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Distinguir lo que depende y lo que no depende de nosotros (Lección de filosofía 3)

En esta serie de 4 posts sobre las lecciones de la filosofía estoica que siguen vigentes en la actualidad, hoy nos toca hablar de uno de los elementos que más sufrimiento nos causa. La incapacidad de distinguir entre lo que depende y lo que no depende de nosotros. Gracias a Monica Cavallé, y a su libro “El arte de ser“, podemos profundizar mucho más en estas ideas.

Si quieres leer antes las otras lecciones, aquí las tienes:

 

Lección 3: Lo que depende y lo que no depende de nosotros

En el anterior posts hablábamos de libertad… Y libre, es únicamente aquel a quien todo sucede según su albedrío. Ahora bien,¿no es esto inalcanzable para los seres humanos? ¿Es acaso posible que todo lo que suceda se conforme a nuestro querer?

Los estoicos nos enseñan que sí, que este objetivo aparentemente quimérico forma parte de nuestro patrimonio esencial; pero que únicamente sucede así cuando queremos “lo que es” y lo que depende de nosotros. No es libre, en cambio, pues la realidad entrará en conflicto con su querer, el que no quiere “lo que es” y pone su bien en lo que no depende de él.

“Libre es el que vive como quiere, al que no se puede forzar ni poner impedimentos ni violentar; sin obstáculos en sus impulsos ni fallos en sus deseos ni tropiezos en sus rechazos. Entonces, ¿quién quiere vivir en el error? Nadie. ¿Quién quiere vivir engañado, dejándose arrastrar, siendo injusto, incontinente, quejumbroso, vil? Nadie. Por tanto, ningún malvado vive como quiere. Ni tampoco, por consiguiente, es libre.”

Epicteto

Nuestra voluntad no necesita ser domada ni purificada pues está estructuralmente orientada hacia lo que percibimos como un bien. Lo que tiene que ser modificado es nuestro discernimiento, en concreto, nuestras concepciones operativas sobre el bien y el mal, pues no siempre lo que percibimos subjetivamente como portador de algún beneficio se corresponde con nuestro bien objetivo. La sabiduría, la ciencia más elevada, no es otra cosa que el conocimiento cierto y operativo de lo que constituye nuestro auténtico bien.

 

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Según Epicteto, el conocimiento cierto de estas nociones se logra mediante el correcto discernimiento, entre lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros. Es decir, entre lo que está o no en nuestro poder, y mediante la compresión de que solo merece ser calificado como bueno o malo lo que depende de nosotros, de nuestro Principio Rector. Es este discernimiento el que, en expresión de Marco Aurelio, “preserva la pureza de nuestra divinidad interior”; el que disuelve los juicios limitados que obstaculizan la rememoración de lo que realmente somos, los que tiñen, ocultándola, la potencia y libertad de nuestra verdadera identidad.

“En esto consiste la tarea principal de la vida: distingue entre las cosas, sepáralas y di: “Lo exterior no depende de mí, el albedrío depende de mí. ¿Dónde buscaré el bien y el mal? En lo interior, en lo mío. No califiques nunca las cosas ajenas de “bien” ni de “mal”, ni de “provecho” ni de “perjuicio”, ni nada semejante.”

Epicteto

 

“Acuérdate solo de la distinción aquella de acuerdo con la cual se separa lo tuyo de lo que no es tuyo. No te afanes por cosa alguna que pertenece al ámbito de lo ajeno (…) Y entonces seremos discípulos de Sócrates, cuando seamos capaces de escribir peanes (himnos dedicados a Apolo) en la cárcel.”

Epicteto

 

Lo que depende de nosotros

Epicteto incluye dentro del ámbito de “lo que depende de nosotros” solo aquello que siempre y en todo caso va a depender de nosotros, lo que pertenece al único ámbito inviolable, en el que somos totalmente libres: cómo nos representamos la realidad y, derivadamente, la actitud que adoptamos a los hechos y situaciones.

