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El duelo: Cómo aprendemos a crear muros de silencio y a huir del dolor

 

Hablemos del duelo…

¿Dónde aprendimos que el dolor debe rodearse de un muro de silencio? ¿De dónde surge ese impulso de huir de él? ¿Quién nos ha enseñado que hay que reaccionar así?

Así comienza Alba Payàs Puigarnau su libro “El mensaje de las lágrimas“, que recomiendo a cualquier persona que esté viviendo o haya vivido un proceso de duelo. Que básicamente será todo el mundo… Ya que todos hemos perdido a alguien o algo en algún momento de nuestra vida.

Este post es una recopilación de algunos textos del primer capítulo del libro. Seguramente que muchos no podréis dejar de leerlo… Es un tesoro que tengo entre las manos. Lleno de sabiduría, comprensión y compasión.

 

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Los duelos en la infancia

Veamos situaciones de pérdidas importantes contadas por personas que vivieron duelos en su infancia.

a) Mi madre se estaba muriendo y me llevaron a casa de unos primos, en el campo. Me pasé un mes jugando y disfrutando. Cuando regresé a casa, ya habían enterrado a mamá. Me hubiese gustado asistir al funeral. Nadie me llevó ni me explicó nada. Sólo veía caras tristes. Cuando crecí, me sentí muy culpable por habérmelo pasado tan bien mientras mi madre estaba enferma, en sus últimos días.

b) Me ocultaron que mi abuela se había muerto. Me dijeron que se había ido de viaje «al pueblo, a buscar novio». Me pasé varios años enfadada con ella, pensando que me había abandonado. Cuando supe la verdad, siendo más mayor, me sentí muy culpable.

c) Durante la enfermedad de mi padre, nadie me explicó lo que pasaba. Después, mamá y él se marcharon; nos dijeron que estaban de viaje y nos quedamos con una tía. Unos días después, mi madre llamó por teléfono y me dijo: «Papá ha muerto». Siempre recordaré aquel momento. Me sentí muy solo y no entendía por qué.

d) Mi abuelo se suicidó en casa. Yo me di cuenta de que había pasado algo grave, pero nadie me explicaba nada. Sólo veía caras largas. Una tía que vino a pasar unos días me explicó con palabras sencillas lo que había ocurrido. Recuerdo que pude preguntarle muchas cosas. Después fuimos juntos al cementerio. Estuvimos allí varias veces hasta que ya no quise ir más. Siempre le estaré agradecida.

 

Las primeras experiencias de pérdida, ya sean leves (un traslado o la pérdida de un animal de compañía) o graves (una enfermedad, una separación o la muerte de un ser querido), son la base de aprendizaje en la que los adultos que nos cuidan nos transmiten el modelo que tienen para gestionar las emociones.

Seguramente, de pequeños, todos hemos vivido situaciones como las que hemos visto en los ejemplos, en versiones iguales o con matices. Como padres, también habremos actuado de alguna de esas maneras ante el dolor experimentado por nuestros hijos.

El problema en la expresión de la pena ante nuestra necesidad de consuelo radica en el uso de alguna de estas respuestas: negar, minimizar, reemplazar, ridiculizar o racionalizar (como en los ejemplos, excepto el d).

 

Un niño puede vivir cualquier cosa siempre y cuando se le diga la verdad y se le permita compartir con sus seres queridos los sentimientos naturales que todos tenemos cuando sufrimos.

LAWRENCE L. LESHAN

¿Qué ocurre si no viviste un duelo “sano”?

Si te identificas más con el resto de apartados (a, b y c), puede que ahora tengas una pista de por qué afrontas algunas situaciones del siguiente modo:

● Cuando sientes dolor, no entiendes lo qué te pasa. No sabes reconocer tus emociones y esperas que alguien venga a tu rescate sin pedir ayuda.

Te enfadas cuando vives una pérdida y descargas tu ira contra los demás: tu pareja, tus amigos o tus hijos.

● Te sientes víctima de la vida, consideras que es dura e injusta contigo. Te deprimes.

● Crees que demostrar el dolor no sirve de nada, que es un signo de debilidad. Te da vergüenza mostrar tu vulnerabilidad. Crees que cuando vives una pérdida debes tragarte el dolor, y que pedir ayuda es algo inútil.

