La prisión de la culpa

Un castigo infantil

Cerca del lugar en el que vivo hay una prisión y cada vez que paso por delante no puedo evitar preguntarme: “¿para qué sirven las prisiones?, ¿son un bien para la sociedad o se trata de una institución obsoleta qué lejos de fomentar un bien social fomentan un mal?”

Cada vez que paso por delante algo dentro de mi dice: “fíjate, entre esos muros hay personas como tú a las que se ha castigado sin poder salir durante unos años”. Enseguida me vienen a la mente los castigos de infancia en los que se deja al niño sin televisión, de cara a la pared o se le manda a la habitación sin poder salir en un rato. Las prisiones vienen a hacer algo parecido con los adultos: “has hecho algo malo y como castigo vas a quedarte encerrado tantos años”. Y mi pregunta es ¿qué aporta eso a la persona?, ¿de veras este mecanismo disuade a alguien de actuar como lo hace? Y, sobre todo, ¿en cuántos casos la prisión transforma la vida de alguien para bien?

Venganza y rechazo

Entiendo que la prisión sirve solamente como lugar en el que retener, y por lo tanto posponer, un elemento disonante que amenaza la convivencia social. Ahora bien, cuando ese elemento disonante, al que podemos llamar problema, está asociado a los pensamientos y acciones de una persona, ¿no sería mucho más conveniente para dicha persona y para todos los demás, el buscar la causa que generó el problema para poder así dar con una solución?

Estoy segura de que muchas personas piensan que aunque la cárcel no sea la panacea de las soluciones es la mejor que tenemos para hacer frente a los delitos que ponen en riesgo la convivencia social y la vida de otras personas o seres. ¿Y si no es así? ¿Y si resulta que existen mejores soluciones que no se valoran porque salen muy caras?

Me da la impresión de que las prisiones se han convertido en un lugar que encarna la venganza y el resentimiento, el rechazo del conjunto de la sociedad hacia una persona que ha producido algún daño que se considera grave. No importa que esa persona comprenda el dolor que ha causado y que se ha causado a sí misma sino “que pague por lo que ha hecho”.

Muchas personas (aunque también quedan muchas que no), consideran la lapidación, la quema de humanos, la silla eléctrica, la cámara de gas y otros métodos de pena de muerte, como una aberración. Sin embargo, obligar a alguien a vivir recluido y separado del resto del mundo, aunque esto le haga más daño que bien, todavía no se concibe como una barbaridad.

¿Cómo te sentirías tú ante el rechazo de las personas a tu alrededor? ¿A caso el rechazo de los demás no nos hace poner a la defensiva? ¿No tiendes a defenderte atacando?

Apuntando a la transformación

Por suerte hay grupos de voluntarios, así como algunos psicólogos y trabajadores sociales que desarrollan sus funciones en el entorno penitenciario con un espíritu renovador que ve a las personas que cumplen condena como personas y no como un número, un recluso, un delincuente y por lo tanto un ser lleno de culpa que tiene que expiar sus pecados.

Con esto no quiero decir que mañana mismo habría que erradicar las prisiones. Ahora bien, a mi modo de comprender, sería bueno trabajar en esa dirección y prestar a las personas el acompañamiento necesario para poder desarrollar una mayor comprensión de sí mismas, una comprensión transformadora.

Patrones conocidos

Analicemos en unas pinceladas los casos de corrupción que han sido portada en los diarios de España en los últimos años. Toma uno cualquiera de ellos. ¿De veras crees que muchos o pocos años de prisión van a servir de algo a la persona condenada? ¿A caso no hay algo triste en el hecho de que una persona no tenga fin en su sed de dinero y fama, aunque sea a expensas de los demás?

Recuerdo las declaraciones de una de las personas condenada que decía: “no me daba cuenta, era un yonqui del dinero”. ¡Qué vacío tan grande ha de sentir uno y cuánta soledad si sólo ve a las otras personas como medios para sus fines y no los percibe como parte de la Vida! ¿Y no vivimos nosotros los mismos patrones en otros aspectos y en otra escala? A mí, personalmente, me resulta familiar la idea de que “me falta algo más” para ser completamente feliz, o la de que “no es suficiente”, o la de “si consigo esto me haré un hueco entre otras personas por las que me gustaría ser vista o querida”… He citado aquí el ejemplo de la corrupción, pero valga el de aquel que mata en la necesidad de sentirse superior, sentir que controla y que domina; o en una explosión de resentimiento y de ira contenida.

