Filosofía

Horkheimer: la tarea de la filosofía en la modernidad industrial

Terminamos con esta entrada el repaso a la Crítica de la razón instrumental (1947) del filósofo alemán Max Horkheimer, perteneciente a la Escuela de Frankfurt. Si en la anterior exponíamos su crítica a la opresión que sufre el individuo por las estructuras de poder sociales, económicas y culturales en la época del industrialismo, en esta entrada exponemos su concepción de la filosofía como autocrítica de la razón, así como cuál ha de ser la tarea de la filosofía en las sociedades capitalistas industriales, que pasa por propiciar la reconciliación entre la razón objetiva y la razón subjetiva.

Horkheimer sostiene que el industrialismo presiona a los filósofos para que hagan su disciplina como una ciencia positiva, con términos totalmente inequívocos y acontextuales, siguiendo el principio formalista de definición. Una filosofía ahistórica, fisicalista, a imagen del empirismo lógico. Pero en filosofía todo término tiene una carga histórica que no puede ser desdeñada. Es la herencia espiritual de otros hombres que han pensado antes que nosotros. Es el depósito en que están contenidas las cambiantes perspectivas del príncipe, el campesino, el poeta… El filósofo no puede hablar sobre el hombre, el mundo, la sociedad, el pensamiento, como el científico natural habla sobre una sustancia química. Todo concepto debe ser considerado como fragmento de una verdad que todo lo abarca y que en su seno alcanza su significado. Construir la verdad con tales fragmentos es la tarea más importante de la filosofía.

Cuando son abstraídos del proceso en el que fueron obtenidos, los conceptos filosóficos se vuelven inadecuados, vacíos y falsos, afirma Horkheimer. Es lo que ocurre frecuentemente con los conceptos de “naturaleza” y “espíritu”, lo cual lleva o bien a hipostasiar la dualidad o a reducir el uno al otro (todo monismo sirve para cimentar el dominio del hombre sobre la naturaleza). Algo similar ocurre con los conceptos de “razón objetiva” y “razón subjetiva”. Si se opta por la primera, por revivir sin más ontologías del pasado, caemos en ideologías reaccionarias, incapaces de adaptarse a la evolución industrial y científica. La crítica de los neoconservadores es romántica y antiintelectualista. Aquellas ontologías se convierten en doctrinas represivas cuando son usadas como panaceas. Si se opta por la razón subjetiva, supone la adaptación sin reservas a la alienación entre sujeto y objeto, al proceso social de cosificación, a un materialismo vulgar que no puede evitar caer en un nihilismo cínico.

La tarea de la filosofía no debe ser, pues, oponer tozudamente ambas, sino alentar una crítica recíproca que propicie una reconciliación en la medida de lo posible. Para Horkheimer la filosofía debe ser lo que ya afirmó Kant: autocrítica de la razón. Si se se enfatiza la critica a la razón subjetiva es porque es la dominante hoy en día. La oposición entre razón objetiva y subjetiva es aparente, aunque una apariencia necesaria fundada en la propia condición humana. Por una parte, la necesidad social de controlar la naturaleza ha conformado el pensamiento de cara a la razón subjetiva; por otro, la sociedad no ha podido reprimir del todo la sensación de que hay algo mas allá del sí-mismo. Es pues una separación que responde a necesidades históricas. Mediante la autocrítica la razón tiene que reconocer lo limitado de cada uno de estos dos conceptos. Ambos están interrelacionados, y hay que comprender cómo y por qué su separación.

La idea de autoconservación que lleva a la razón subjetiva a la locura, afirma Horkheimer, es a la vez la llamada a preservar a la razón objetiva de ese mismo destino, la advertencia de que sólo el fin social del respeto a la vida individual merece ser llamado objetivo. Los sistemas metafísicos objetivos son el reconocimiento en clave parcialmente mitológica de que la razón subjetiva no puede garantizar la autoconservación sino en comunidad, en un orden suprainvidiudual, mediante la solidaridad social.

