El ideal del renunciante

Los cuatro estadios de la vida

En el hinduismo existe una interesante propuesta para ordenar las etapas de vida, en la última de ellas encontramos el ideal del renunciante. Ese orden es una escala que conduce hacia la liberación como objetivo último de vida. La tradición presenta cuatro estadios y, aunque no necesariamente uno pasa por todos, sirve como guía para ubicarse en la vida.El primer estadio de la vida es el de estudiante-célibe, en el que uno concentra toda su energía en el aprendizaje.

 

El segundo, el de la vida familiar, en la que uno constituye su familia y contribuye con su trabajo al desarrollo de la sociedad.

El tercero consiste en retirarse al bosque. Cuando uno ha cumplido con sus labores sociales, inicia una etapa de introspección en la que distintos rituales de la tradición son comprendidos de forma simbólica y en su analogía con el propio cuerpo.

El último estadio de vida que se propone es el de la renuncia, en el que la persona se entrega por completo a un único objetivo, a saber, la liberación, el trascender cualquier forma de ego e identidad limitada para reconocerse en la unidad de la conciencia, la unidad del espíritu.

 

 

El verdadero renunciante

Sin embargo, ocurre que en muchos casos el ideal de la renuncia no se lleva a cabo desde la comprensión profunda que hemos planteado, sino como un acto externo en el que se abandona todo lo material para vivir de la limosna, como si el mero hecho de no poseer nada material fuera suficiente para la liberación. La evidencia, en cambio, es que hay muchas personas que han renunciado a sus posesiones y no se viven de una forma plena y libre. El verdadero ideal de la renuncia (saṃnyāsa) trasciende los estadios de vida, así como el grupo social y cualquier otra marca de identidad constreñida. De modo que el verdadero renunciante no se aferra a la figura del renunciante como nueva identidad.

El verdadero renunciante toma esa opción porque ha comprendido en su fuero interno la futilidad de todo aquello que no sirve a la libertad última. Y no me refiero a la libertad de elección sino a la libertad del corazón, la libertad ontológica, inherente al ser.

 

¿Existe una paz inamovible?

Vivimos día a día atribuyendo a otras persona, a determinados objetos y circunstancias la capacidad de hacernos felices o infelices. Pero esas formas de felicidad o infelicidad son pasajeras por definición, porque la persona, objeto o circunstancia en las que se fundamentan son pasajeras.

Cuando nos damos cuenta de que nada externo a nosotros nos va a proporcionar una felicidad y una paz infinitas, hay que plantearse si puede existir alguna forma de felicidad o de paz que no sean pasajeras. Si existe alguna forma de felicidad infinita tendrá que ser independiente de los objetos externos.

Esta forma de independencia remite a nuestra libertad ontológica, a nuestro ser profundo y más genuino. Al conectar con el sentir profundo de ser, con la la intuición autoevidente de que soy, más allá de lo que tenga o de lo que me ocurra, entonces los objetos externos, la relación con las otras personas y las circunstancias que se dan toman otro matiz y con ello otro valor. Lo que antes estaba en la cumbre de las prioridades, pasa a un lugar mucho más lejano y tomamos conciencia de que lo más importante es vivir conforme a lo que soy.

 

El ideal del renunciante es el de aquel que se conoce a sí mismo, y si renuncia a lo material lo hace a la luz de encontrar dicha en sí mimso. La persona que vive esa comprensión, que discierne honestamente entre lo pasajero y lo infinito, sabe que lo único que siempre es valioso en todos los seres es la Vida, el ser, que los sostiene y por eso renuncia a lo pasajero para entregarse completamente a lo infinito.

 

La renuncia no es inacción

Otro equívoco es el de asociar la renuncia a la quietud y la no-acción externos. Enseñanzas como la de la Bhagavadgītā, ponen de manifiesto que no todo el mundo ha nacido para vivir como un asceta y que ese camino está reservado más bien a unos pocos.

Cuando se sigue el camino de la renuncia sin una profunda comprensión de que : “El mundo reside en Mí (…) yo resido en el corazón de todos los seres”, entonces la renuncia puede caer en la hipocresía:

“La persona, de confuso entendimiento, que absteniéndose de actuar se sienta a meditar pero sigue pensando mentalmente en los objetos de los sentidos, es una hipócrita.” (Bhagavadgītā, 3.7)

La verdadera renuncia no tiene nada que ver con lo aparente sino con una actitud interna. Por supuesto, esta actitud interna tiene su repercusión y efecto en lo externo también, pero no necesariamente de la forma en la que lo imaginamos.

La renuncia no es una cuestión de dejarlo todo para vivir aislado en los bosques o las montañas, de tener mucho o poco, ni de estar inactivo o activo…

La renuncia como comprensión íntima

El renunciante es el que ha muerto a la identificación con un yo esclavo, supeditado a los deseos, a las pasiones, a los pensamientos, a las proyecciones, a las expectativas y a los ideales, para entregarse a la Vida plenamente, radicalmente, de modo que todas sus acciones son una ofrenda sin pretensiones. Sabe que nada le pertenece. Puede tomar los hábitos o vivir en la ciudad, eso no tiene la menor importancia porque haga lo que haga no está apegado a los resultados, ni a lo que dirán o pensarán, no actúa bajo la intención de lograr nada sino que se sabe a sí mismo Vida y cada una de sus acciones expresan esta Vida.

Swami Abhishiktananda, cuyas palabras han motivado este escrito, lo comunica con gran belleza y atino:

Para el hombre sabio ya no existe división entre bosque o ciudad, atuendos o desnudez, hacer o no hacer. Tiene la libertad del Espíritu y a través del Espíritu trabaja en este mundo, utilizando igual su silencio y su habla, su soledad y su presencia en sociedad (…) El sabio encuentra dicha y paz en Sí mismo (…) Este es el verdadero ideal del renunciante” (The furhter shore)

 

Para una reflexión práctica…

Te invito a revisar en tu vida los apegos y las creencias que te mantienen en la prisión del logro, del reconocimiento y de las falsas creencias de “yo” y “mío” con las que edificamos el sufrimiento. Algunas de estas preguntas pueden serte útiles:

  • ¿Acostumbro a actuar movido por la expectativa de los resultados más que por la acción misma?

  • ¿Hasta qué punto espero que determinados objetos o personas me hagan feliz?, ¿hacer depender mi felicidad de lo externo me hace más libre o menos?

  • ¿Quiero vivir postergando la felicidad a un futuro próximo en el que todo estará bien y la felicidad será permanente?, ¿cuánto tiempo llevo imaginando ese futuro?, ¿que pasa si me asumo plenamente ahora?

  • ¿Cuál es mi idea de felicidad?, ¿puede la felicidad incluir la tristeza o el dolor?

  • ¿De qué modo podría una estar en paz a un nivel profundo e íntimo y en ese sentido feliz, incluyendo momentos de tristeza o de dolor?

montse.simon@gmail.com

El enfoque con el que trabajo se centra en la autoindagación y el desarrollo personal. Organizo talleres de filosofía, doy clases de Yoga (individual y grupal) e investigo como aplicar las filosofías sapienciales al trabajo individual.

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