Todo lo demás queda incluido en el ámbito de “lo que no depende de nosotros”: nuestra salud, la fama y el honor, nuestras pertenencias, nuestros vínculos, lo que hacen o dejan de hacer los demás, la aprobación ajena, nuestra suerte y la de nuestros seres queridos, el desenvolvimiento de los acontecimientos, etc. Y es que, si bien sobre algunas de estas cosas tenemos un control relativo, dicho control siempre será restringido. La realidad terminará poniendo límites a nuestro querer, y ante este límite a nuestra potencia humana, lo único que puede restablecer nuestro poder esencial es la aceptación.

“De lo existente, unas cosas dependen de nosotros; otras no dependen de nosotros. De nosotros dependen el juicio, el impulso, el deseo, el rechazo y, en una palabra, cuanto es asunto nuestro. Y no depende de nosotros el cuerpo, la hacienda, la reputación, los cargos y, en una palabra, cuanto no es asunto nuestro. Y lo que depende de nosotros es por naturaleza libre, no sometido a estorbos ni impedimentos; mientras que lo que no depende de nosotros es débil, sometido a impedimentos, ajeno.

Recuerda, por tanto, que si lo que por naturaleza es esclavo lo consideras libre, y lo ajeno, propio, sufrirás impedimentos, padecerás, te verás perturbado, harás reproches a los dioses y a los seres humanos, mientras que si consideras que solo lo tuyo es tuyo, y lo ajeno, como es en realidad, ajeno, nunca nadie te obligará, nadie te estorbará, no harás reproches a nadie, no irás con reclamaciones a nadie, no harás ni una sola cosa contra tu voluntad, no tendrás enemigos, nadie te perjudicará ni nada perjudicial te sucederá.”

Epicteto

Lo que concierne al albedrío, a la parte más noble del ser humano, es lo que nunca nos puede ser arrebatado y siempre depende de nosotros, es lo único que merece, para los estoicos, el calificativo de verdadero bien o de verdadero mal.

 

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“La divinidad hizo a toros los seres humanos para ser felices, para vivir con equilibrio. Para eso nos dio recursos, entregando a cada uno unos como propios y otros como ajenos. Los que pueden ser impedidos y arrebatados y los coercibles no son propios, y son propios los libres de impedimentos. Pero la esencia del bien y del mal, como convenía que lo hiciera quien se preocupa de nosotros y nos guarda paternalmente, reside en los propios.”

Epicteto

Nuestro bien y nuestro mal, en efecto, solo pueden ser relativos a lo que nos es propio, a lo que nos especifica como seres humanos.

“Cuanto se halla dentro de los límites de tu carne y hálito vital, recuerda que eso ni es tuyo ni depende de ti”.

Marco Aurelio

 

“Por eso, lo que no hace al ser humano peor de lo que es no le perjudica intrínsecamente. En cambio, el que comete una injusticia, aunque crea cometerla contra otro, siempre contra sí mismo la comete.”

Marco Aurelio

 

Lo que es “bueno” y “malo”

Según Epicteto, aquello que no depende de nosotros es “indiferente”, es decir, no es intrínsecamente “bueno” ni “malo”. Que lo perteneciente a este ámbito sea indiferente, no significa que no incluya bienes y males relativos, realidades o situaciones preferibles o indeseables, capaces de procurarnos alegrías o dolor. Es evidente que no nos puede resultar indiferente…

Hablamos de “indiferencia” desde un punto de vista ético. Desde esta perspectiva solo lo que tiene la capacidad de hacernos mejores o peores seres humanos es un bien o un mal en propiedad.

“Muerte y vida, gloria e infamia, dolor y placer, riqueza y penuria, todo eso acontece indistintamente al individuo bueno y al malo (…) Porque, efectivamente, no son bienes ni males.”

Marco Aurelio

Es posible asumir lo que acontece con contentamiento, ausencia de turbación en el alma y libertad, es decir, sin sufrimiento mental (aunque sintamos una punzada de dolor), cuando se tiene una actitud “del ser humano de bien que se contenta con la parte del conjunto que le ha sido asignada y que tiene suficiente con su propia actividad justa y con su benévola disposición” (Marco Aurelio).

