El lado sanador de la creatividad tras un trauma

La resiliencia implica necesariamente, el haber sufrido un trauma previamente. En esta entrada voy a tratar la sanación del trauma a través de la creatividad, que será el vehículo hacia la resiliencia.

El trauma supone un evento que sorprende, genera impotencia y tiene significado para la persona. Precisamente por el significado que contiene, su recuerdo no desaparece por mucho que la persona luche por controlar sus pensamientos o reminiscencias. Así pues, uno llega a entender e incluso a aceptar que es inútil seguir luchando en contra de la aparición de éstos, pero ¿cómo puede seguir viviendo con este recuerdo?

Lograr convivir con el trauma implica la búsqueda de soluciones creativas. Este tipo de respuesta es el vehículo de salvación tanto para los adultos como para los niños que han sufrido o incluso sufren en un periodo continuado un trauma. Por regla general, los niños que han sufrido un trauma, repiten sus acciones y por ello actúan en el juego de forma monótona y repetitiva hasta que logran a través de pequeñas modificaciones, sentirse menos indefensos. Sin embargo, los adultos, empleamos otras vías como son la narrativa o discurso, los sueños o visualizaciones.

Dado que erróneamente los adultos intentamos explicar, justificar o razonar los traumas con los más pequeños, me gustaría hacer unos breves apuntes de cómo los niños trabajan los traumas por sus propios medios.

Normalmente, el juego en los niños suele ser rico tanto en temática, como en personajes y escenario. Sin embargo, tras haber sufrido un trauma el juego del niño suele cambiar radicalmente, empobreciéndose, de manera que pese a cambiar de personajes o de juego, la temática se mantiene en todos ellos, siendo el tema repetitivo la propia experiencia traumática. Gaynor Lacey estudió en los años 70 a niños que habían sufrido el mismo evento traumático en la escuela. Describió las consecuencias de este trauma refiriendo la monotonía de los juegos, además de presentar ciertas dificultades y cambios en el desarrollo de la personalidad.

Con la monotonía en el juego o la repetición se busca aliviar la tensión del trauma. Así, el juego postraumático se caracteriza por ser un juego monótono que busca cumplir un deseo interno, que bien puede ser buscar una vía para soportar el miedo o bien, el deseo de cambiar el final por uno feliz. En la repetición del juego, el juego no libera ansiedad, al contrario, puede llegar a crear más tensión o sentimiento de indefensión, porque independientemente de los caminos que tome el niño en el juego, el final siempre es el mismo. Debido a que el trauma exige cambio y creación de alternativas, el juego no sólo perdura sino que aumenta la creatividad. Ésta surge en el momento en el que tras el juego repetitivo el niño logra deshacer la experiencia, modificando las respuestas que dan los personajes del juego e incluso creando nuevas soluciones y así se logra el alivio.

A través de la narrativa, uno construye formas de representar el mundo que lo hacen más comprensible. El poder entender, percibir el mundo como coherente proporciona seguridad. Y esto mismo puede suceder cuando narramos las heridas. Reconstruir un recuerdo provoca cambios en nuestro discurso, en cómo lo narramos y por tanto en la emoción, de manera que en la expresión del mundo íntimo encontramos una vía para mejorar el control emocional. En el caso de los niños que emplean la narrativa como medio sanador, éstos no obtienen el resultado reparador que esperan porque el grado de comprensión, abstracción y creación de significado a través de la narrativa es mucho menor que el de los jóvenes o adultos.

Un claro ejemplo de las dificultades que presenta la narrativa en los niños se refleja en los denominados “niños adultistas”. Ante el daño que le puede provocar un adulto con el que mantiene una relación afectiva, como un profesor o los propios padres, el niño se ampara en un discurso de tipo: “pobre, no sabe controlarse”, “me da pena”, “no sabe hacerlo mejor”.

Este comportamiento adulto puede verse como un intento por evitar enfrentarse a una realidad mucho más dura, pero exige una capacidad de control excesivo. Además, la narrativa del niño busca encontrar una forma de ser amable con el adulto no para lograr su amor, sino para liberarse y no depender del amor de los otros. Por lo tanto, con esta vía el pequeño no logra reparar el vínculo sino afianzar un patrón de relación más bien evitativo o distante ante otras posibles relaciones afectivas.

Cuando se habla de trauma durante la infancia, la primera cuestión que suele venirnos a la cabeza es el papel de los padres, ¡¿pero cómo no se dan cuenta?!

Por regla general, los padres suponen para el niños un refugio seguro en aquellos momentos en los que sufre algún malestar. Los padres ofrecen protección, consuelan y organizan los sentimientos del pequeño y el niño se apoya en los padres para explorar porque tiene la certeza de que éstos lo cuidan en la distancia. Pero lo cierto es que sólo un tercio de la población tiene la suerte de contar con este nivel de seguridad hacia los padres.