● Tienes sensaciones extrañas; te repites que tienes que ser racional y que el tiempo lo cura todo. Y si eso no es suficiente para calmar tu angustia, te esfuerzas constantemente en distraer tu dolor o burlarlo comiendo, ocupando todas las horas con un montón de tareas, bebiendo o aislándote.

Si vives alguna de estas situaciones, o varias de ellas a la vez, ya lo sabes: son formas de crear muros defensivos ante el sufrimiento natural por tus pérdidas, maneras que aprendiste de los adultos que te rodeaban cuando eras pequeño. Tu modelo de gestión del dolor es el que viste en tu familia, tu entorno social y tu colegio. Ahora lo tienes tan interiorizado que ya lo has hecho tuyo y forma parte de lo que denominamos sistema de afrontamiento de protección en el proceso del duelo.

 

Los muros del silencio en el duelo

Este conjunto de respuestas ante el dolor se basa en una serie de creencias. Son, por decirlo de alguna manera, los cimientos de los muros de silencio, convicciones que hemos interiorizado pensando que eran verdades absolutas porque siempre las hemos vivido así, las hemos visto en las personas que nos rodean.

Los mitos o falsas creencias más comunes en el proceso del duelo son:

1. El tiempo lo cura todo.
2. Expresar tu dolor te hace daño.
3. Expresar tu dolor hace daño a los demás.
4. Expresar dolor es una señal inadecuada.
5. El dolor debe ser expresado en la intimidad.

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Mito 1 del duelo: El tiempo lo cura todo

Vamos a ver dos historias reales de dos personas muy conocidas que perdieron a un ser querido en su infancia y su adolescencia. La religiosa y escritora franco-belga sor Emmanuelle (1908-2008) vio morir a su padre cuando tenía seis años. Évariste Galois (1811- 1832), el gran matemático, tenía dieciocho años cuando su padre se suicidó. ¡Fíjate qué vivencias tan diferentes!

 

Cuando era pequeña, vi cómo se ahogaba mi padre. No pude hacer nada. Creo que aquella experiencia ha marcado mi vida; de hecho, mi vocación religiosa data de aquel día… Ahora tengo sesenta y dos años, y por fin mi comunidad me ha permitido viajar a Egipto, mi sueño: poder vivir entre los más pobres de los pobres. Vivo en una barraca diminuta de no más de tres metros cuadrados. Está sobre un depósito de basuras y tengo un saco a modo de colchón, una mesita y una silla. Por fin soy feliz. ¡Qué bonito volver a sentirse joven, levantarse a las cinco de la mañana y poder sonreír!

MADELEINE CINQUIN, SOR EMMANUELLE, Memorias

¿Sabes qué te digo, amigo mío? ¿Sabes qué es lo que más echo en falta ahora mismo? Y sólo puedo confiártelo a ti, alguien a quien pueda querer, y querer sólo en espíritu. He perdido a mi padre y nada nunca lo podrá sustituir ni reemplazar, nada, ¿me oyes?

EVARISTE GALOIS, nota de su intento de suicidio

¿Las heridas se curan solas? Algunas sí, es verdad. Hay heridas que el propio cuerpo supera con el tiempo y con los procesos naturales de desinfección y cicatrización. Si fuese igual con el duelo, que es una herida emocional, sólo habría que suprimir la sintomatología, anestesiarla, sentarse y tener paciencia.

Pero hay heridas que se infectan y empeoran, invadiendo el cuerpo de la persona afectada. Otras cicatrizan, pero se quedan llenas de pus por dentro, de manera que en cualquier momento podría reactivarse la infección. Otras veces, alguna estructura interna (por ejemplo, un hueso) no se cura bien, y si no se regenera, la herida se cerrará y quedará mal curada para siempre. Existen numerosas experiencias del proceso del duelo en las que la infección no se ha curado bien, o hay huesos que no se han soldado como deberían porque no se recolocaron correctamente en su momento.

 

Veamos algunos ejemplos de heridas de duelo mal cicatrizadas:

Mi hermano perdió a su hija de diez años hace cinco. Aparentemente está bien, pero lo veo muy irritable. En el trabajo me dicen que está tenso y que salta a la mínima. Pero el duelo lo lleva bien; al menos no lo vemos triste ni habla del tema. Se distrae. Lo único es ese mal humor que tiene siempre. Antes no era así.

