Equidad doméstica en una terapia de pareja

Hablemos de equidad.

Ser mujer y terapeuta de pareja no tendría porqué resultar una dificultad a la hora desarrollar la labor profesional, pero a veces si resulta un hándicap. Sobre todo cuando en consulta hay que abordar uno de los temas principales en los que las parejas piden asesoramiento. Estoy refiriéndome al famoso y trillado tema: reparto de las tareas domésticas.

Por muy manido y revisado que resulte el asunto, en esta ocasión me gustaría comentaros la responsabilidad que los y las terapeutas de pareja tenemos en el abordaje de este área cuando nos piden ayuda, si queremos ofrecer un contexto de intervención adecuado.

Antes de empezar, es necesario acudir al término equidad, por diferenciado y complementario al de igualdad.

Equidad, según la RAE es:

  1. f. Igualdad de ánimo. 2. f. Bondadosa templanza habitual. Propensión a dejarse guiar, o a fallar, por el sentimiento del deber o de la conciencia, más bien que por las prescripciones rigurosas de la justicia o por el texto terminante de la ley.3. f. Justicia natural, por oposición a la letra de la ley positiva.4. f. Moderación en el precio de las cosas, o en las condiciones de los contratos.15. f. Disposición del ánimo que mueve a dar a cada uno lo que merece.”

Así pues, desde la perspectiva de equidad de género, se deben tomar en cuenta las condiciones diferentes y desiguales de las que parten mujeres y hombres frente al tema a tratar y plantear opciones para que ambos puedan desarrollarse de igual forma con las mismas oportunidades.

Sería pues poco profesional, -como confieso me ocurrió en los inicios-, que el o la terapeuta reencuadrase este tipo de demandas pasando por alto el examen a fondo de los programas de feminización y masculinización que han aprendido cada uno de los miembros de la pareja en el terreno del reparto de las tareas domésticas.

 

etica

 

Examinar los factores relacionados con el género en un proceso terapéutico significa, en  palabras de la famosa psicóloga de Peggy Pag:

“prestarle especial atención al sistema personal, familiar, y socio político de cada quien. Revisando los hábitos y creencias implícitas tomadas como “verdades normalizadas” afianzadas por la tradición y mantenidas por el condicionamiento de género”.  

En este sentido, no basta con sugerirle a la pareja que elabore  un cuadro semanal donde pueda escribir el reparto de tareas asignadas a cada uno, ni mucho menos aún decirle a ella (o rol feminizado, en el caso de parejas no hetero), que si quiere que su pareja le ayude, deje que lo haga a su modo.

Este tipo de intervenciones descontextualizadas, sólo pueden efectuar pequeñas adaptaciones o cambios de conducta a corto plazo, pero no transforman la base de las actitudes y conceptos de identidad de género asociados y que mantienen de manera importante el sistema de desigualdad entre ambos.

Programas asumidos por el condicionamiento de género

Veamos un ejemplo de un proceso de feminización y masculinización con un caso práctico de una pareja heterosexual sin hijos/as:

Vanesa (nombre no real): – “¡Siempre tengo que estar rogándole! Me pone enferma. Parece que lo hace por mí. Yo también trabajo fuera y cumplo con mis obligaciones. Tengo que estar revisando siempre sus tareas, cargándome más o volviéndolas a hacer. Y si encima no se lo pido, puedo encontrarme con que no están hechas y me tengo que enfadar. Esto no es igualdad, somos una familia con dos trabajos.”

Eduardo (nombre no real): – “Cuando trato de ayudarle, siempre está detrás mía. Ya tengo un jefe en el trabajo, no puede estar ordenándome lo que es cosa suya. Nunca te gusta como hago las cosas y te pones como una fiera histérica cada vez que toca el día de limpieza.”

Como podemos observar, más allá de lo que a simple vista podría ser un posible reajuste a la hora de pedir las cosas o un ajuste de normas, se trata de algo más: la percepción de satisfacción de la pareja está asociada a la desigualdad de poder y a la inequidad.

Según el psicólogo y especialista en parejas Aaron T. Beck, el término “dos trabajos” no sería del todo correcto, ya que se trata de tres trabajos: dos de los trabajos son remunerados e individuales (no suponen conflicto) y otro de ellos es no  remunerado y  que debe ser común (supone conflicto).

Así vemos en este caso ejemplificado de Vanesa y Eduardo, cómo la erosión de la pareja en esta área se debe en parte, al choque de los dos mapas del mundo interno que han sido fruto de la programación de género.

