Memoria de los Mundiales (I)

Mi memoria de los Mundiales se entrelaza con hitos privados. En cada Mundial pasaron cosas significativas en mi vida o así lo veo ahora con esa plastilina que es la memoria. La arbitrariedad de los cuatrienios en una misma alfombra de tiempo.

Vaya por delante que a mí siempre me ha gustado mucho el fútbol, por épocas me ha apasionado. Durante la pubertad, asistí a una escuela de fútbol dirigida por un ex jugador de Independiente y a partir de allí siempre con ganas de jugar. En la primera infancia, es cierto, el fútbol no me interesaba. Tampoco venía en el pack de la cultura familiar. Mi padre no estuvo nunca en un estadio, ni gritó un gol, jamás jugamos a los pases en la plaza. Ni nos sentábamos a mirar las mejores jugadas de la fecha.

A mi viejo lo que le gustaba era leer. Llama a la puerta la vieja cantinela del fútbol y los intelectuales. Muchos de ellos lo desprecian y no entienden la excitación que despierta en las masas. Otros prefieren catalogarlo como un fenómeno propio de la sociedad del entretenimiento. Para éstos, el Mundial de Fútbol no es más que un espectáculo regido por las leyes de la mercadotecnia. Otros más románticos lo han definido como la máquina más aceitada de ficciones y entre ellas la de que todo un país se encuentra unido, más allá de sus clases sociales o conflictos internos, en torno a su seleccionado nacional.

También hay filósofos, pensadores, escritores, pro fútbol. Éstos suelen ser los peores, los más políticamente correctos y demagogos. Se salvan de la quema, los que antes de escribir sobre fútbol, lo practicaron.

En este junio de 2018 estoy viviendo mi undécimo Campeonato de la Fifa. Para los más despistados, Fifa es la organización internacional que gestiona el fútbol a nivel planetario. Lo que allí ordena y manda es el dinero, no la pelota. Han salido a la conquista del Este y todo indica que van con viento en popa. El negocio es boyante.

Mundiales

1978

Dos años. No tengo recuerdos directos. El Mundial se hizo en Argentina. Había una dictadura maldita. El seleccionado argentino se hizo con el triunfo final ante Holanda en medio de sospechas de partidos amañados. Los festejos, dicen hoy los organismos de derechos humanos, se entremezclaron con los gritos de dolor de los torturados y con el silencio de los desaparecidos. El ídolo fue Kempes, el Matador. Según me ha contado mi mamá, yo era un niño tranquilo criado entre personas mayores. Faltaba un año para que naciera mi hermana. Una tarde, según testimonio materno, descubrí la agresión. Tuve que enfrentarme a la superioridad física de un primo bastante más fuerte. Caí derrotado sin paliativos. A finales de los 70 no se hablaba de bullying. En un rapto de nostalgia, se podría agregar que el tiempo pasaba más lento. Mentira.

Kempes

1982

Seis años. Por cuestiones laborales de mi padre, nos trasladamos a vivir al norte del país. Salta, su ciudad natal. Anécdotas que reflejan mi extrañeza por ser el que llegó de la capital. Los porteños hablamos distinto, vestimos de otra forma, somos suaves de modales, “amariconados”, según dijo uno, y soberbios. La guerra de las Malvinas. Las familias argentinas tejiendo medias de lana para los soldados. Colectas de tabletas de chocolate. El mundial se jugó en España. Todavía no me gustaba el fútbol pero en la pared de mi habitación puse una pegatina del Naranjito.

1986

Diez años. Mi abuelo salteño murió el día del padre, tercer domingo de junio. Me impresionó ver por primera vez llorando a mi papá. El mundial de México fue después de un terremoto en el DF. Maradona, Maradona y más Maradona. La mano de Dios. El gol imposible a los ingleses. ¿Revancha de la Guerra del Atlántico Sur? Las calles de la ciudad fueron una fiesta. El que no saltaba, era inglés. Esta vez, sin dictadura Argentina campeón. La película Héroes con Valeria Lynch cantando  “me das cada día más…alegría por el modo que tienes de amar…”. En un cuaderno Rivadavia de tapas duras, me dediqué a pegar recortes de revistas deportivas en las que aparecía Maradona. El fanatismo por el legendario 10, me condujo al acopio de imágenes. Diego posando junto a una Ferrari Testarossa pintada de negro, en una bañera llena de espuma, levantando la copa en el estadio Azteca, con un tapado de zorro en el aeropuerto Fiumicino. Saludando al Papa con sus rulos inflados.

