Masculinidad hegemónica. La regla de oro: no ser mujer

 

En esta entrada me gustaría seguir tratando algunas de las cuestiones relativas al género, en este caso sobre las nuevas masculinidades emergentes.

Como es bien sabido, el género es una construcción social y cultural y por lo tanto está permitido la creación y transformación de identidades así como de roles de género. Dado que lo femenino y lo masculino se adquiere a través de un proceso de aprendizaje, en donde los significados sociales de género se transmiten a través de la relación, éstos pueden ser modificados.

En la actualidad, podemos afirmar que la transformación de los roles de género ha sido más tangible en el caso de las mujeres con la incorporación al mundo laboral y su consiguiente masculinización para llegar a obtener la valoración de la sociedad. Cuando tratamos este tema rápidamente se nos enciende la alarma de “los problemas de la incorporación de la mujer al mundo laboral” asociado en muchas ocasiones con la bajada de la natalidad, el aumento del paro, problemas de la infancia, la educación de los hijos e incluso el “abandono” del hogar. Sin embargo, también puede venir a nuestra mente la imagen de la mujer que llega cansada del trabajo remunerado y comienza su jornada de trabajo (no valorado) de cuidado del hogar y de la familia.

Por suerte, justicia social o aumento de consciencia, a día de hoy pese a seguir tratándose el debate incansable de “los problemas de la incorporación de la mujer al mundo laboral”, pueden aparecer en nuestras mentes viñetas de parejas que conviven en la corresponsabilidad de las tareas del hogar y de la familia. Por desgracia, junto con esta imagen aparecen en muchas ocasiones comentarios que cuestionan la masculinidad de los hombres que actúan comprometidos con nuevos modelos de convivencia.

 

La masculinidad hegemónica.

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La diferenciación rígida de roles de género implica un costo no sólo para las mujeres, sino también para los hombres. La masculinidad hegemónica ha traído consigo una menor esperanza de vida en los hombres que está directamente relacionada con su baja calidad de autocuidado y a una mayor predisposición para llevar a cabo conductas de riesgo. Asimismo, las construcciones rígidas o extrapoladas sobre el género implican limitaciones en las posibilidades de desarrollo de capacidades. En el mundo masculino, por ejemplo, la educación emocional se basa en el ocultamiento, negación y relativización de los sentimientos ya que la vulnerabilidad se confunde con debilidad (propio del mundo femenino). El mundo de los afectos es demasiado pobre como para obtener un buen desarrollo de las habilidades emocionales, trayendo consigo problemas de gestión emocional como una baja tolerancia a la frustración.

El desarrollo de unas u otras habilidades está mediado por la socialización del individuo ya que la mayor parte de nuestros aprendizajes se producen en la relación con los otros. Con respecto a la socialización de los hombres, autores como De Keijzer hablan de la inexistencia de conceptos como el autocuidado o el sentido de la salud. Así, el cuidado y el autocuidado parece pertenecer por tradición, al mundo femenino a no ser que uno se encuentre en una posición de poder como pueden ser profesiones del ámbito sanitario como la medicina. Congruente con esta teoría, De Keijzer habla de un modelo de masculinidad basado en una mayor independencia, agresividad, competencia e incorporación de conductas violentas y temerarias, que llegaría a explicar la menor esperanza de vida entre los hombres.

Desde la antropología, David Gilmore explica que al hombre se le exigen cualidades agresivas dado su rol masculino de protector. Además, afirma que dado su rol puntual en la reproducción, su vida carece de gran valor para la supervivencia de la especie por lo que pese a su papel de preñador, éste también debe ser proveedor y por ello, en ocasiones se somete a situaciones de riesgo (como por ejemplo en el ámbito laboral ejerciendo trabajos que suponen una amenaza en su salud tanto física como mental) con el fin de evitar el cuestionamiento de su valía como hombre. Así declara que la tendencia a resaltar la virilidad y los comportamientos arriesgados se explica en términos de evolución adaptativa.

Gilmore también afirma que en sociedades con fuerte diferenciación entre sexos, el repudio de lo femenino y su dominación tienden a colocarse como valores fundamentales de la identidad sexual masculina. En la fuerte diferenciación, lo masculino y femenino se perciben como opuestos por lo que las personas mantienen sus fronteras actuando de forma radical, siendo el repudio de lo femenino su seguridad de mantenimiento de su identidad masculina. En estas sociedades, se concibe que la persona pierde su masculinidad o se da la feminización cuando ocurre alguno de los siguientes sucesos:

  1. prolongación del vínculo madre- hijo
  2. varón incapaz de imponer autoridad con pareja
  3. permite el engaño de un rival
  4. ocupar posición pasiva en sexualidad
  5. la falta de control de la sexualidad de las mujeres de la familia

Así, al hombre se le exige desde este modelo de masculinidad el dominio del espacio de lo público, ingresos para mantener su rol de proveedor, la creación de su propia familia y un rol activo en sexualidad. Todo ello se resume al mensaje simplista de no actuar como una mujer.

