Encuentros con el miedo – capítulo primero

Vivimos en un momento de la historia donde prácticamente parece una exigencia no sentir miedo. Los medios de comunicación nos transmiten incesantemente comunicaciones contradictorias. Por un lado, mensajes atemorizantes, violentos, que activan nuestro mecanismo de defensa y nos mantiene en alerta. Por otro nos muestran superhombres y supermujeres valientes, héroes y heroínas que no temen a nada. La publicidad se encarga de hacernos consumidores de fórmulas atractivas para no detenernos en el miedo o sencillamente para obviarlo y no sentirlo.

En otras ocasiones, tenemos miedo a no ser capaces de arreglárnoslas en el mundo, de no poder salir adelante por una falta de capacidad y habilidades. Otras, entramos en pánico ante una situación nueva en la vida, sobresaltándonos y tambaleándonos ante los cambios ya sean laborales o personales. 

 

La sociedad del hacer insaciable

 

Y desde este punto de vista, aquel que siente miedo, es un “cobarde”, para el que el aburrimiento está prohibido. Hay que evitarlo porque cuando comenzamos a sentirnos aburridos, nos angustiamos (señal de que nos estamos acercando a nuestro miedo). Pero preferimos continuar en el hacer insaciable para no conectar con lo que realmente nos ocurre.

Son innumerables las estrategias que usamos para apartar el miedo de nuestros pensamientos. Hay quien hace yoga, sale a correr, baja a tomarse una cerveza, toma tranquilizantes, sale de compras, comer hasta la saciedad, ver series infinitas, etc.

Si bien es cierto que algunas de estas fórmulas pueden funcionan, al menos de manera momentánea, ¿qué grado de conciencia tenemos realmente de estas acciones? y sobre todo, ¿están siendo una solución real y consciente a lo que siento y necesito o están actuando de manera superficial, a modo de tapadera?

 

Amar y respetar nuestro miedo como a nosotros mismos

 

Ocultar el miedo es congelar una de las emociones más básicas, perdiéndonos la oportunidad de aprender y crecer con ella como si de una relación de pareja se tratase. Yendo más allá, es necesario amar y respetar nuestro miedo si queremos amarnos y respetarnos a nosotros mismos. Es importante conocerlo, escucharlo, dar un primer paseo por el parque, entrar en amistad, tener una buena conversación con él y sobre todo, darnos el permiso de sentirlo y aceptarlo sin juicio. 

Todas las emociones tienen una intención positiva en nosotros, incluso las llamadas negativas como son el miedo, el asco, la tristeza y la rabia. Además, éstas son indicadoras de nuestros procesos de cambio y transformación. Entonces, ¿para qué necesito ocultarlo?. ¿Qué hay específicamente detrás de él?. 

Darnos el espacio y el tiempo para reconocer nuestro miedo, nuestras dudas e incertidumbres, es el comienzo para empezar a atravesarlo. Además, tenemos la capacidad y el poder de decisión para tener una relación más íntima con esta emoción de una manera más consciente, integrándola y poniéndola a nuestro favor, dándole el lugar que nosotros queremos que ocupe en nuestra vida. 

En este sentido, quizás podéis preguntaros, ¿cuál es el plan de acción que tengo que emprender para superarlo?, ¿Cuál es la receta?. Si os soy sinceros, yo aún no la he encontrado y dudo mucho que exista una marmita con la pócima mágica. 

 

Mi experiencia personal con el miedo

 

Como yo lo veo y como lo voy experimentando, es un trabajo de fondo que comienza por no hacer nada. Aparcar los planes de acción y comenzar a observarme y escucharme. El miedo anida en nuestra mente y en nuestro cuerpo, por tanto, para comenzar a explorarlo, podríamos hacernos algunas cuestiones como:

  • ¿En qué parte de mi cuerpo siento el miedo?
  • ¿Qué espacio ocupa en mi cuerpo?
  • ¿Qué pensamiento me viene a la mente cuando tengo miedo?

 

Relación del miedo con la exigencia y la excelencia

 

 

El miedo es una emoción íntimamente ligada a la exigencia. Cuando nos dejamos arrastrar por él, nos volvemos desconfiados, dubitativos, controladores, reaccionamos ante la mínima sospecha, intentamos controlar la situación o incluso nos paralizamos. Vemos los errores como una fuente de fracaso, nos negamos a recibir feedback y en nuestro entorno se genera una energía hostil. 

Qué distinto es ver la vida desde la excelencia. Cuando nos transparentamos con nosotros mismos, con lo que hay, con lo que sentimos, emprendemos el camino de la confianza. Encontramos aprendizaje en cada error, buscamos la mejora continua, escuchamos al otro, somos proactivos, innovadores, agradecemos y y nos alegramos de estar vivos cada día, generando un clima positivo y en paz.

 

La senda del guerrero

 

Hace unos años, mi amigo Juan me regaló Shambhala, un libro bellísimo que me encantó. El autor, Chógyam Trungpa, nos habla sobre la senda del guerrero o el camino de la valentía, como un sendero abierto a todo ser humano que procure una existencia auténtica que transcienda el miedo. Un guerrero no solo de mente, sino también de corazón.

Esta última parte, la del corazón, por lo general la solemos tener menos explorada. Es la parte “blandita” y que nos hace conectar con nosotros mismos. Suele pasar que cuando conectamos con él, a través de una meditación o simplemente estando presentes, descubrimos que este corazón está vacío y mirando hacia fuera. Es un corazón adormecido.