Según Horkheimer, en la observación calculadora por parte del hombre, con la objetivación de la naturaleza, se frustra el proyecto de encontrar verdad en ella. La enfermedad de la razón tiene su origen en la misma esencia de la razón, en el afán del hombre por dominar la naturaleza, y su curación depende del conocimiento de esta esencia. La autocrítica de la razón consiste en la investigación de las capas históricas de la razón. El hombre debe comprender el proceso que ha llevado a la razón a este antagonismo que amenaza con destruirle a él. Una autocrítica que le haga consciente de las contradicciones entre las ideologías y la realidad.

Para ello, para Horkheimer, es inseparable la reflexión sobre las ideas y sobre el lenguaje, lugar donde se reflejan los anhelos de los oprimidos y la violencia sobre la naturaleza. La filosofía ayuda al hombre a que el lenguaje pueda cumplir su función mimética, su destino de reflejar las tendencias naturales. La filosofía es el esfuerzo teórico consciente (no acabado ni definitivo como los conceptos científicos) por fundir todo nuestro conocimiento e intelección en una estructura lingüística en la que las cosas sean llamadas por su nombre. Como en la terapia psicoanalítica, se trata de llamar a las cosas por su nombre para poder curarnos. Es la coincidencia entre lenguaje y realidad el gran legado que nos han dejado los sistemas objetivistas. Su error fue concebir que esta coincidencia era posible en sistemas eternos, ignorando que vivir en la injusticia social cierra las puertas a formular una verdadera ontología. Y es que aquellos sistemas daban preeminencia ontológica a lo lógicamente más general.

Frente a las grandes ideas de la civilización moderna -igualdad, fraternidad, libertad- la filosofía, según Horkheimer, tiene una doble tarea: negar su pretensión de verdad absoluta, mostrando su relatividad histórica, y reconocer su contenido de verdad midiéndolas en relación con el trasfondo social del que proceden. La filosofía combate el hiato entre la realidad y las ideas; confronta lo existente en su nexo histórico con la pretensión de sus principios conceptuales, negando así las pretensiones de la ideología dominante y también las de la realidad. Superando así las limitaciones del empirismo y el racionalismo: por un lado, el escepticismo positivista, no reconoce sentido a los conceptos generales que pudiera ser salvado; por otro lado, el idealismo objetivo racionalista se aferra al significado eterno de los conceptos generales y de las normas sin atender a sus orígenes históricos.

Para Horkheimer la filosofía crítica no debe hacerse propaganda, ni siquiera de cara a los más nobles fines, como sí hacen otras “filosofías”. Y es que la verdad que intentan transmitir los nuevos catecismos se ve comprometida por su objetivo pragmático. Si hablan de esperanza en términos de profundas necesidades de personalidad, de sentimientos generales emocionalmente ricos o de valores humanos científicamente probados, es porque la religión ha perdido ya todo significado para los hombres. Ni siquiera la receta hobbesiana de tomar las doctrinar religiosas como píldoras será ya de ayuda. El lenguaje de la recomendación rechaza lo que cree recomendar.

Se trata, dice Horkheimer, de reivindicar la filosofía como memoria y conciencia de la humanidad contribuyendo a hacer posible que la marcha de ésta no se vuelva hacia ideologías carentes de sentido. El progreso hacia la utopía se ve frenado por las avasalladora maquinaria del poder social y las masas atomizadas, surgiendo así la hipocresía social, la creencia en teorías falsas, el desánimo por la especulación, la debilitación de la voluntad y desviación a actividad sin fin bajo la presión de la ansiedad. La filosofía debe ayudar a los hombres a reconocer estos factores, denunciando todo lo que mutila a la humanidad e impide su libre desarrollo. Ahora que hemos dominado la naturaleza, nos domina la sociedad con sus modelos, sistemas y autoridades. Hay que seguir el espíritu de la Ilustración liberando al hombre de creencias supersticiosas en poderes malignos. Denunciar lo que se entiende hoy por razón es el mayor servicio que puede rendir la razón.

 

Referencias:

• Horkheimer, M., Crítica de la razón instrumental, Trotta, Madrid, 2002

alberto.alv.fer@gmail.com

Combinación de pragmatismo e inconsciencia, soy licenciado en A.D.E. y graduado en filosofía. Me interesan los temas de filosofía e historia de la ciencia, filosofía de la naturaleza, filosofía del lenguaje y lógica. Escribo poco sobre ellos; los aprecio demasiado.

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