucionado para regular la expresión facial y vocal, la mirada y la escucha a la vez que regula el funcionamiento cardiaco y visceral. Porges lo considera el elemento fundamental para nuestras respuestas relacionadas con la participación social, que se desarrolla gracias a patrones de apego saludables durante la infancia. Es decir, estamos programados desde que nacemos para reconocer emociones en las caras de nuestros padres, para imitarlas y aprender a sentirlas en nosotros mismos. Ante situaciones de alerta, habrá una tendencia en nosotros a buscar apoyo social o a negociar con nuestro agresor, si es el caso.

 

  • en el caso de que no tenga éxito el componente anterior, se activa el sistema simpático, que es el que nos permite luchar, o bien, huir. Si la negociación no es posible, la siguiente opción implica una defensa más activa, con movilización de nuestro cuerpo.

 

  • sobre todo en la infancia, en situaciones de peligro (como puede ser un abuso físico o sexual, e incluso emocional), es poco probable que el niño luche o huya, pues se ve en inferioridad de condiciones. Su respuesta automática de protección será la inmovilización, la congelación. Quedarse paralizado. Una respuesta frecuente en los reptiles, que simulan estar muertos. Se debe a la activación del vago dorsal. Esta conducta automática, cuyo fin es desconectarnos de la realidad tan abrumadora que estamos viviendo en ese momento, nos llevará con frecuencia a disociarnos, a hacer que nuestra mente, nuestras emociones, nuestro cuerpo, se desconecten entre sí, y eso facilitará que nuestro sentido de identidad no sea consistente, coherente, y sea más fácil que afloren situaciones de sufrimiento psíquico en la etapa adolescente y adulta.

 

La mayor parte de personas sentimos una sensación de “seguridad visceral” cuando estamos viviendo una situación verdadera de calma y serenidad. Es decir, si hacemos un barrido de sensaciones a nivel de nuestro vientre o tórax, seguramente sentimos que están “tranquilos”, no hay bloqueos en la boca del estómago, o retortijones, o aceleración de nuestro corazón. Se ha demostrado que esta capacidad de tomar conciencia de nuestros estados internos es un recurso muy importante para recuperar nuestra conciencia corporal y emocional, y permitirnos superar situaciones de desbordamiento emocional asociadas a múltiples trastornos, tanto del estado de ánimo como de la personalidad y psicosis.

Por otro lado, las personas que han sufrido abusos o abandono en la infancia suelen mostrar en estudios cerebrales cierta desconexión entre regiones en las que reside la conciencia corporal y el sentido del yo, de identidad. Es decir, “soy” en tanto que me reconozco de forma profunda dentro de un cuerpo al que siento. Potenciar estas conexiones ayuda a sentirnos mejor, a tener un sentido más profundo de la vida. Es por ello que el tacto afectivo (a través de masajes), el yoga y las diversas formas de terapia psicocorporal que han ido surgiendo en las últimas décadas son recursos muy valiosos como complemento a un acompañamiento psicoterapéutico.

 

 

¿Haber tenido experiencias adversas en la infancia se relaciona con la aparición de enfermedades en el adulto?

 

Cada vez, más investigaciones respaldan esta afirmación, especialmente en las enfermedades crónicas de tipo inflamatorio, como las autoinmunes, y en situaciones de dolor crónico no oncológico. Prueba de esta importancia es que el propio Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) tiene una web que alberga información al respecto, derivada del estudio ACE que se puso en marcha hace más de veinte años (https://www.cdc.gov/violenceprevention/acestudy/).

 

Nuestra visión tradicional de considerar separados cuerpo y mente cada vez tiene menos sentido. Somos una unidad integrada, nuestro cuerpo es el sustento de nuestras emociones y estas modelan nuestra forma de pensar y de estar en el mundo. Tendemos a vivir en negación de lo que sentimos profundamente, pues es lo que hemos recibido, y más allá de buscar culpables, quizá nuestra responsabilidad sea observarnos interiormente y reconocer al niño que aún habita en nosotros para abrirnos a sentir y acoger todo aquello que no es pasado, sino presente mientras sigamos llevando esa venda inconsciente.