Tras la muerte de mi hijo, me dijeron que lo llevaba muy bien. Que el tiempo me ayudaría. Me hice la fuerte y decidimos no hablar del tema en casa. Han pasado ocho años. Un año después de lo ocurrido, mi marido y yo nos separamos. Mi hijo mayor no levanta cabeza, lo veo mal, y a mí me acaban de diagnosticar un cáncer.

Después de la muerte de mi madre, parecía que mi padre estaba bien. Se le veía triste, pero engañaba a su tristeza manteniéndose muy ocupado. Un año después le dio un ataque al corazón.

Perdí a mi primera pareja cuando tenía veinticuatro años. Estábamos a punto de casarnos. Después me fui a vivir al extranjero. He viajado mucho. Ahora tengo cuarenta y cinco años, y sigo sola. No he vuelto a tener pareja; me han interesado otros hombres, pero no sé por qué, cuando parece que la cosa empieza a avanzar, yo lo dejo estar. A veces me pregunto si no tendrá algo que ver con la muerte de mi primer novio.

Éstos son cuatro ejemplos de casos en que el tiempo no ha sido suficiente para resolver el duelo, que se cronifica y acaba teniendo consecuencias graves (en algunos casos, devastadoras) para la vida relacional e íntima, y para la salud mental y física.

Tu duelo no se cura solo con el tiempo; sino que depende de lo que tú hagas con ese tiempo.

 

Mito 2 del duelo: Expresar el dolor te hace daño

 

El médico acababa de darme la terrible noticia, así, de golpe. Me puse fatal, lloraba y creo que gemía a un volumen un poco alto. El médico estaba visiblemente apurado; entonces me dijo que la enfermera me daría algo. Cuando ella me acercó el vaso con una pastilla, le pregunté: «¿Qué es eso?». «Un válium, se sentirá mejor.» No lo entendí, estaba muy enfadada y le dije: «Déselo al médico, me parece que lo necesita; si él se lo toma mientras yo lloro la muerte de mi hija, lo ayudará a soportar mis lágrimas».

Suspirar, llorar o gemir no son actos autolíticos, son la manera natural de expresar la aflicción. Es posible que después te sientas cansado y frágil, pero también habrás aligerado el peso de tu dolor. No existe ninguna prueba de que llorar haga daño. La doctora E. Kirkley Best, experta en acompañar a padres que han perdido a sus hijos durante el parto (pérdidas perinatales), afirma que «las lágrimas de los padres sólo representan un peligro para las emociones de los médicos».

Hace veinte años que escucho a personas en proceso de duelo, he visto llorar a miles de personas, y todas, absolutamente todas, dejan de hacerlo pasado un rato. La sensación del que escucha puede resultar incómoda porque se siente impotente por no poder hacer nada. Pero cuando aceptamos que simplemente con nuestra presencia ya estamos ayudando, y descubrimos cómo nuestra presencia silenciosa y afectuosa es curativa en sí misma, entonces resulta más fácil acompañar y aprendemos a confiar en las bondades del proceso natural humano que es compartir la pena.

En ocasiones, la persona que llora piensa que se volverá loca. Nadie se vuelve loco por mostrar aflicción. Lo que puede hacer que alguien se vuelva loco es no tener la posibilidad de mostrar aflicción.

 

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La función de las lágrimas y el llanto

Cuando afrontamos una pérdida o una situación de estrés muy intensa, llorar es una reacción universal, una capacidad estrictamente humana que ha sobrevivido y se ha vuelto más sofisticada en la evolución de nuestra especie por alguna razón importante. Los estudios realizados por el Dr. Frey sobre la composición química de las lágrimas (las que van asociadas a una emoción, no las que se nos caen al cortar cebolla o se nos mete algo en el ojo) revelan que éstas contienen hormonas del estrés (entre otras, la prolactina). Estas hormonas prepararan al organismo ante una situación de amenaza para poder organizar los recursos personales de manera más eficaz. Nos ayudan a reaccionar adecuadamente, a vigilar, a huir o afrontar la situación con más capacidades, o bien a tomar una decisión rápida que nos salve la vida.