Si comenzamos a explorarlo y metemos la mano dentro de nuestro pecho, encontraremos algo blando, tierno, sensible y muy probablemente, encontraremos tristeza dentro. No tiene por qué ser a algo particular, puede ser una tristeza generalizada, muy en el fondo, a lo lejos, está ahí y también nuestro miedo a sentirla y a encontrar nada, simplemente vacío interior 

 

El  verdadero guerrero atraviesa la tristeza

 

Pero si no somos capaces de sentir esa tristeza, la valentía que podamos experimentar, será frágil como una cáscara de nuez. Hay que ser un verdadero guerrero para atravesar esa tristeza. Uno de los primeros pasos de ese guerrero, es conectar con su propia vulnerabilidad, provocada al verse con el corazón al descubierto. Dejándose tocar por otros, mostrando su miedo y también su tristeza. Siendo y sintiendo quién es. Dejando de hacer para comenzar a ser. Es ahí cuando podemos ver nuestra excelencia más genuina. Distinguiendo entre lo que hacemos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser. 

 

Reconocer el miedo no es causa de depresión ni de desánimo. Porque poseemos el miedo tenemos también, potencialmente, derecho a la vivencia de la intrepidez. La verdadera intrepidez no consiste en reducir el miedo, sino en transcenderlo. Shambhala, la senda sagrada del guerrero. Chógyam Trungpa.

 

La valentía comienza por reconocer el miedo y transcenderlo

 

Por tanto, la valentía comienza por reconocer ese miedo y transcenderlo. No solamente desde un plano mental que nos ayude a entenderlo, sino también desde el corazón, desde la ternura y la aceptación de nuestra realidad.

Trabajar la intrepidez es trabajar con la vulnerabilidad humana, con nuestros corazones. Todo guerrero tiene detrás un corazón tierno y vulnerable a su servicio y al de la humanidad. La verdadera valentía, el arrojo para traspasar ese miedo, viene de la mano esa ternura, de estar dispuestos a abrirnos, sin resistencia ni timidez a afrontar el mundo y a compartir nuestro corazón. Igual que cuando declaramos nuestro amor en pareja.

 

El miedo como compañero de viaje

 

 

Recuerdo con mucho cariño las palabras de uno de mis maestros, Gerardo Ortiz, Psicólogo y Terapeuta Gestalt, mexicano, discípulo de Claudio Naranjo, con muchísima experiencia llevando grupos. Nos contaba en uno de sus talleres a los que asistí durante una estancia en Chile, que a pesar de llevar muchos años viajando e impartiendo talleres por el mundo, seguía sintiendo miedo. Meras especulaciones de lo que iba a encontrarse y lo que pensarían sobre él.

Su receta era bien sencilla. Dentro de su maleta, siempre dejaba un hueco libre para meter una cajita con su miedo y con él, viajaba siempre. Escuchar este comentario, me sirvió enormemente para darme cuenta de que había estado negando mucho tiempo mi propio miedo y que esa negación me había convertido en una persona que realmente no era ni estaba disponible ni para mí ni para los demás. 

 

La aceptación como camino de transformación

 

 

Aceptar el miedo a ser y a vivir está siendo mi camino de transformación. Respetando que es parte de mi ser y de que juntos, desde el encuentro, podemos llegar mucho más lejos que desde la pelea y la evitación. Desde este reconocimiento, puedo construir mi realidad acorde con lo que soy y con lo que quiero llegar a ser.

Os dejo con unas palabras del libro Shambhala que espero os inspiren tanto como a mi. 

La clave del camino del guerrero es no tener miedo a ser quienes somos. Esto es en última instancia la definición de valentía. No tenerse miedo a sí mismo

Esa mentalidad de temor

ha de ser puesta en la cuna de la benevolencia

y amamantada con la leche profunda y brillante de la inmutabilidad eterna.

En la sombra fresca de la intrepidez,

abanicadla con el abanico de felicidad y gozo.

A medida que vaya creciendo, 

con diversos despliegues de fenómenos,

conducidla al patio de recreo auto existente.

Cuando sea mayor,

para impulsar la confianza primordial,

llevadla al campo de tiro al arco de los guerreros.

Cuando sea aún mayor, 

para despertar la naturaleza de sí primordial, 

dejadle ver la sociedad de los hombres

que posee belleza y dignidad.

Entonces esa mente temerosa

podrá convertirse en la mente del guerrero,

y esa confianza eternamente juvenil

extenderse por el espacio sin principio ni fin.

En ese momento, verá el Sol del Gran Este.

 

Referencias bibliográficas:

  • Shambhala, La senda sagrada del guerrero. Chögyam Trungpa. Kairós. Edición 11.
  • No es lo mismo. Silvia Guarnieri y Miriam Ortiz de Zárate. LID editorial. Edición 5.
  • 27 personajes en busca del ser. Claudio Naranjo. Ediciones La Llave. Edición 6.
  • Terapia Gestalt. La vía del vacío fértil. Francisco Peñarrubia. Alianza Editorial. Edición 2.

 

lola.ruano@gmail.com

Executive, live and deep coach. PNL. Gestalt. Mi manera de acompañar procesos se basa en aceptar el pasado, para poder construir un nuevo futuro y presente, siendo honestos con nuestro aquí y ahora y sobre todo, confiando en nuestra propia autorregulación y la del proceso.

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