Es posible que leyendo esto haya muchos miembros de parejas heterosexuales que no se sientan identificados, eso está bien. Cuantas más excepciones haya mucho mejor para conseguir la igualdad. Pero recordemos que las individualidades no amenazan las estadísticas y los programas de género hablan por sí solos cuando evidencian que el reparto igualitario de tareas sólo se alcanza cuando la mujer trabaja y el hombre está desempleado. Aunque si es el caso contrario, las mujeres suelen encargarse de más de un 97% del trabajo.

Parte de esta programación está el considerar  el cuidado de los hijos como trabajo reproductivo y no como trabajo productivo, por lo tanto no se incluye en el cómputo -como ocurre con las tareas domésticas- en el total de horas trabajadas.  Sin embargo, estas actitivades no sólo son un trabajo que conlleva muchas horas y cansancio sino que además resta horas de ocio individual, debiendo ser consideradas como parte del reparto equitativo y en su defecto, un trabajo “por cuenta propia” con una factura como la que ofrece la web todo no incluido.

 

educación genero

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Mapas del mundo interno

Veamos ahora la forma en la que los protagonistas de nuestro ejemplo intentaron solucionar el problema, yendo por partes -como dijo Jack El Destripador-

Por un lado Vanesa que ha sido condicionada como mujer para sentir que no tiene derecho a pedir lo que es justo y necesario de una manera firme pero asertiva.  Al tiempo  que sus creencias inconscientes asocian el pedirlo como un acto egoísta  dificultándole la capacidad de negociar desde una posición de fortaleza y autoconfianza. Ella también está con un pie entre la educación patriarcal y el cambio, con sentimientos de culpa por “tener que pedir ayuda”.

En su defecto, desarrolla métodos encubiertos e indirectos de comunicar y expresar sus necesidades; tales como ironizar, ponerse a la defensiva, hipervigilar, criticar o reprochar. Todos ellos sin resultado.

Ante esa comunicación encubierta, el hombre (o rol masculinizado)  le etiqueta de manipuladora, obsesiva de la limpieza e inestable emocional.

Por su parte Eduardo, que ha sido condicionado como hombre para sentirse sensiblemente cuestionado con “dar la talla” ante cualquier acción que se asemeje a una posible dominación por parte de la mujer, ve afectada su autonomía y  autoimagen, al interpretar el acto igualitario del reparto de tareas como expresión de subordinación o como un acto de generosidad genuino.  Al mismo tiempo su programación como solucionador de problemas se ve amenzada ante la crítica y la desvalorización de lo que él entiende como ayuda generosa por su parte.

Ante ello, la mujer (o rol femenizado) lo etiqueta como egoísta, pasivo, insensible, machista.

 ¿Qué necesitamos cambiar?

Revisión de la identidad de género:

– En el caso de ellas-o rol femeninizado-, es importante ayudarles  a buscar formas más eficaces de situarse en una posición de igualdad desde la firmeza asertiva y negociadora sin caer en la reacción esporádica pero sin resultados duraderos.

Si nosotras mismas no creemos en el derecho propio de negociar la normalización de una corresponsabilidad, si creemos que la hipervigilancia, los gritos a destiempo y la exigencia son los mejores modos de conseguir la tan ansiada equidad, entonces, es que estamos repitiendo los mismos patrones de dominación que detestamos, pero a la inversa.

El objetivo primordial es no caer en dos de las principales posiciones especialmente nocivas para las relaciones de pareja: la sumisión o la dominación y así no contribuir con estos patrones al mantenimiento y perpetuación de las desigualdades en la lucha por el poder.

– En el caso de ellos – o rol masculinizado-, es clave que desde una posición de apertura y no de actitud defensiva o evasiva, puedan hacer ellos mismos autocrítica y cuestionarse el valor de la corresponsabilidad en el trabajo doméstico como un ámbito más en el que describir y expandir su identidad.  Integrar la corresponsabilidad en la pareja no se trata de un añadir un rol complementario, sino de asumir un rol que les correponde.

Reparto equitativo: compartir es más que ayudar

– Según las recomendaciones de muchos estudiosos en el tema de la terapia de pareja desde la perspectiva de género, tal reparto de trabajo tiene que tener en cuenta cuatro aspectos básicos:

  1. la dificultad, 2. el tiempo necesario, 3. el desgaste que suponga 4. periocidad

Esta clasificación está hecha con el fin de que el número de tareas no sea la única variable a tener en cuenta, sino también el desgaste físico-emocional y el tiempo empleado.

Hacer el reparto por responsabilidades y no por tareas.

Ejemplo: si vamos a coger una responsabilidad como es la comida que conlleva muchas tareas subyacentes (planificar la comida, ir a la compra, preparar la receta y vigilar la comida) y además es diaria tendremos que equiparla con otra tarea similiar y no por ejemplo con limpiar el baño que es algo semanal y con menos tareas desglosadas.