La respuesta de descarga interna de una sobredosis de hormonas del estrés facilita ese proceso, pero al finalizar la situación de amenaza, el cuerpo que ha producido un exceso de esas hormonas, necesita un mecanismo para liberarlas, y ese mecanismo es el llanto. Hoy se sabe que estas hormonas mantenidas en el cuerpo a la larga son tóxicas. Las personas sometidas a un estrés sostenido pueden acabar padeciendo problemas fisiológicos y mentales graves. En general, las mujeres producen niveles más altos de prolactina, por ejemplo estas aumentan especialmente durante el embarazo. Según los expertos, eso estaría en la base de por qué en general les es más fácil llorar, y todavía más durante el embarazo.

Llorar no tiene efectos secundarios adversos, todo lo contrario: libera el exceso de tensión, baja la presión sanguínea, produce distensión muscular, y tiene un efecto sedante y antidepresivo. Después de llorar, de forma natural, la mayoría de las personas afirma que se siente mejor. Además, las lágrimas suavizan la piel y mitigan las arrugas del rostro. Es cierto que los ojos se enrojecen y te afean el rostro, ¡sobre todo con el maquillaje! Sin embargo, si descansas después, al día siguiente notarás que te has sometido a un tratamiento de belleza natural. No llorar aumenta la tensión muscular y el nivel de estrés, y puede acabar generando problemas vasculares por el aumento de la presión sanguínea.

Llorar también tiene una función social: es una manera de pedir ayuda. Cuando mostramos nuestra tristeza, las personas de nuestro alrededor nos ofrecen su apoyo, nos preguntan si necesitamos algo. Ver que alguien llora invita a la compasión y alerta a la comunidad de que uno de sus miembros necesita ayuda. ¿Qué ocurriría si un bebé se perdiese en una ciudad y no llorase? El llanto es la manera que tiene el niño de restablecer la vinculación con los adultos y de expresar un malestar para el que todavía no dispone de palabras.

Para los niños, llorar es una manera de pedir ayuda física y emocional; no saben llorar solos. Paradójicamente, cuando adquirimos la habilidad de inhibir el llanto, los adultos acabamos llorando en la intimidad. De este modo, perdemos la función social y sólo nos queda la de descarga.

Llorar es la manera que tenemos las personas de mostrar nuestra humanidad; de decir, de mostrar que hemos amado y seguimos amando.

Otra función del llanto es que si bien es cierto que llorar nubla nuestra visión de lo externo, a la vez la expresión del llanto tiene la cualidad de disipar el velo de nuestro mundo interior. Las lágrimas son portadoras de mensajes esenciales para nuestro duelo.

 

Mito 3 del duelo: Expresar tu dolor hace daño a los demás

Cuando mi hijo me ve llorar, siempre me dice: «Mamá, no llores, ¿no ves que te haces daño? Hazlo por nosotros». Tengo que encerrarme en la habitación para que no me vea.

Cuando estás en proceso de duelo y muestras tu tristeza, pena o añoranza, despiertas emociones en las personas que te rodean. «¡Nos haces llorar!», dicen. Sería bueno poder responder: «Sí, claro, no pasa nada, podemos llorar juntos si quieres». Seguramente, desde el respeto y el miedo a hacer daño, lo que haces es callar, hacer de tripas corazón y reprimir el dolor. La tristeza queda sepultada en tu corazón.

Empatizar con el dolor de una persona es natural y forma parte de la experiencia de relacionarnos y compartir emociones sobre lo que nos ocurre. No ocultar nuestra pena al escuchar a alguien que nos habla de su duelo es bueno. Transmitimos que nos afecta, que lo sentimos, que amamos, que es importante para nosotros y que nos impacta lo que comparte con nosotros.

Esa emoción tiene que ver frecuentemente con las pérdidas de quien escucha; se despiertan en nosotros las experiencias propias que todavía nos conmueven. Es curioso observar cómo en los velatorios o después de un funeral, los asistentes acaban hablando de sus duelos en lugar de consolar a la familia. «Cuando se murió mi…» Cada persona cuenta sus experiencias. Las lágrimas de los demás conectan con las nuestras, con las que no hemos derramado todavía, y podemos interpretar esa experiencia como una amenaza o como una oportunidad.

