Un cuento pequeño: El mar

 

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre

¡Ayúdame a mirar!”

 

el Mar

 

Acompañar en la mirada

Este cuento de Eduardo Galeano, siempre fue mi guía en el ámbito de mi profesión. Cuando empecé a trabajar con adolescentes, hace casi 20 años, no tenía idea de la inmensidad que oculta el ser humano. No era consciente de nuestro propio poder. No era capaz de ver ni mi propia esencia. Ni de conectar conmigo. Ni de escuchar mis necesidades y arriesgarme a ser feliz. Me rodeaba de gente muy experimentada, cuya función era decirle al usuario (ya con esa forma de ver a los/as chicos/as tuve varios choques) cómo debía hacer las cosas para tener una vida más plena. Mis compañeros/as de trabajo se convertían así en “semi dioses”, divinidades sagradas capaces de saber qué era lo mejor para tal o cual persona con sólo observar ciertas conductas puntuales, convirtiéndose así en maestros/as de vida. Pero ese sistema, tenía un gran fallo: nunca tenía en cuenta a la persona. En ninguna de las entrevistas iniciales que presencié, se preguntaban cosas tan esenciales como “¿qué quieres lograr en la vida?” o “¿sabes todo lo que puedes dar a este mundo?”. Así que, me formé profesionalmente en lugares impersonales, donde lo último que importaba era el protagonista principal de la historia.

En un momento dado (hacia el año 2004), llegué a un lugar que fue como encontrar una isla en medio de un mar de prejuicios y salvadores/as. Un sitio único.  En este lugar, los/as adolescentes eran los/as protagonistas. Y yo, como profesional, iba acompañando en el camino. No resolvía SUS dificultades… no juzgaba SUS deseos y sueños… no interfería en SUS decisiones. Se trabajaba en equipo para poder desarrollar todas las potencialidades existentes, poder sacar de dentro lo mejor que teníamos cada uno/a.  En ese lugar, me di cuenta de que mi trabajo, mi misión en esta vida, en este plano, era acompañar para que ellos/as fueran capaces de MIRAR. De mirarSE.

Cuando conocí a E., él estaba tumbado en un sofá en el despacho del director del Instituto donde trabajaba con un ataque de ansiedad. E. era un chico de 17 años, alto, desgarbado, con una energía muy particular. E inteligente. Muy inteligente. E. tenía una historia familiar desgarradora. Una familia desestructurada que se dice en el argot educativo. Todos los profesionales se habían centrado en abordar esa situación familiar. Pero a E., nunca nadie le preguntaba nada. Él no existía en esta historia. A él nadie le miraba. Y lo peor, es que él tampoco se veía.

Entré en el despacho a recoger unos documentos y allí me lo encontré. Nos miramos durante unos segundos, y en sus ojos pude ver una luz templada, sostenida. Potente.  Así que me senté a su lado y le pregunté qué hacía allí. E. me contó su historia, sin entrar en la esencia, sólo rasgando la superficie. Supe que tenía que acompañarlo, y él me eligió a mí para emprender el viaje. Teníamos que conseguir subir juntos esas cumbres de arena, para que al fin, ambos pudiéramos ver el mar ante nuestros ojos. Entendí entonces, en lo más profundo de mi corazón, que acompañar a E. en este viaje iba a suponer tocar mi propia herida, y acompañarme a mí misma hasta la cima, para ver mi propio mar estallando ante mis ojos.

Trabajé con E. durante siete meses. En nuestros momentos de encuentro, conversábamos sobre la vida, sobre los sueños, sobre las heridas, el odio, el dolor… el amor y la muerte. Aprendimos cómo los humanos se niegan a verse, a mirarse. Se niegan el derecho a SER y a ESTAR en el mundo. Se esconden en juegos oscuros, en estrategias retorcidas, movidos por el miedo. Porque este mundo, a veces no nos deja ser. Porque no importamos. Porque creer en el poder, en el mar interior de los humanos, ya no es esencial. Sentir da miedo y se juzga. Poner luz en las zonas oscuras da miedo. Y el mundo (y nosotros/as) nos facilita mirar hacia otro lado.

Caminar sobre la superficie quebradiza de nuestra alma, sintiendo un falso control. El miedo es poderoso.

Transitamos por nuestras sombras, y una mañana conseguimos divisar el mar. Fue un camino lleno de peligros, trampas, muros. Y mucho miedo. Ser consciente de como su historia familiar, sus emociones negadas, su excesiva autoexigencia, había ido haciendo mella en su YO más puro, fue muy complicado de sostener para E. Pero ambos, ante cualquier dificultad, nos mirábamos, nos dábamos la mano, y reemprendíamos el camino.

Cuando E. terminó el curso, ya había más luz en él como para acercarse a ver quién era (si es que alguna vez lo sabemos al 100%). Pero él estaba dispuesto a arriesgarse por conseguir mantenerse en su camino, en su “leyenda personal” como él lo llamaba. El último día que lo vi, nos dimos un abrazo intenso, precioso. Nos agradecimos mutuamente el habernos encontrado. Nos prometimos seguir compartiendo momentos, donde poder reírnos de nosotros mismos de la manía neurótica que tenemos de boicotearnos. “Al final – me decía- somos nuestros verdaderos enemigos. Los únicos. ¿Por qué no nos dejamos ser quiénes somos y nos empeñamos en mentirnos? ¿Así son los adultos?” “Por eso yo nunca quise crecer – le dije- Pero tú también me has ayudado a mirar mi mar”

El último día que nos vimos, me hizo un regalo. E, me regaló un texto escrito en una hoja de cuadros de su cuaderno de matemáticas con su letra apretujada y nerviosa.

Tú me ayudaste a mirar. Yo te quiero ayudar a seguir brillando – me dijo

Cuando nos despedimos, leí. Y lloré. Porque ese texto, escondía otra prueba necesaria para seguir en nuestros caminos. El SER como clave. El SER como necesidad vital. Desde una nueva perspectiva. Responsabilizándonos de nosotros/as.

¿Se pregunta el Sol “soy bueno, valgo la pena, doy lo suficiente de mí?” No. Arde y brilla.

¿Se pregunta el Sol “¿qué piensa de mí la Luna, cómo se siente Marte por mí hoy?”. No. Arde y brilla.

¿Se pregunta el Sol, “soy tan grande como otros soles en otras galaxias?”. No. Arde y brilla.

 

Ardamos y brillemos

Con nuestra luz interior, esa que paso a paso vamos desempolvando. Porque al final, es más sencillo no querer ver, menos doloroso. Pero, haciendo referencia a un gran maestro, Mariano Castillo, el dolor puede ser utilizado como portal hacia algo increíble. Cuando transitamos en el dolor, somos capaces de reconocernos sin filtros. Si nos reconocemos, somos capaces de vernos y mirarnos a los ojos. Y ya no es fácil mentirnos. Ya no hay sitio donde esconderse. Así que, solo nos queda lanzarnos a escalar las cumbres. Y arder y brillar.

 


arancha.lorenzo@gmail.com

Colaboradora en Psiquentelequia. Educadora Social con jóvenes en riesgo de exclusión social. Estudiante de Terapia Gestalt.

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