Lo más común es encontrarnos con jóvenes que sufren de grandes carencias afectivas bien porque se encuentran en una situación en la que la familia se encuentra en riesgo de exclusión social o en una familia que en búsqueda de éxito, no ofrece seguridad a los hijos al no ocupar el lugar que le corresponde en la vida del niño. En ambas situaciones lo que se produce es una baja disponibilidad física y/o emocional de los padres, de manera que el niño no puede contar con este refugio seguro en el que ampararse. Un caso extremo sería el aislamiento sensorial, en la que se da una privación afectiva tal que el niño se muestra hipersensible a cualquier estimulación y con más intensidad si es de tipo afectivo. En estos casos el niño no sufre por dolor ni pérdida sino que vive la indiferencia, un abandono de tipo emocional que produce un embotamiento de sus percepciones bien por no existir una figura afectiva destacada o bien porque las vivencias de uno no tienen significado; en ambos casos el resultado es la creación de un mundo bastante borroso y desestructurado.

Retomando el ejemplo de los niños adultistas, si nos encontramos en una familia en la que los padres no muestran empatía por el niño, puede que éste llegue incluso a responsabilizarse de la situación actual de los padres. Así, cuando uno juega a ser adulto, o cuando se siente mayor crea una imagen de sí mismo como “bueno” al hacer felices a otros, ser fuerte, no dar problemas, pero también generoso al cuidar de algún miembro de la familia u ofrecer su apoyo a los adultos de la casa.

 

La superación del trauma a través de la creatividad: un gran paso hacia la resiliencia

Los temas del trauma son difíciles de expresar, por eso en el arte, en el crear, encontramos a grandes genios que a lo largo de sus vidas han sufrido uno o diversos traumas.

La imaginación libera a uno del contexto, soñando volamos y nos protegemos, nos distanciamos de nuestra situación. La imaginación también nos ayuda a fantasear con el ideal de nosotros mismos y por tanto puede darnos pistas de hacia donde dirigirnos para parecernos cada vez un poco más a esa idea.

El crear implica expresión y ésta se puede compartir con otros  mejorando las relaciones de tipo afectivo. En el contexto social y cultural en el que vivimos, a los niños se les facilita el que se vinculen con otros niños aunque sea en instituciones como el colegio, precisamente porque en el juego, en el intercambio creativo, los niños aprenden a vincularse a otros niños que serán figuras reparadoras en muchas ocasiones, y por tanto podrán aprender entre otras cosas, formas de amor alternativas o diferentes a las que viven con sus familias.

La creatividad según Sternberg es un fenómeno multifacético, es crear y construir desde el pensamiento divergente. La búsqueda de uno mismo a través del arte tiene como esencia considerar a la expresión artística como el instrumento sobre el cual uno se conoce a sí mismo. Esta concepción se ha dado desde el Renacimiento, donde el artista intelectual, reflexivo y misántropo, se aislaba del mundo para poder escucharse. Pero el arte no sólo es síntoma, sino también catarsis, y esta concepción se afianzó en el Romanticismo en el que los artistas buscaban el experimentar las emociones desde diferentes experiencias como a través de la soledad, el riesgo, las drogas, etc.

La creatividad calma como el soñar y construye, crea un imaginario que se puede compartir y este es el comienzo de la resiliencia, porque en la construcción, en el compartir con otros, se crean nuevos significados y experiencias que ayudarán a dar coherencia al entorno. Así, la persona resiliente no se olvida del evento traumático, no lo edulcora ni lo niega, sino todo lo contrario, la persona más allá de escapar de él, convive con esta memoria como con tantas otras, la tiene presente porque explica muchas de sus actitudes o comportamientos e incluso la explota a través del arte, siendo capaz de comunicar estados emocionales con gran maestría.

Según autores como Terr, Cyrulnik, Baradon o Herman, los factores de la resiliencia son el logro de la seguridad afectiva y de la responsabilización en crear un proyecto de vida. Alcanzar la resiliencia implica en las personas que lo han logrado un previo proceso de trabajo y movilización hacia una “mejor versión de uno mismo”, crear relaciones afectivas y lograr formas nuevas de expresar su mundo interior, construyendo desde la coherencia.

En todo este proceso de aprendizaje, la creatividad juega un papel muy importante por lo que se podría afirmar que el origen de la resiliencia se encuentra en el imaginario.

solleirosaray@gmail.com

Soy psicóloga clínica de orientación cognitivo - conductual y humanista fundamentada en el desarrollo de la persona y en la construcción de su psiquismo. Actualmente trabajo con adultos, jóvenes y niños.

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