¿Qué nos pasa a los hombres? Una historia de desconexión emocional

Te propongo algo. Puedes visitar la web de cualquier periódico on-line, y buscar noticias de sucesos. Seguramente, podrás encontrar la mano de uno o más hombres como responsables de los mismos. Por otro lado, si buscas estadísticas sobre suicidios, las relativas a 2014 en España señalan que se trata de la primera causa externa de muerte en varones, y que de todos los suicidios, más del 75% corresponde al género masculino. Recientemente, una de mis compañeras de blog hacía una reflexión sobre la masculinidad. Más allá de planteamientos culturales y morales sobre estos hechos, ¿qué nos impulsa a los hombres a actuar de esta forma? ¿Podría tener relación con nuestra clara dificultad para comprender, expresar y regular emociones?

 

 

Nuestro desarrollo emocional es diferente

En este mes de enero, ha salido publicado en la revista científica Infant Mental Health Journal un artículo del prestigioso psicólogo especializado en el estudio del apego Allan N. Schore acerca de la neurobiología del desarrollo en los niños varones. Schore hace una amplia exposición de la evidencia científica que pone de manifiesto que el desarrollo emocional, en cuanto a percepción, expresión y regulación de las emociones, es más lento en los varones, ya desde la etapa prenatal, dentro del útero. Esto se manifiesta en diferentes parámetros, como una mayor tendencia a que se produzcan partos prematuros en el caso de fetos masculinos, mayor probabilidad de sufrimiento fetal durante el parto, menor puntuación de Apgar en el momento del nacimiento, y a lo largo del primer año de vida, mayor labilidad emocional, con más irritabilidad, más episodios de pataletas y llanto, menor posibilidad de sonreír, en fin, mayor vulnerabilidad ante situaciones de estrés.

 

 

Parece que todo este desfase en el desarrollo emocional tiene unas bases biológicas muy claras, con diferentes velocidades de maduración entre sexos, y que se mantiene hasta la adolescencia. ¿Qué consecuencias tiene esta maduración más lenta?

 

“Niños en riesgo”

Schore emplea este término de forma frecuente en su artículo. Recoge datos que ya son reconocidos en el ámbito científico y profesional, y a los que se va dando explicación gracias a los avances en neurociencia. Las estadísticas llevan indicando desde hace años que los niños varones tienen mayor riesgo de padecer trastornos del desarrollo, como puede ser el caso del autismo. También presentan más frecuencia de trastorno de déficit de atención e hiperactividad, y al llegar a la adolescencia y etapa adulta temprana, afloran patologías psiquiátricas con rasgos más externalizantes, como la esquizofrenia, o los trastornos adictivos. También las conductas más agresivas a las que estamos acostumbrados en prácticamente todas las culturas y sociedades.

 

 

Para Schore, ese riesgo que padecen los niños varones desde antes de nacer puede comprenderse desde una perspectiva neuroendocrina, a partir de la influencia que tiene la testosterona sobre el desarrollo cerebral.

 

Testosterona, epigenética y desarrollo cerebral

Ha quedado claramente demostrado el enorme papel que tiene la testosterona en la potenciación de una red de circuitos cerebrales diferenciada entre hombres y mujeres. Se ha constatado la existencia de varios picos o niveles elevados de esta hormona en momentos concretos del desarrollo, tanto a nivel prenatal como en los primeros meses, y que dichos picos se produzcan de forma adecuada depende en gran medida de que exista un entorno relacional que lo permita. Es decir, existe una clara interacción entre lo ambiental y el desarrollo.

A nivel ambiental, se ha destacado como uno de los principales factores la calidad del cuidado recibido por el bebé. Un bebé varón necesita realmente de mucha sensibilidad para su cuidado, ya que tiene mayor tendencia a regular peor las situaciones de estrés al tener un cerebro menos maduro que el de una niña. Ese estrés puede determinar respuestas conductuales a largo plazo, como una menor capacidad de autorregulación emocional y menor tolerancia a la frustración, conductas más agresivas, etc. Se ha demostrado el enorme peso que tiene el trauma por separación, por ejemplo en los periodos de adaptación a entornos como guarderías y similares, o cómo condicionan a largo plazo los sucesos adversos que se producen en la primera infancia (malos tratos, abusos, hospitalizaciones prolongadas, etc).

 

 

Otro condicionante ambiental es la existencia de los denominados disruptores endocrinos. Se trata de sustancias que forman parte de productos que manejamos habitualmente, como ciertos tipos de plásticos, que simulan a nivel biológico el papel de ciertas hormonas y alteran los mecanismos habituales de acción de estas. Se ha descrito la feminización de ciertas especies animales derivadas de la contaminación ambiental por disruptores (uno de los más estudiados es el bisfenol A), y el bebé varón puede ser especialmente susceptible a estas sustancias en los periodos críticos de desarrollo cerebral coincidente con picos de testosterona.