Asimismo, desde la antropología también se han estudiado sociedades en donde predomina una cultura andrógina como los tahitianos de Polinesia. En estas culturas se observa poca diferencia en el estatus, comportamientos y funciones sociales entre géneros así como una baja agresividad y competitividad en sus miembros, siendo la economía cooperativa.

Desde el psicoanálisis y retomando la teoría de Freud que ya expuse en la anterior entrada, el repudio de lo femenino estaría en la base de la constitución psíquica de hombres y mujeres, al menos en nuestra cultura. En el caso del hombre, el rechazo de lo femenino se debe a los temores a la castración, que conlleva a la necesidad de adoptar una posición activa tanto en el dominio personal como en el público. En la mujer, el repudio de lo femenino se manifiesta en la negación de la carencia fálica (ante la negación de la castración, la niña se comporta como un hombre). Así, el hombre teme la castración ya que en última instancia simboliza la feminización.

Lacan, ahondando más sobre el repudio de lo femenino, explica que en el extremo masculino, el ser hombre depende de: 1. El órgano; 2. La identificación con el ideal del yo paterno y 3. Insignias fálicas como el poder. En el extremo femenino, la mujer busca sustitutos fálicos (hombre, hijos…) y erotiza su cuerpo para despertar el deseo en el otro. Sin embargo, Lacan ya comienza a hablar de que existe un espectro en donde posiciones intermedias o invertidas dan como resultado variedades en identidades y orientaciones sexuales.

 

Nuevas masculinidades

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El patriarcado se beneficia de las actividades de cuidado realizado tradicionalmente por las mujeres a las que todavía hoy no se les otorga ninguna clase de valor. Pero lo cierto es que sin estas actividades, las sociedades no podrían avanzar. De hecho, una gran parte de la población con poder no podrían ejercer su profesión si no hubiera una figura que cumpliese con estas tareas de cuidado.

Desde el patriarcado, el hombre se dedica al dominio público y la mujer al ámbito del hogar y la familia. Con ello, las libertades de unos como de otros se ven restringidas. Así, se produce una insatisfacción por ambas partes, lo que ha llevado a un cuestionamiento del modelo por excelencia en nuestra cultura. En contraposición con la percepción que nos ofrecen las sociedades en donde existe una gran diferenciación entre géneros, en donde el hombre debe ser a-b-c, lo cierto es que la identidad, no pertenece al dominio de lo biológico sino que en un cuerpo dotado de ciertas características biológicas se construyen una serie de operaciones simbólicas. Así, en la identidad de cada uno, pese a su aparente unidad, se encuentran una multiplicidad de pulsiones, deseos y conflictos que hacen a cada individuo fragmentado.

Ahora la mujer ocupa más ámbitos de poder pero adoptando una postura masculinizada en donde se debe seguir un guión marcado de simbolismo, desde la vestimenta apropiada a un protocolo de comportamientos propios y un abandono de los espacios tradicionalmente femeninos. Así, caemos nuevamente en el mismo error propio del patriarcado, persistiendo guiones en donde las tareas tradicionalmente femeninas siguen sin ser valoradas, con la diferencia de que en este caso es ahora la mujer la que delega en un cuidador (la mayoría de las ocasiones otra mujer) para el cuidado de sus hijos.

Sin embargo, comienzan a aparecer nuevos formatos de convivencia en donde, la mayor participación de los hombres en estos espacios ha supuesto la creación de nuevos modelos de convivencia en donde existe una corresponsabilidad y no una “ayuda”, de manera que se adoptan posiciones de cuidado con compromiso. Como consecuencia de esta apertura social, las mujeres ya no son las únicas que luchan por una valoración de estos espacios, sino que ahora también se suman muchos de los hombres que ahora se empapan de éstos, bien sea por justicia, por visibilización de las demandas de la mujer a través de su inclusión en la toma de decisiones dentro del poder, por el derecho a la paternidad de las parejas homosexuales, o por deseo propio al obtener una serie de beneficios inherentes a la realización de estas tareas de cuidado como puede ser compartir más tiempo con los hijos.

El mundo social presiona a las personas, condicionando su percepción, valoración y acciones sobre la realidad, pero también genera cambios en las políticas sociales, por lo que lograr que tanto hombres como mujeres se sientan libres para ejercer sus derechos de autocuidado como de cuidado a los otros, mejorar la calidad de sus relaciones y su autorrealización implica cuestionar el patriarcado así como los modelos tradicionales de feminidad y masculinidad. Si logramos romper nuestras ataduras con la diferenciación de género, si salimos de ese condicionamiento en nuestras actuaciones, podemos quizás evolucionar como sociedad.

 

solleirosaray@gmail.com

Soy psicóloga clínica de orientación cognitivo - conductual y humanista fundamentada en el desarrollo de la persona y en la construcción de su psiquismo. Actualmente trabajo con adultos, jóvenes y niños.

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