Si en lugar de rechazar todas estas emociones en mí, puedo descubrir de dónde emergen y cómo lo hacen, podré también comprender al “otro” (que no es distinto de mí). No para justificarlo, sino para no recluir y condenar esas emociones a las mazmorras de la negación. Sólo al reconocerlas se pueden transformar. De ahí que creo que llevar este trabajo a cabo en toda prisión es indispensable para una verdadera reinserción, en la que el “otro” no es un “criminal” sino una persona que se equivocó y con la que hay que descubrir en qué consistió o consiste el error.

En busca de la Felicidad

Tal como señalaban los filósofos de la antigua Grecia, las personas buscamos nuestro bien, y por ende el Bien en general, la Paz, la Felicidad. Lo que ocurre es que debido a errores en nuestra forma de juzgar, de pensar y de conocer la realidad, no siempre buscamos ese bien de forma acertada y en el camino hacemos daño a los demás y a nosotros mismos (justo lo contrario de lo que queríamos en última instancia).

Ahora bien, ¿a caso nos equivocamos expresamente?, ¿a caso alguien quiere el mal a conciencia? Incluso una persona que actúa sabiendo que hace mal y regocijándose del hecho de causar dolor, lo hace porque una parte de ella cree erróneamente que eso le proporcionará felicidad, Paz, Bien. Es como la persona que racionalmente sabe que fumar es dañino para sus salud y aún así no puede evitarlo porque hay otra parte de ella que cree que el tabaco le proporciona algún tipo de placer o “felicidad”. ¿Cuántas cosas hacemos en nuestra vida creyendo que obtendremos algún bien y en realidad nos infligimos más dolor?

Las prisiones son fruto de la necesidad de apartar de nuestra mirada aquello que juzgamos mezquino y despreciable, aquello que rechazamos vehementemente por ser “malo” y sobre todo por MIEDO. Miedo a ver una parte de nosotros mismos reflejada en el “otro”. Miedo a lo que nos saca de nuestro espacio de confort y miedo a renunciar a las etiquetas con las que hemos ordenado nuestro mudo : “buenos” y “malos”. ¿Qué pasa si indagamos en estas etiquetas? ¿De dónde emerge la idea de “bueno” y “malo”? ¿Es malo el león que se come al cervatillo? ¿Existen “bueno” y “malo” en sí mismos? ¿A caso no hay momentos en los que juzgamos como malo algo que en otro momento juzgamos como bueno?

La culpa, prisión del sufrimiento

Cuestionar esto no significa ni mucho menos que todo valga, ni que haya que felicitar a quien causa daño, ni animarlo a que siga en esa dirección. Lo que comparto es la necesidad de acercarnos al “otro” como a nosotros mismos. Ver al “otro” en su totalidad, como ser humano y no sólo bajo una etiqueta.

Cada vez que culpamos a alguien, cada vez que le colocamos una etiqueta, reforzamos las nuestra y las suyas, reforzamos la idea de que somos las etiquetas que nos ponen y nos ponemos, reforzamos la identificación con las máscaras, con lo externo, lo pasajero y circunstancial, con el nombre y la forma. Cada vez que culpamos (a nosotros o a otros, si a caso hay diferencia) estamos cerrando los ojos a la grandeza de la Vida que nos sostiene más allá de todas esas formas, nos estamos encerrando en la prisión del sufrimiento.

En el mismo barco

Acompañar es darse cuenta de que estamos en el mismo barco, que somos expresiones de una misma Vida y en esto consiste la no-dualidad. De hecho ¿quién acompaña a quién?

montse.simon@gmail.com

El enfoque con el que trabajo se centra en la autoindagación y el desarrollo personal. Organizo talleres de filosofía, doy clases de Yoga (individual y grupal) e investigo como aplicar las filosofías sapienciales al trabajo individual.

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