Parece que el mecanismo que subyace la acción de todos estos condicionantes ambientales es de tipo epigenético, es decir, factores externos condicionan la activación o represión de ciertos genes que influirán posteriormente en el desarrollo, y dicho patrón de activación/represión puede transmitirse entre generaciones. No hay mutaciones genéticas tal cual se han considerado tradicionalmente, sino modificaciones reversibles en nuestro material genético, que de no variar las condiciones ambientales, se siguen transmitiendo como una forma de adaptación.

 

¿Cómo puede encajar la sociedad estos hallazgos?

La semana pasada compartí en redes sociales algunas reflexiones que se habían realizado en un blog sobre crianza acerca de este trabajo de Schore, especialmente las relacionadas con el cuidado materno en los primeros meses de vida. Una gran parte de la respuesta que recibí fue por parte de mujeres que entendían que esos resultados las culpabilizaban de ser “malas madres” y se negaban a aceptar que ellas fueran responsables de que sus hijos pudieran salir delincuentes. Lo unieron en algunos casos a una visión patriarcal, en cuanto a que la mujer debe seguir siendo quien se encargue principalmente de los cuidados del niño.

Comprendo que exista esa susceptibilidad, aunque mi reflexión era otra. Creo que la biología nos está dando evidencias de algo que intuitivamente podemos comprobar si nos abrimos a observar sin juicio la interacción entre un bebé y sus padres. El vínculo madre-bebé es diferente al del padre-bebé. Es cierto que al final prima la figura de un cuidador principal, pero creo que biológicamente, quien ha mantenido un vínculo incluso dentro de su propio cuerpo y en los primeros momentos de vida, es la madre. Más allá de cargar con más responsabilidades a la mujer, mi propuesta se refiere a que podamos facilitar cambios en nuestra forma de plantear la m/paternidad en la sociedad, dirigidos a protegerla de forma real, a incentivar los procesos de cuidado, y a que una madre pueda decidir de forma libre, no condicionada por aspectos laborales, hasta cuándo decide mantener una atención continuada y prolongada de su bebé antes de utilizar recursos como guarderías o escuelas infantiles.

Por desgracia, vivimos en una sociedad del tener, del hacer, más allá del ser y del sentir. Es cierto que está caracterizada por valores tradicionalmente asociados a lo masculino. Pero también es cierto que, si no cuidamos como especie a nuestros bebés, incluso desde antes de nacer, seguiremos perpetuando de una u otra forma esa huida del sentir, de reconocer nuestras emociones, de renunciar a la sensibilidad para seguir cayendo en la continua insatisfacción de vacíos emocionales que se sintieron ya desde nuestros comienzos.

 

Los círculos de hombres

Entre las mujeres, existe tradición de crear grupos de apoyo mutuo, círculos de mujeres en los que pueden compartir sus inquietudes, emociones, miedos, ilusiones, logros. El momento de la crianza es una oportunidad para conocer otras madres y potenciar un proceso de sociabilización que, ya desde un punto de vista biológico, viene facilitado por una mayor maduración cerebral en etapas tempranas de la vida. Pero, ¿cómo podemos abrirnos los hombres a un cambio en nuestra forma de estar en el mundo?

En los últimos años, y en gran parte impulsados por todo aquello que mueve la paternidad, han ido surgiendo en nuestro entorno diferentes grupos de hombres que sencillamente buscan compartir sus sentires, vulnerabilidades y modos de adaptarse a una sociedad en cambio en la que muchas veces se hace confuso el papel que deben representar. Merecen la pena los libros sobre masculinidades de uno de los psicólogos que ha sido pionero en nuestro país en impulsar este tipo de iniciativas, Alfonso Colodrón.

 

 

A modo de conclusión, planteo la siguiente reflexión. Creo que todos los movimientos sociales que han permitido la visibilización del papel de la mujer en la sociedad y la equiparación de derechos han sido fundamentales para lograr un mundo más igualitario y justo. La cuestión es que los hombres, en cierto modo, también hemos sido y seguimos siendo víctimas de una visión patriarcal o machista de la sociedad, en la que hemos renunciado a “ser” y “sentir”, incluso de forma poco consciente pues ya se da desde los primeros momentos de vida, a favor del “tener” y “hacer”. Creo que, más que nunca, necesitamos de un diálogo entre géneros, de una apertura mutua a reconocer nuestras distintas formas de sentir y a compatibilizar una labor de reivindicación con una actitud de comprensión y apertura desde el amor a la diferencia del otro para lograr un mundo verdaderamente integrado y justo.

 

Referencias bibliográficas

  • Schore, A.N. (2017). All our sons: the developmental neurobiology and neuroendocrinology of boys at risk. Infant Mental Health Journal, 38, 1, 15-52.
  • Colodrón, A. (2015). Guía para hombres en marcha. Editorial Desclée de Brower. Bilbao.

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juanm.morillo@gmail.com

Aplico la musicoterapia desde un enfoque humanista, empleando principalmente la improvisación musical. Trabajo con adultos que quieran trabajar sus emociones tanto en sesiones individuales como en grupos o colectivos específicos.

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