“Para ti, el mal no proviene de la mente de otro ni de alguna alteración en tu cuerpo. ¿De dónde viene, entonces? Es tu mente la que hace juicios sobre el bien y el mal. Detén estos juicios y todo estará bien.”

Marco Aurelio

 

“(…) Que tu mente no diga que algo es bueno o malo si puede ocurrirle igualmente a un ser humano bueno y a uno malo. Pues nada que puede sucederle tanto a un ser humano que vive contra la naturaleza como a uno que lo hace en armonía con ella puede ser útil ni contrario a la naturaleza.”

Marco Aurelio

 

Pasiones y juicios limitados

Esta visión nos aporta una pauta sencilla para saber si estamos teniendo una actitud adecuada ante las cosas, es decir, si los juicios latentes en dichas actitudes están siendo, o no, ajustados a la realidad. Se trata de una clave que nos permite poner a prueba nuestras representaciones: no aceptarlas sin haberlas examinado.

“Pon al punto tu esfuerzo en responder siempre a toda representación áspera: “Eres una representación y no, en absoluto, lo representado”. Y luego examínala y ponla a prueba mediante las normas esas que tienes y, sobre todo, con la primera, la de si versa sobre lo que depende de nosotros o sobre lo que no depende de nosotros. Y si versa sobre lo que no depende de nosotros, ten a mano lo de que: “No tiene que ver conmigo.”

Epicteto

Las turbaciones del alma se originan en nuestros juicios limitados. Los juicios limitados básicos latentes en nuestras emociones y conductas problemáticas se resumen en:

– Creer que depende de nosotros lo que no depende de nosotros.
– Creer que no depende de  nosotros lo que depende de nosotros.
– Creer que lo que no depende de nosotros es intrínsecamente bueno o malo.
– Creer que nuestra identidad central radica en algo que no es nuestro Principio Rector.

Así, todo los juicios que traen consigo sufrimiento evitable vendrían a ser variantes o derivaciones de estos cuatro juicios limitados fundamentales. Estos juicios permiten distinguir dos grupos básicos de perturbaciones emocionales.

 

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1- Grupo de emociones disfuncionales que se sostiene en la creencia limitada según la cual depende de nosotros lo que no depende de nosotros:

De esta creencia se deriva la dificultad para aceptar los límites que la vida pone a nuestra capacidad de acción y de intervención, es decir, para asumir serenamente lo inevitable: el pasado, los aspectos condicionados de nosotros mismos y de la existencia, el carácter cambiante e imprevisible de la vida, la enfermedad, la muerte, los golpes del destino, la forma de ser y de actuar de los demás, etc.

A este grupo de emociones pertenecen la ansiedad, el miedo crónico, la angustia, la preocupación y la inquietud desordenadas, la hipocondría, el pánico, etc.

Detrás de la necesidad excesiva de control se oculta la aspiración legítima a no sentirnos impotentes, pero esta concepción errada de la potencia, por la que buscamos que la realidad se ajuste a nuestras ideas, deseos y objetivos con el fin de evitar experimentar la debilidad, la pérdida y la frustración, es precisamente la que nos torna débiles, impotentes y dependientes de lo que no depende de nosotros. Al centrarnos obsesivamente en la manipulación de lo que no nos es propio, nos enajenamos de nuestro poder central.

La superación de este tipo de emociones problemáticas requiere cuestionar los juicios limitados que obstaculizan la aceptación, los que nos imponen “soltar” nuestro afán desordenado de control. Pues solo en la aceptación de nuestros límites afirmamos nuestra verdadera potencia.

La aceptación así entendida no equivale a resignarse: cabe aceptar cada faceta del mundo tal como es, mientras consideramos la mejor manera de transformarla en el futuro si ello es posible y si está en nuestra mano.

Estas actitudes que nos capacitan para reconciliarnos con “lo que es” se cimientan en una disposición fundamental: la confianza básica en la Realidad.

