Homens. Círculo de Hombres

A mediados de mayo del 17 arrancamos, junto con Antonio Capa, un proyecto por largo tiempo amasado: Homens.

¿Cómo definirlo?

Todavía estamos dándole vueltas a eso que venimos haciendo dos martes al mes y que no termina de corresponder con las etiquetas: ¿un grupo de hombres?, ¿hombres reunidos conectando con sus emociones?, ¿hombres en la búsqueda de nuevos modelos de masculinidad?

En el comienzo de este proyecto, Antonio y yo, nos topamos con la sensación de que como hombres nos sentimos muchas veces perdidos, desorientados, cabreados ante lo que pretendemos/suponemos/creemos/ que un hombre debe ser.

¿Cómo debe ser un hombre?

Un hombre es y en principio no hay razón para que sea algo diferente a lo que es, sin embargo sabemos que desde la niñez primero la familia y luego la sociedad generan modelos o ideales de hombría y masculinidad. Así es como en nuestro desarrollo vamos fijando una serie de comportamientos, apetencias, atributos o preferencias que nos alejan de nuestro verdadero ser pero que nos permiten encajar en los moldes establecidos.

Al menos para la generación a la que pertenezco, los nacidos allá por los años 70, la entrada al club de la hombría, de la masculinidad, estaba vinculada con un conjunto de reglas no escritas pero sí de estricto cumplimiento:

  • Los niños no lloran.
  • No visten de rosa ni juegan con muñecas, bebés o cocinitas.
  • No usan el pelo largo, ni faldas o vestidos.
  • No levantan la mesa ni lavan los platos.
  • Le gustan las nenas pero sólo juegan con otros nenes a juegos de nenes.

Ya más creciditos en edad, se iban sumando nuevas pautas:

  • Ser caballeros: dejar pasar a las damas primero, abrirles la puerta, pagarles la cena o la entrada al cine. Son las reglas de la galantería.
  • Ser fuertes: física y mentalmente para destacar en los deportes o en cualquier otro tipo de actividad semejante.
  • Ser machos: cortejar a la hembra y sin complejos lanzarse a su conquista.
  • Sacar pecho ante las adversidades o ante el enemigo, tal como lo harían los gladiadores, los soldados, los príncipes valientes que en los cuentos se enfrentan a dragones.
  • Ser mentales: no dejarse guiar por las emociones.
  • Ser sostén económico: el padre de familia que abastece las necesidades de su prole y de su esposa.

El modelo del hombre del patriarcado

Sobrevolando estos ideales de masculinidad, aparece la bandera de la autosuficiencia: el hombre no necesita la ayuda de nadie ni comparte con nadie lo que le pasa. Tampoco crea demasiados vínculos de afecto porque está abocado a la competencia y a ser un triunfador. Se desconecta, pasa de todo, aguanta lo que le echen encima. Es pragmático y resolutivo.

Gracias a las luchas de los feminismos y a otros factores en los que no vamos a entrar aquí, esta matriz educativa y social patriarcal, esta fábrica de machos en serie, ha entrado en declive. Aunque aún quede mucha tarea de desmantelamiento, de denuncia y de recuento de los daños. Éste resulta particularmente difícil por la cantidad y variedad de destrozos que el patriarcado ha generado. Entre los más evidentes está, sin lugar a dudas, el hecho de que las mujeres son, por una parte, víctimas directas de la violencia machista en sus variadas formas (físicas, materiales y simbólicas) y, por otra parte, tienen un acceso mucho más dificultoso a los niveles altos de la escala salarial, a los puestos jerárquicos del poder político o del tejido económico. Múltiples son también las formas de explotación y atropello de la dignidad a las que están sometidas miles de mujeres, como así también son muchas las que padecen expresiones más sutiles, pero igualmente injustas, de un trato desigualitario e inequitativo.

La trama del patriarcado nos envuelve a todos y es consustancial al desarrollo exponencial del capitalismo en el mundo. Una mentalidad que se caracteriza por su violencia, desmesura, voracidad, afán de riqueza y destrucción. El ego, acaparador, insensible se expande como la pólvora, impregna a la cultura, educa. El individualismo radical del “salvase quien pueda” como principio que guía toda acción.

El modelo de hombre que genera el patriarcado, egoísta y destructor, está siendo revisado desde muchas perspectivas críticas y sensibilidades. Una voz como la de Claudio Naranjo se ha referido al ego patrístico como un complejo de violencia, conciencia insular y pérdida de contacto con una identidad más profunda.

Así las cosas, no todo está perdido y más vale encender una vela que maldecir la oscuridad.

A la búsqueda de nosotros mismos

Los hombres que rechacen o estén incómodos con el disfraz del modelo patriarcal, tienen la oportunidad de quitárselo. Lo primero es ser conscientes del daño que nos produce y que produce, ya que los hombres también somos víctimas del patriarcado y podemos ser agentes de cambio.

Se trata de ir encontrando fórmulas, estrategias de transformación de lo más próximo y personal: la manera de relacionarnos con nosotros mismos, con la familia, con la pareja, con los hijos, con los padres, con los amigos o la forma de gestionar lo doméstico. Con empeño y trabajo de hormiga, se pueden ir incluyendo otros ámbitos de actuación: lo vecinal, lo comunitario, lo político.

Nadie dice que sea fácil, el camino del auto conocimiento y la transformación suele estar lleno de malas noticias. En su recorrido, quizás nos vayamos percatando de que no somos tan maravillosos como creíamos ser, ni tan fuertes o poderosos, pero a cambio podemos volvernos más reales.

Las mujeres nos llevan la delantera en esto. Desde hace tiempo, muchas de ellas -varias generaciones- se organizan, se reúnen, se encuentran, crean redes para el conocimiento mutuo, el trabajo con las emociones, los círculos de apoyo. Crean, así, espacios de confianza y seguridad. Desde allí crean cultura, ética del cuidado, modos de aunar la razón con lo sentimental y lo instintivo.

Aprovechemos la experiencia de nuestras maestras, las mujeres, atrevámonos como hombres a madurar nuestra parte amorosa, tierna, a reconocer nuestra vulnerabilidad, a conectar con nuestras emociones y a responsabilizarnos de nuestras propias vidas.

Abrámonos a la posibilidad de ser nosotros mismos sin tantos miedos, conscientes de las heridas internas pero en la búsqueda del poder amoroso que nos constituye.

saravia.gregorio@gmail.com

Profesor de Filosofía. Doctor en Estudios Avanzados en Derechos Humanos.

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