Lo escrito

Paso revista a los artículos que escribí para Psiquentelequia. En lo escrito casi no ha variado el tema. Exceptuando “Nietzsche, Dioniso y la vida como obra de arte”, todos los artículos se refieren a mí. A mis rollos, mis miedos, mis deseos, mi amor, mis mierdas. Tantos “mi” que resulta empalagoso.

La primera vez que publiqué en este blog estaba nervioso por hacerlo bien. Me escondí detrás de Nietzsche para quedar guay: leo filosofía, conozco el mundo griego, valoro la cultura clásica, aquí están mis credenciales, bla, bla, bla. Usé esa máscara, monté ese teatro para presentarme. No duró mucho. Lo que yo quería era hablar de mí y no pasarme todo el rato citando a Séneca o a Suetonio. Así fue que comencé a mostrarme, a ponerme en la diana.

El acto de escribir sobre uno mismo parte de un gesto narcisista. Alimenta a una parte del ego que desea ser mirada, admirada. Considerar que la vida personal pueda ser narrada y divulgada tiene también un punto de exhibicionismo. “¡Hey, miren, soy Yo, la pera limonera y mi vida relatada!”.

Paradójicamente, escribir sobre uno mismo es un acto de humildad en la medida en que significa reconocer que uno no tiene más capacidad que esa: escribir sobre lo que a uno resulta más próximo, medianamente conocido. En lo escrito está mi experiencia, lisa y llanamente, porque carezco de una imaginación frondosa. Tampoco es que tenga mucha idea de quién soy cuando escribo o mejor dicho, no sé exactamente qué papel intento hacer: ¿Soy fiel a los hechos tal como aparecen narrados?, ¿Dónde estoy situado cuando escribo sobre mí?, ¿Qué verdades oculto por temor a dañar mi imagen?

En dos artículos de Psiquentelequia hablo de la muerte, el duelo por mi padre y la despedida de un amigo que tuvo cáncer. Otro artículo es una carta dirigida a mi madre, hay unos relatos sobre cómo viví los mundiales de fútbol, textos sobre los amigos, los sueños, la felicidad en las redes sociales, los abrazos, la Gestalt. Un artículo sobre la generación X. Tres artículos sobre qué significa ser hombre -si es que significa algo en concreto-, las nuevas masculinidades y las relaciones con el feminismo.

Es un fenómeno conocido, uno no puede ser neutral ni objetivo. Es algo inevitable proyectar la imagen propia en todo lo que uno escribe. En vez de utilizar todo tipo de trucos para intentar borrarse uno, más vale aceptarlo y exponerlo.

La fórmula Duchamp

Hace ya unos años, atravesando alguna de mis crisis existenciales, comencé a mostrar mis escritos en un blog que se llamó La fórmula Duchamp. El título remitía al artista francés Marcel Duchamp (1887-1968) y a su idea de la creación artística como resultado de la voluntad más allá del talento o la formación con la que se cuente. En la página de inicio me presentaba así:

“Me llamo Gregorio Saravia y padezco la dulce enfermedad literaria.

Como parte de la terapia me han recomendado escribir con la esperanza de que sirva como remedio.

Mientras tanto, digamos que intento aplicar la fórmula Duchamp, aquella que consiste en no cargar la vida con un peso excesivo. Un andar ligero de equipaje.

Lo de las reflexiones, comentarios y críticas, no es para tomárselo demasiado en serio. En todo caso, el oficio de reunir palabras está fuera de las reglas de validación científica y se reproduce de forma anárquica, epidémica.

Por momentos, se vuelve semejante a algunas enfermedades contagiosas.”

En aquella época, me esforzaba por copiar a Sebald en su rol de paseante que relata lo que ve. El problema era que lo que yo veía estaba todo teñido de una melancolía larga y apática. No tenía trabajo, fumaba demasiado y fantaseaba con regresar a la Argentina. Me sentía como un niño al que su padre le ha soltado la mano. Solo en casa, pasaba las mañanas clavado a la silla, masturbándome para anestesiar el dolor. Me había convertido en uno de esos adultos que repasan con nostalgia cada noche las aventuras del bachillerato. Aferrado a la escritura como a un clavo ardiendo, los textos de La fórmula Duchamp hablan de ausencias, de viajes, de lo que pudo haber sido y sobre todo de literatura.