 

2- Grupo de emociones disfuncionales que se sostiene en los juicios errados que nos hacen sentir que no depende de nosotros lo que sí depende de nosotros:

Este olvido de la inalienable potencia intrínseca a nuestro Regente (guía interno “divino”), se traduce en emociones como la impotencia, la desesperación, el desamparo, la apatía, la desmotivación, la autocompasión… en general, en la sensación de ser víctimas pasivas de factores que están más allá de nuestra esfera de influencia.

 

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Estas emociones revelan que hemos pasado por alto que hay algo que siempre está en nuestro poder: los juicios sobre lo que nos pasa. Son estos juicios los que determinan que las mismas situaciones puedan tener para distintas personas significados muy diferentes.

El error cognitivo descrito es propio de quienes acusan sistemáticamente a los demás y a las circunstancias de sus alternaciones emocionales; de quienes creen que sus juicios, estamos y emociones son el resultado de lo que les ha pasado o les pasa, y que, mientras las cosas sean como son, no tienen más opción que sentirse alterados o deprimidos. Nadie es una mera víctima pasiva de las circunstancias en la media en que puede adoptar una actitud u otra ante lo que le pasa.

La transformación de estas emociones pasa por desvelar las creencias limitadas que están en su base. Pasa por advertir que hemos incurrido en una resignación ilusoria ante lo que sí puede ser cambiado; que hemos olvidado nuestro poder creador, la instancia en nosotros que nos otorga siempre señorío sobre las situaciones.

Aunque con frecuencia no podamos modificar nuestras circunstancias, siempre podemos modificar nuestra actitud ante ellas. Esta última es la única causa de nuestro sufrimiento mental, por más que esas circunstancias objetivas hayan podido traer consigo un legítimo e intenso dolor puro.

“La divinidad no solo nos concedió esas capacidades con las que podemos soportar todo lo que sucede sin vernos envilecidos o arruinados por ello, sino que, además, como correspondería a un rey bueno y a un verdadero padre, nos las concedió incoercibles, libres de impedimentos, inesclavizables, las hizo absolutamente dependientens de nosotros, sin siquiera reservarse a sí mismo ninguna fuerza capaz de obstaculizarlas o ponerles impedimentos.”

Epicteto

 

“¿Te impide este suceso ser justo, magnánimo, sensato, prudente, reflexivo, sincero, discreto, libre, etc. conjunto de virtudes con las cuales la naturaleza humana contiene lo que le es particular? Acuérdate, a partir de ahora, en todo sucedo que te induzca a la aflicción, de utilizar este principio: no es un infortunio, sino una dicha soportarlo con dignidad.”

Marco Aurelio

 

Luchar contra lo que no puede ser cambiado y sentirnos pasivos ante lo que sí puede ser modificado constituyen las dos disposiciones que pueden coexistir y que están siempre detrás de todas las formas de sufrimiento evitable.

“En donde ponga el “yo” y “lo mío”, a ello es fuerza que se incline el ser vivo. Si en la carne, allí estará lo dominante; si en el albedrío, allí estará; si en lo exterior, allí.”

Epicteto

Nada nos impide crecer, actualizar lo que somos. Nada justifica el estancamiento interior. Ante todo podemos dar una respuesta creativa a actualizadora. Todo puede convertirse en un bien interior.

“¿Se puede, entonces, sacar provecho de esto? De todo. ¿Y también del que insulta? Si. ¿Cuánto aprovecha el entrenador al atleta? Muchísimo. Pues el que me insulta se vuelve entrenador mío; entrena mi capacidad de aguante, mi docilidad, mi mansedumbre. (…) Si alguien me entrena en la docilidad, ¿no me aprovecha? (…) ¿Un mal vecino? Para mí mismo, pero para mí, bueno. Entrena mis buenos sentimientos, mi ecuanimidad. ¿Un mal padre? Para sí, pero para mí, bueno. Esto es la varita de Hermes: “Toca lo que quieres -dice- y se convertirá en oro”. No, sino: “Venga lo que quieras y yo lo convertiré en un bien.”

Epicteto

elsa@psiquentelequia.com

Fundadora de Psiquentelequia. Periodista, blogger, profesora... Estudiante de psicología y Terapia Gestalt... Amante del yoga, la espiritualidad y la filosofía. Lectora, fotógrafa y viajera.

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