Felicidad (no la de Facebook)

Así como hay una felicidad de Facebook, aquella que se plasma en imágenes con sonrisas veraniegas, daiquiri al borde de la piscina o posado espontáneo en la naturaleza, hay otras felicidades pero ¿de qué están hechas?

La materia que compone a la felicidad es inefable e inasible. Tiene tantos sinónimos como personas hay y tan pronto como recibimos su visita, la estamos despidiendo hasta la próxima entrega. Más que un estado emocional permanente, resulta ser tan fugaz como el tiempo mismo o como el resto de las emociones que se nos escurren entre los dedos. Sin embargo, el mandato de ser felices pesa sobre nosotros porque estamos inmersos en una cultura que coloca a la felicidad en lo más alto y a la infelicidad en el saco de lo negativo y lo negado. Aquello ante lo cual hay que poner un remedio y mejor que sea cuanto antes porque la vida es corta pero puede hacerse larga mientras dura la infelicidad.

Con “felicidad” queremos ponerle nombre a muchas cosas que nos producen placer, alegría, satisfacción, orgullo y está claro decir de alguien que es un infeliz es insultarle.

Queremos alcanzar la felicidad, queremos que nuestros niños sean felices y deseamos  feliz cumpleaños, feliz año nuevo y muchas felicidades.

El político quiere ver a su pueblo feliz. El futbolista espera que la afición esté feliz por el triunfo del equipo. El publicista nos asegura que montados en ese bólido sabremos lo que es la felicidad. La felicidad de las pequeñas cosas, la felicidad de las grandes proezas, la cajita feliz del Mc Donald´s. Por doquier, a diestra y siniestra: la F-E-L-I-C-I-D-A-D.

La felicidad representada

Cuando Shakespeare dijo “el mundo es un escenario, y simples comediantes los hombres y mujeres”, quizá no sospechaba hasta qué punto se volvería esencial para todos nosotros representarnos como seres felices, dichosos, bienaventurados. ¿Y qué mejor plataforma para nuestra comedia que las redes sociales?

Me impresionó mucho constatar como mi amiga a la que se podía ver exultante, pletórica, en una foto de Instagram compartida a primera hora del día en su muro de Facebook, estaba en realidad sumida en una fuerte depresión cuando hablamos en la tarde por teléfono. ¿Qué desgracia había tenido lugar aquel mediodía? Ninguna. Simplemente se trataba de una operación de simulacro capaz de difundir una imagen positiva: la de su felicidad #sinfiltro#plena.

Los Padres Fundadores de la patria de la felicidad edificaron U.S.A. en torno a la idea de que la búsqueda de la felicidad era un derecho inalienable, al igual que la portación de armas. Hoy sabemos que la búsqueda de la felicidad de unos se impuso a la de otros por las armas y así fueron exterminados los habitantes autóctonos, esclavizados los negros y derrotados los mexicanos.

Ya en el siglo XX se rebajaron las expectativas y no se reconocía el derecho a la felicidad como tal pero sí se justificaba la intervención de un Estado que garantizaría el Bienestar. Entre medias, cada individuo tiene en uso de su libertad la posibilidad de ser feliz, de cumplir su particular sueño americano. Un tipo de sueño abonado por la industria del cine hollywoodense y reforzado en la actualidad por el capitalismo cool de Google, Amazon o Apple.

Del Norte nos ha llegado este capitalismo estético que focaliza en nuestras emociones y que nos promete una vida mejor rodeados de cosas supuestamente bellas que no necesitamos realmente. Integrados en el engranaje económico, nuestros estados de ánimo parecen ser motivo de mera representación.

Es la felicidad según Facebook, un decorado de cartón piedra en el que podemos mostrarnos sin ansiedad ni tristeza.

Produciendo constantemente imágenes que reflejan realidades fabricadas llegará el momento en que no sabremos qué es lo que sentimos más allá de lo que pretendemos hacerle creer a otros.