 

¿Qué parece funcionar para superar nuestros traumas?

 

Van der Kolk, en su libro, ofrece una panorámica de los recursos que él ha ido incorporando a lo largo de más de 40 años de experiencia:

  • Por un lado, un acompañamiento cercano, basado en el respeto y en facilitar la autoconciencia emocional y corporal de la persona, en un entorno seguro, de aceptación y sin juicio.

 

  • Facilitar la reconexión con las propias emociones y el cuerpo, a través de la respiración, el tacto y el movimiento. En este sentido, la meditación (y mindfulness), el masaje y aquellas técnicas corporales basadas en la conciencia corporal (yoga es la que está más estudiada a nivel científico) constituyen una ayuda inestimable. Van der Kolk también emplea el neurofeedback para ello.

 

 

  • Una vez que se ha logrado cierto grado de regulación emocional, y reducción del sufrimiento, es posible abordar los recuerdos traumáticos. Para ello, la técnica de EMDR (desensibilización y reprocesamiento mediante movimientos oculares) (www.emdr-es.org) constituye un recurso de referencia, aunque la EFT (técnica de liberación emocional) da muy buenos resultados también (http://www.psiquentelequia.com/eft-tapping/).

 

  • Facilitar un cambio de visión de nuestro sistema interno, aprendiendo a vernos no como unidad interior rígida, sino como una “familia interna” con distintos componentes que reflejan a veces nuestras contradicciones a nivel emocional o de comportamientos. Van der Kolk se basa en la teoría de los sistemas familiares internos de Richard Schwartz para facilitar una reconciliación entre esas partes que todos llevamos dentro y que de ese modo pueden permitir una existencia pacífica, coherente y serena.

 

  • Potenciar la conexión con los demás, a través de actividades que impliquen sincronización entre los participantes y refuercen el sentido de pertenencia. Aquí es donde actividades como el teatro o hacer música juegan un papel fundamental, pues nos abre desde lo más visceral a los demás y nos permite sentir, más allá de la mente, la conexión con las otras personas.

 

 

  • Van der Kolk deja un apartado pequeño para la medicación (antidepresivos, antipsicóticos, etc). Si bien su práctica profesional comenzó en pleno auge de la psicofarmacología, los años han venido demostrando sus carencias para producir mejoras reales y duraderas en las personas, sin un apoyo psicoterapéutico integral. Un fármaco puede ser útil en ciertos momentos del proceso, pero siempre como ayuda, no como pilar del tratamiento.

 

A modo de conclusión

 

La lectura consciente de este libro, como resumen de la trayectoria de un profesional sensible con las personas a las que acompaña, me ha permitido hacer un balance de mi propia trayectoria vital y de cómo me aproximo a las personas que ahora acuden a mí. Cada día siento más profundamente que nuestro camino en la vida se basa en reconectarnos con el niño que fuimos, en permitir que la imaginación nos permita abrazarlo y darle aquello que necesitó y que quizá no recibió, y desde ahí tomar conciencia de cada mirada, de cada caricia, de cada palabra, de cada abrazo, de cada canto, de cada emoción, de cada segundo de vida para sentirnos realmente anclados a esta existencia mientras dure, de forma plena y consciente, sin mirar a otros lados, reconociendo nuestra capacidad para trascender creencias basadas en el miedo o en lo establecido, abriéndonos a explorar desde nuestro ser. Como suelo decir cada vez con más frecuencia, abrámonos a jugar, con nosotros mismos y con los demás.

 

Referencias bibliográficas

  • Porges, S. W. (2009). The polyvagal theory: new insights into adaptive reactions of the autonomic nervous system. Cleveland Clinic Journal of Medicine, 76 Supplement 2, S86-S90.
  • Van der Kolk, Bessel. (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Barcelona: Eleftheria.

 

juanm.morillo@gmail.com

Aplico la musicoterapia desde un enfoque humanista, empleando principalmente la improvisación musical. Trabajo con adultos que quieran trabajar sus emociones tanto en sesiones individuales como en grupos o colectivos específicos.

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