 

Las lágrimas de los demás conectan con las nuestras, con las que no hemos derramado.

Cuando somos capaces de compartir nuestra pena por unos momentos, en silencio o abrazados, expresamos que somos personas en proceso de duelo y que a pesar del dolor podemos apoyarnos mutuamente.

 

Tengo dieciocho años y hace seis meses que perdí a mi madre. Soy hija única, así que mi padre y yo nos hemos quedado solos en casa. Cuando llego cenamos juntos, estamos cansados y hablamos de trivialidades; fingimos que no ha pasado nada, nunca hablamos de ella. Después de cenar nos encerramos en nuestras respectivas habitaciones. Me duermo llorando, abrazada a la almohada, y muchas veces lo oigo llorar a él también.

Debemos hacer que nuestro hogar sea un espacio donde podamos expresar alegría y buen humor, pero también tristeza y duelo. Nuestro desafío como padres consiste en enseñar a nuestros hijos que es bueno mostrar los sentimientos y que no debemos avergonzarnos de esas respuestas naturales que experimentamos ante las situaciones de pérdida. De ese modo, al hacerse mayores tendrán la capacidad de estar en intimidad en sus relaciones, de relacionarse con otras personas desde el corazón, desde la realidad de la condición humana. La vida tendrá para ellos más intensidad y profundidad, y las relaciones resultarán mucho más satisfactorias.

Sin la capacidad de emocionarnos no podemos estar en intimidad. Sin intimidad no podemos disfrutar de relaciones profundas.

 

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Los niños y la expresión de dolor de sus adultos de referencia

La afirmación de que compartir nuestro dolor no hace daño a los demás tiene una excepción: hacerlo intensamente delante de un niño o de una persona con discapacidad o alteraciones psíquicas puede afectarlos negativamente. Los padres en proceso de duelo deben encontrar el punto justo, cosa que no siempre es fácil, entre expresar lo que sienten porque es natural y humano (ofreciendo a sus hijos un modelo de cómo gestionan los adultos el dolor) y a la vez no mostrar un nivel de dolor excesivo que haga que desborde al niño, que le haga sentirse en peligro o desprotegido, o que le haga pensar que es el responsable de ese sufrimiento.

La pena que sienten los padres, deben mostrarla en momentos concretos, sin alterar gravemente el día a día, y tienen que hacerlo de manera que enseñe al niño que pueden sentir tristeza pero que es o no les impide seguir siendo los responsables de la estructura y de las tareas diarias de cuidados y de mostrar afecto y seguridad hacia los otros miembros de la familia.

Podemos detectar que un niño vive manifestaciones de dolor excesivas en su entorno cuando muestra conductas como estas:

● Quiere «rescatar» a los adultos, es decir, quiere ocuparse de aspectos materiales y/o afectivos que no le corresponden por su edad. El niño intenta «hacer de adulto», asume responsabilidades por encima de su edad, vigila a los padres constantemente para que no se desborden e intenta consolarlos.

● Hace el papel de «niño bueno» para no preocupar más a sus padres: la niña adaptada que empieza a portarse bien para que los padres se sientan mejor, por ejemplo. Muchos niños se sienten culpables por lo que ha pasado, y esa respuesta de «practicar la bondad » puede ser una señal…

● Dice la palabra mágica. El niño aprende rápidamente que si nombra al hermano, al padre o al abuelo fallecidos, el adulto de referencia dejará de hacer lo que esté haciendo e irá a consolarlo. El nombre en cuestión se convierte en una palabra mágica que no tiene nada que ver con su duelo sino con la necesidad de pedir la atención que necesita.

Es importante que los padres estén atentos a esas conductas y a otras que denotan dificultades en los niños. Lo mejor que pueden hacer unos padres en proceso de duelo por sus hijos es pedir ayuda para ellos mismos. Mediante la experiencia de recibir ayuda podrán obtener del terapeuta experto numerosas instrucciones, consejos y aclaraciones sobre cómo reaccionar ante esas señales a fin de atender las necesidades afectivas de sus hijos, sin descuidar las propias.