La felicidad añorada

Un hermano del poeta Antonio Machado, al morir éste en el sur de Francia, encontró en el bolsillo de su abrigo un papelito con el último verso que había escrito: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Hay un tiempo para la felicidad añorada y en mi caso es la infancia. Los recuerdos felices que yo tengo de esa época están atravesados por los rayos de sol a media tarde y una pelota tras las que corro con mi primo Manuel. ¿Estábamos en Zárate, en la quinta del tío en San Isidro, en la plaza de Walter? Sé que los recuerdos mienten un poco y que siempre hacemos trampas con el pasado, pero a éstas me aferro cuando la barca psíquica zozobra en el presente.

En las historias que me cuento de ese pasado “feliz” coexisten lo verdadero y lo fantástico. Lo verdadero es que yo era un niño bastante malhumorado, impaciente y despótico; lo fantástico que aun siendo así era también alegre, tranquilo y cariñoso: ¿cuál de los dos habrá sido más real?

Cuando cierro los ojos, vienen a mí paisajes de una niñez divertida, aburrida. El coche de mi padre resbalando sobre el barro. La sonrisa de mi abuela en 1986. Un campamento en la laguna de Navarro. Aquel almuerzo en el Club de Pescadores.

Mi vida no es feliz ni yo soy un tipo feliz, sobre todo si me comparo con la felicidad de algunos amigos del Facebook, pero sí creo haber experimentado algo que se parece mucho a la intensidad de estar vivo. Algunos instantes, algunas calles, algunas historias o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré.

Hay un tiempo para la felicidad añorada y es el futuro, pero sobre lo que no conocemos es mejor guardar silencio.

Para terminar, y como ya tengo cuarenta años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de ser feliz: 1) no crea en nadie que le diga que hay un arte para ser feliz; 2) nunca pretenda alcanzar la felicidad plena o permanente, tal cosa está vedada a los mortales; 3) si se ve con energía desbordante o experimentando una alegría inconmensurable, disfrútelo y no pierda el tiempo compartiéndolo en las redes sociales; 4) tenga en cuenta además que ya nadie se cree al pie de la letra lo que ve en las redes sociales; 5) piense en el punto 1 y no caiga en las redes de la literatura de autoayuda, ni es literatura ni le va a ayudar a encontrar la felicidad añorada.

saravia.gregorio@gmail.com

Profesor de Filosofía. Doctor en Estudios Avanzados en Derechos Humanos.

  • Maria jezabel pastor

    29/05/2017

    Gracias Goyo. Lo siento como verdad

    • Gregorio Saravia

      Gregorio Saravia

      31/05/2017

      Gracias María Jezabel, por lo compartido y lo sentido.

  • MVGD

    29/05/2017

    Atinadisimas observaciones, gracias Gregorio por dejarnos pensando.

    • Gregorio Saravia

      Gregorio Saravia

      31/05/2017

      Gracias a tí MVGD. Saludos

  • Javier Gallo

    29/05/2017

    Todos de alguna forma sospechamos lo que decís querido Gregorio, pero es reconfortante (?) y angustiante (?) leerlo con tanta claridad en tu columna. Gracias por sacarme está mañana el peso de ser feliz como si fuera un trabajo.
    Saludos cordiales estimado.

    • Gregorio Saravia

      Gregorio Saravia

      31/05/2017

      En esas estamos Javier Gallo, intentando quitarnos pesos y lastres de este tipo. Saludos!

  • Martín Otero

    25/06/2017

    Gracias Gregorio querido por otro interesante artículo de los que ya nos tienes acostumbrados a tus lectores. Especialmente relevante este último, dado su categórico nivel de realidad. Ciertamente, cuan necesario es concientizarnos al respecto, para eludir la diaria polución de mandatos y eslóganes acerca de la misión -que carga sobre nosotros- de ser felices y además sentirnos… realizados (¿?). Que alivio cuando comprendemos que, por lo pronto, vinimos a este mundo sencillamente a vivir.