1986-arg-maradona-cup

1990

Catorce años. Zapatillas blancas deportivas, colores flúor y estampados. Jogging de papel. Yo quería ser skater, pero sobre todo tener unas Reebok Classic, unas Nike Air Max o unas New Balance. La masturbación ocupaba una buena parte de mi tiempo. Frente al espejo del baño me explotaba los granos de la frente. Primer mundial reunido con los amigos del colegio. Maradona manteniendo la pelota en el aire a golpe de hombro antes de que Argentina, la vigente campeona, perdiese el partido inaugural contra Camerún. Maradona llorando en la final luego de la derrota ante la Alemania eficaz del máquina-total Lothar Matthäus. Aquel invierno, verano en Italia ’90, todos escuchábamos música techno. La variante house retumbaba en los parlantes de los boliches con onda. Lo más divertido era estar en la calle por la noche. Alejarse un poco del barrio para hacer excursiones urbanas.

1994

Dieciocho años. Con la aguja de tejer de mi abuela intentaba rascarme la pierna derecha escayolada. Mi primera gran lesión jugando: rotura de ligamento cruzado anterior. Me operó un tal Muguruza. Experto en poner caderas ortopédicas a las ancianas. La cicatriz en la rodilla derecha es aún hoy muy visible. Los amigos del cole vinieron a casa durante el mundial, como en el 90. Lo de las muletas era un incordio. Se me acalambraba la pierna de apoyo. La mayoría de nosotros teníamos el pelo largo, algunos, lo llevábamos grasiento. Durante la convalecencia, engordé 12 kilos. Era el último año de la secundaria y nos creíamos muy audaces. Los héroes del vino en tetrabrik. Yo parecía un Jim Morrison gordo. Aunque me han dicho cosas aún peores. No paraba de ir a recitales e intentaba curtir la contracultura rock. Una ingenuidad tierna, preciosa. El seleccionado albiceleste comenzó el mundial con todo. En el partido contra Grecia, Maradona, 34 años, hizo el tercer gol clavándola al ángulo. Luego llegaría el trágico control antidopaje y la detección de efedrina, un estimulante prohibido. Suspendido de la competición el Pelusa, terminamos el mundial llorando y viendo como en Estados Unidos fue Brasil la selección que levantó la copa.

1998

Veintidós años. Mi primer mundial con novia en serio. Argentina se enfrentó otra vez a los ingleses que buscaban revancha desde el Mundial del 86. Ganamos el partido por penales, lo cual es bastante similar a tener una amante por correspondencia o comer chocolate sin azúcar. Los puntos valen igual, pero no es lo mismo. Nos dejó afuera Holanda. Corría el minuto 89 de partido, cuando Bergkamp hizo un gran control y definió con displicencia. Como un cirujano bisturí en mano. Por aquellos meses, estaba en la mitad de mi carrera de abogacía. Muy diletante, disperso. Vago culposo. Lector compulsivo. Con ganas de viajar. Jugaba al fútbol los fines de semana. El campeonato del club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, el legendario G.E.B.A., rodeado de los bosques de Palermo, ganando y perdiendo partidos, pateando con los amigos. Tardes inolvidables, antes de que se acabará el siglo. La vida es buena.

Baires

2002

Veintiséis años. Uf. Momento cumbre en mi vida. Último año en Buenos Aires, preparativos para ir a estudiar a España…

CONTINUARÁ

saravia.gregorio@gmail.com

Profesor de Filosofía. Doctor en Estudios Avanzados en Derechos Humanos.

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