 

Mito 4 del duelo: Expresar tu dolor es una señal de inadecuación

Empecemos con dos historias:

● Hoy, Luis ha vuelto al trabajo. Es su primer día allí después de la muerte de su mujer. ¡Se ve que lo lleva muy bien! ¡Es admirable! Se le veía contenido, haciendo esfuerzos para no decaer. No ha dicho ni una palabra. ¡Qué fortaleza! Ha trabajado mucho y no ha derramado ni una lágrima. No sabíamos qué decirle y hemos optado por no acercarnos.

● Ramón ha vuelto hoy al trabajo. Es su primer día después de la muerte de su mujer. Estaba triste y se ha emocionado mucho al vernos. Ha querido estar con nosotros y compartir sus sentimientos con todos, especialmente con los más allegados. Ha hablado de cómo fueron los últimos días. Después nos ha dado las gracias por haberle escuchado y nos hemos abrazado. No hemos trabajado mucho, la verdad, y hemos acabado todos emocionados con él. Ha sido triste, pero bonito a la vez.

Es posible que tengamos que modificar nuestra idea de qué significa ser valiente. Tendríamos que plantearnos la posibilidad de que la persona valiente no es aquella que oculta el sufrimiento, sino la que tiene el valor de compartirlo. Disponer de recursos durante un proceso de duelo significa que eres capaz de mostrar tus emociones cuando es necesario y de contenerlas cuando la situación lo requiere. Mostrarse frágil y vulnerable no significa que no estés bien, igual que mostrarse fuerte e inexpresivo no quiere decir que estés bien.

 

La persona valiente no es la que oculta el sufrimiento, sino la que tiene el valor de compartirlo.

 

¿La persona racional es la fuerte ? ¿Acaso expresar emociones es un signo de debilidad, de inmadurez? ¿Lo lleva muy bien porque no expresa nada? ¿Qué significa estar bien cuando ha muerto un ser querido? ¿Actuar como si nada hubiese pasado ? ¿Es eso lo que se espera en un duelo?

Los expertos decimos que la persona que a nuestro entender hace el mejor duelo es la que su familia considera que no lleva bien el duelo porque le ven fatal.

 

Con frecuencia, en una familia en proceso de duelo, la persona que lo lleva de manera más saludable es la que la familia identifica como la que está peor.

JOAN BORYSENKO

Las personas que acuden a los grupos de apoyo a pedir ayuda, en algunos casos, reciben críticas de sus familiares. «No sé qué vas a hacer allí, a escuchar penas. ¿No tienes suficiente con las tuyas? No te hace ningún bien.» Por suerte, no siempre es así. Muchas familias animan a pedir ayuda a sus miembros más afectados, y he conocido a muchos padres, hombres, que hacían el duelo a través de sus esposas: las esperaban en casa y ellas les hacían un resumen de lo que habían aprendido en el grupo de apoyo.

 

Mito 5 del duelo: El dolor debe ser expresado en la intimidad

La pérdida de mi hijo asustaba a algunos conocidos. Pasadas las primeras semanas, veía cómo se alejaban. Supongo que no sabían cómo reaccionar, cómo encontrar las palabras adecuadas. Pero yo puedo decir que fui muy afortunada. Durante el primer año, los amigos de Jordi venían a casa a menudo y me regalaban días memorables. Solían venir en grupos de tres o cuatro, sus amigos de toda la vida. Me encantaba cuando compartían sus recuerdos más preciados, aquellos que eran especiales para ellos, cuando me explicaban alguna historia de Jordi totalmente desconocida para mí, me hacían descubrir una parte de él que yo no conocía. Me hacían llorar y sentirme cerca de él, como si el amor de los que lo querían me llegase a mí. No eran visitas llenas de tópicos ni hechas desde las formas porque «es lo que hay que hacer». Reconozco que antes yo misma habría pensado que era horrible recordar cosas dolorosas, como poner sal en una herida. Pero hoy sé que no es así. Todavía hoy, pasados tantos años, cuando me visitan por su cumpleaños es como un regalo muy preciado que agradezco. Y el dolor que siento al ver que se van haciendo mayores y que todavía lo recuerdan siempre se mezcla con sentimientos de amor y gratitud.