Entre enero y diciembre de 2013, publiqué relatos sobre la escritora Victoria Ocampo, Roberto Arlt, Baudelaire, Bolaño, Perec, el cantante Manu Chao. Hay un texto sobre la temporada que viví en Londres y otro sobre el mes que pasé en París durante el 2007. Hay crónicas de viaje por Manhattan, Buenos Aires, Nueva York y algunos pueblos de Castilla La Mancha. Paseos por el Raval de Barcelona, el antiguo barrio de las Injurias de Madrid y la infancia en la casa grande de mi abuela.

De enero a mayo de 2014, ensayos sobre mi adolescencia, el fanatismo por Bob Marley y una operación de rodilla. También escribí algunas críticas de cine: El Gran Gatsby, Anna Karenina, Amour, Searching for Sugar Man, Blow Upy El Desencanto, una  joyita española de Jaime Chávarri sobre los excéntricos miembros de la familia Panero. Incluso me atreví con una obra de teatro: El Régimen del Pienso de La Zaranda, una compañía teatral andaluza.

Se puede decir que todos estos escritos, incluso los comentarios cinematográficos, son excrecencias de mi yo. Concesiones a ese individuo particular que lleva mi nombre y que aunque está seguro de que la vida es algo transitorio se aferra a la escritura con el afán de detener al tiempo.

 

Los cuadernos Gloria

Preparando cosas para una mudanza, encontré la caja donde los había guardado. Ahí estaban los cuadernos Gloria con espiral y tapas naranjas. Tenía 21 años cuando comencé a escribir esta suerte de diario. No es un diario al uso, más bien se trata de un batiburrillo de lecturas, comentarios, críticas, citas tomadas de los libros leídos, subrayados. Solía fragmentos largos de obras filosóficas y los analizaba. A veces me daba por la poesía o por escribir cosas personales. Llegué a completar 14 cuadernos Gloria, de 150 caras la mitad de ellos y el resto de 88. Son miles de líneas en las que veo mi sombra proyectada, la ventanita al infierno, los destellos de gozo. Siempre me dije que los releería algún día y que quizás fuera posible sacarles algún provecho. Ya no estoy tan seguro, pero ofrecen una descripción bastante fiel del joven que fui y  del tipo en el que me fui convirtiendo.

El primer cuaderno, de 1997, arranca con una cita de Baudelaire: sea cual fuere, embriágate de tu pasión.

Voy recorriendo las páginas, me impresiona mi letra, parecida a la de un niño de primaria, con las “a” y las “o” muy redondas, igual que las pancitas de la “d”. Usaba bolígrafo Bic negro o azul. Aparecen los nombres de Oscar Wilde, Rochefocauld, Cioran, Borges, Spinoza, Saer, Eco, Pessoa. Mis fluctuaciones anímicas, mis períodos de bajón. Lo escrito, incluso sin deseo. La angustia, la alegría, de estar vivo.

En el último cuaderno, de 2009, hay recortes con fotografías de una rana púrpura, una salamandra china, un ornitorrinco, un solenodon paradoxus (el único mamífero capaz de inyectar veneno en sus presas). La entrada a un concierto de Many Fingers y Matt Elliot, 8 euros anticipada. Fotos de la casa de campo de Tarkovski en Myasnoye, Rusia. Una hoja de periódico en la que leo: “un extraño tiburón de aspecto prehistórico y 1,6 metros de largo salió ayer de las profundidades abisales en las que habita para morir poco después de haber sido capturado y grabado en las aguas de la reserva marina de Shizuoka, al sur de Japón”. Lo raro, lo anormal, lo que no encaja. Pensamientos parasitarios, centrífugos, una escritura que se va volviendo cada vez más fragmentaria, menos accesible. Obediente sólo a los movimientos espontáneos del alma.

Hacia el final del último cuaderno encuentro esta cita de Pizarnik: “que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado interesarme por este mundo.”

Que sea así Alejandra, nueve años después de escribirlo sigo anhelando lo mismo.

 

saravia.gregorio@gmail.com

Profesor de Filosofía. Doctor en Estudios Avanzados en Derechos Humanos.

  • María Jezabel

    06/11/2018

    Gracias Goyo por tu compartir desde el alma.

  • AB

    07/11/2018

    Muy buena cita de pizarnik, yo creo que nos refleja a una gran mayoría. Gracias por compartirla.