El hacerlo de este modo y no por tareas facilita también que tengamos que depender de la pareja para elaborarla (ej: si yo me encargo de la comida pero tú de hacer la compra estoy a expensas de ti).

– La remuneración económica de cada miembro no es tener en cuenta a la hora de hacer el cómputo del reparto. ¿Por qué? muy sencillo y sin entrar a hablar en la desigualdad de género que también se da en este área y que  nos darían para otro post, es por el simple hecho de que uno de los miembros gane más que el otro no hace que éste miembro esté más cansado ni que tenga menos horas de ocio. Si hay desigualdad económica, se tendrá que llegar a pactos a ese respecto en otras áreas si se quiere, pero nada tiene que ver con la distribución de tareas domésticas y los factores a tener en cuenta.


– Por último, se recomienda también que este reparto si se quiere pueda ajustarse con periocidades de tiempo en intervalos (semanal, trimestral y semestral) en lugar de hacerlo con un día concreto de limpieza (ej: los sábados). Esto ayuda en parte a que pueda adaptarse a los ritmos de épocas laborales más estresantes en uno de los miembros de la pareja.

Beneficios de la equidad doméstica

Si bien la lucha de la mujer por el acceso digno al panorama laboral ha dado algunos frutos, así como ha aumentado la conciencia de una parentalidad positiva, aún en una investigación publicada en 2009 por Alicia Moreno y Beatriz R. de la Vega, se afirmaba que:

“La distribución de roles, la desigualdad en el reparto de las tareas, y sobre todo el poco poder en la toma de decisiones, es uno de los aspecto más influyentes en el aumento sintomatología depresiva en la mujer dentro de una pareja”.

La participación conjunta en la toma de decisiones y en el reparto de  responsabilidades implica mayores niveles de equilibrio en la pareja , menor número de escalada de conflicto, aumento de refuerzos positivos hacia el otro y mayor tiempo libre individual y compartido.

ocio

 

Precisamente, explica el psicólogo Carl Rogers como la desaparición progresiva de  distribución rígida de roles, es uno de los elementos que contribuyen al éxito de una pareja:

 “Seguir ciegamente las expectativas de los propios padres, de una religión o cultura, equivale a condenar al desastre a una pareja en desarrollo. En las parejas que parecen más enriquecedoras y satisfactorias, los roles juegan un papel cada vez menor, hasta que acaban por desaparecer y volverse flexibles”.

Por último otro de los efectos positivos destacados, según el estudio realizado por el “Laboratorio del Amor”, del doctor John Gottman, (Univ. de Washington), es el aumento del deseo sexual.

Tal y como dice Gottman:

“interpretar esta equidad como un signo reciprocidad y atención hacia la pareja promueve  una mayor afectividad y atracción entre ellos, así como estimula el ambiente de tranquilidad para el encuentro íntimo entre ambos.”

Para reflexionar

Si como terapeutas queremos actuar desde un punto de vista ético y justo,  tenemos que revisar nuestras propias “mochilas”, es decir, cuestionar nuestro propio mito de la “neutralidad”.

Todo psicólogo y psicóloga tiene un contexto en el que se crió y un marco sociocultural-político en el que vive. De no trabajarse debidamente podremos caer en el autoengaño y esto se reflejará en los prejuicios, actitudes y valores con los que analizaremos e intervendremos sobre el caso.

No está de más, desde una coherencia moral y ética, hacer revisión de los mismos con el fin de no ser sujetos pasivos que fomentemos de manera, consciente o inconsciente, los valores de una cultura aún hoy día discriminatoria, que no les favorece a ellos ni a ellas.

Y mucho menos, a la pareja.

 

Fuentes:

  • Marianne Walters, Betty Carter; Peggy Pap & Olaga Silverstein La Red Invisible. Pautas vinculadas al género en relaciones familiares. Paidós. 1991
  • Moreno Fernández, A., Rodríguez Vega, B., Carrasco Galán, M.J. & Sánchez Hernández, J.J. (2009). Relación de pareja y sintomatología depresiva de la mujer: implicaciones clínicas desde una perspectiva de género. Apuntes de Psicología, 27.
  • http://www.observatoriogeneroyliderazgo.cl/index.php/las-noticias/2105-compartir-las-tareas-domicas-mejora-incluso-la-vida-sexual-de-la-pareja

 

frailemontemarialorenlay@gmail.com

Soy psicoterapeuta de orientación humanista, más concretamente de la rama sistémica. Trabajo principalmente con parejas desde este modelo, y en terapia individual desde el enfoque transpersonal.

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