En Una pena en observación, un breve y maravilloso libro autobiográfico de C. S. Lewis, el autor describe la experiencia de la pérdida de su esposa y afirma que tal vez deberíamos juntar en un mismo recinto a las personas en proceso de duelo para que no molesten. Son un estorbo para los demás porque la gente no sabe cómo tiene que reaccionar ante su dolor. De ahí viene esa idea de que hay que llevar el duelo en la intimidad. Es cierto que muchas veces la persona en proceso de duelo pide estar a solas con su dolor y lo necesita: y que la introspección y el aislamiento son elementos necesarios en el proceso de recuperación. Pero también es muy cierto que los seres humanos necesitamos a los demás para aliviar el sufrimiento y darle sentido. El duelo es algo que se vive en relación.

 

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Según los estudios sobre el duelo, quienes realizan bien el proceso, quienes se recuperan mejor, son aquellas personas que tienen a otras con las que compartir, los que cuentan con el apoyo de los amigos y la familia a pesar del tiempo que haya pasado, a los que nadie «da el alta» antes de tiempo. Cuentan con el apoyo de personas a las que no les da miedo escuchar, que no tienen prisa, que no te interrumpen, que no tienen miedo de tus emociones… Si tienes una persona así a tu lado o cerca, no dudes en pedirle ayuda. Disponer de un tiempo para compartir tus sentimientos, sean los que sean, de un espacio de escucha sensible, es totalmente indispensable cuando estás en proceso de duelo. Las personas que no tienen a nadie con quien compartir su experiencia, sus preocupaciones, fantasías, miedos o ansiedades, son las que tienen más probabilidades de acabar haciendo un duelo complicado que puede acabar en una depresión.

Sabemos también que los padres y las madres en proceso de duelo por la pérdida de un hijo mejoran cuando comparten lo ocurrido y no intentan hacerse los valientes entre ellos. Paradójicamente, los intentos de proteger a la pareja disimulando el dolor y evitando todo lo que se refiere a la pérdida no hacen más que alargar e intensificar los síntomas del duelo de los dos.

 

Creí que mi quehacer desde el momento en que nuestra hija falleció era atender a mi mujer. Ahora, después de cuatro años, me ha pillado por sorpresa una especie de grito interior que dice «no he podido llorar la muerte de mi hija», cosa que ha hecho que me derrumbara. No puedo responsabilizarla a ella, sino al hecho que no he sabido gestionar lo que ha pasado para que no nos hiciera daño ni a ella ni a mí. El duelo que no he vivido ahora me pesa y sé que debo hacer algo. Y si hay un responsable, he sido yo por mi forma de ser y por no comunicarme ni lo suficiente ni como debiera haberlo hecho.

Las personas somos los seres vivos que forjamos los vínculos sociales más complejos, los que tenemos más capacidad para sentir emociones y los que podemos expresar el dolor de manera más sofisticada cuando esos vínculos se ven amenazados o se rompen. Estas habilidades han perdurado a lo largo de la evolución de nuestra especie y, sin lugar a dudas, tienen una función adaptativa de supervivencia. La dimensión relacional del duelo, expresada en la necesidad de compartirlo, es tan importante (o más) como la dimensión subjetiva. Somos seres sociales: necesitamos amor, afecto, consuelo, reconocimiento y aceptación de los otros para poder crecer, madurar y vivir con plenitud.

No reconocer y no saber expresar la aflicción natural ante las pérdidas y los traumas de la vida se convierte en una especie de acto contra natura, una negación de lo que es más intrínsecamente humano, y provoca que, por una lado, perdamos la oportunidad de tener las necesidades afectivas cubiertas y, por otro lado, hiramos los sentimientos de los demás. Es evidente que no podemos forzar a nadie a expresar aquello que no puede, y que las personas necesitan un tiempo para poder compartir. Cuanto más traumáticas son las experiencias, más tiempo necesitamos para digerirlas. Con el tiempo, sin embargo, integrar la vivencia del duelo pasa necesariamente por verbalizarla y compartirla con los demás.

 

El duelo es una herida provocada por la falta de relación, que sólo se puede curar dentro de otras relaciones.

 

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Fotos:

elsa@psiquentelequia.com

Fundadora de Psiquentelequia. Periodista, blogger, profesora... Estudiante de psicología y Terapia Gestalt... Amante del yoga, la espiritualidad y la filosofía. Lectora, fotógrafa y viajera.

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