Memoria de los Mundiales (II)

 

Mi memoria de los Mundiales se entrelaza con hitos privados. En cada Mundial pasaron cosas significativas en mi vida o así lo veo ahora con esa plastilina que es la memoria tapándome los ojos. Separar en cuatrienios lo que es una misma alfombra de tiempo.

2002

Veintiséis años. Uf. Momento cumbre. Último año en Buenos Aires, preparativos para ir a estudiar a España. A las puertas de convertirme en extranjero. El extranjero, ser extranjero. Dejar Buenos Aires no fue fácil, vivía muy bien en pareja y estaba rodeado de amigos y familia. Tenía trabajo y amor. Era porteño, muy. Me sentía dentro de ese embutido salvaje, de esa ciudad de la furia. Andaba en sus calles, conocía los barrios. Paseaba de noche en un Ford Falcon con los cambios al volante. Fotografiaba casas antiguas, fachadas art decó y racionalistas. Los cines de la Avenida Corrientes. Pizza a las tres de la mañana. El enano que vendía números de la lotería. El tipo sin piernas que se arrastraba en un carrito y asustaba a los paseantes con sus gritos. Los travestis de Godoy Cruz. Las calles estrechas de Montserrat, los árboles de Palermo, los bares de Almagro, Balvanera y el Bajo. Después de una década de amistad, tenía muy claro que esa banda de amigos del colegio Salvador sería para siempre.

Antes del mundial, la AFA solicitó a la FIFA retirar la camiseta número 10, en honor a Maradona. Los argentinos empezamos a vivir en el recuerdo del pasado futbolero más que en el presente. A Corea llevamos un buen equipo, teníamos al mejor entrenador posible pero pasamos por la competición sin pena ni gloria. Los titulares de la prensa deportiva hablaron de Impotencia. En aquel momento no teníamos ni idea de cómo eso se volvería recurrente.

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2006

Vivir en el extranjero es reinventarse, quitarse la mochila de la identidad, borrón y cuenta nueva. Hay un período de gracia en el que esta fantasía es posible. Luego se cae en la cuenta de que no hay manera de escaparse de uno mismo. Cambian los paisajes, las calles, las costumbres. Uno sigue con sus fantasmas, almuerza con sus manías y cena con sus obsesiones. Los que no saben, piensan que la cultura española y la argentina se parecen mucho. No es cierto. Hablamos el mismo idioma pero con significados diferentes. Compartimos apellidos, historia colonial y algunas comidas. Nada más.

Madrid es ruidosa, canalla, hereje. “Tías en porretas; macarras mil; esto es la hostia; Sol de Madrid”, cantaba Miguel Abuelo. Empecé a vivir aquí cuando lo castizo resistía aún los embates del turismo masivo. El centro de la ciudad, una aldea. Lavapiés, Malasaña, Tribunal, las Vistillas, Noviciado, la calle del Pez. Noches interminables, resacas bestiales. Un tour de force por mil garitos durante el 2004. Porros a granel en el Parque del Retiro, al ritmo de las tumbadoras frente al lago. Entre el 2003 y el 2006 compartí pisos de alquiler con un mexicano, una brasileña, una chilena, una rumana, una suiza, un colombiano y un venezolano. Trabajaba en la universidad, hacía un doctorado y padecía a un director de tesis déspota y ciclotímico.

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Como en otros Mundiales, Argentina llevó a Alemania un equipo respetable. Nos tocó el grupo de la muerte con Holanda, Costa de Marfil y Serbia. Contra este último, ganamos seis a cero y nos convertimos en uno de los favoritos para ganar el torneo. Uno de los goles de esa tarde quedó para la historia por los 25 toques previos antes de que el balón besara la red, como dicen los poetas de la redonda. El partido decisivo fue contra los locales. El entrenador tomó una decisión polémica. Dejó en el banco de suplentes a Lionel Messi, futuro monarca del fulbo mundial, y apostó por Julio Cruz, un delantero espigado que había sido jardinero en sus pagos. Perdimos por penales. La final de la Copa fue el día antes de mi trigésimo cumpleaños. Había comprado ron, vodka y hielo suficiente como para poner ciego a un regimiento. Mi hermana y mi cuñado francés habían venido desde París para estar en el festejo. Fue una noche rara, muy calurosa. Teníamos todo preparado para brindar por el triunfo de Les Bleus hasta que Zinedine Zidane le dio un cabezazo a Materazzi y fue expulsado por aquel árbitro argentino cuyo nombre no recuerdo. Francia se vino abajo y ganaron los italianos. Años después, el defensor italiano confesó que había insultado a la hermana de Zizou. Picardía criolla.

Zidane

2010

Mi hija tenía tres años cuando veraneamos en unas playas nudistas de Almería. Final del Mundial, 11 de julio. Mi cumple, esta vez 34, fue en el Mediterráneo.  Entre dos Mundiales mi vida se había puesto patas para arriba, o mejor dicho, se estaba enderezando. Apareció una mujer, la MUJER. Noviazgo corto, febril, definitivo. Una pelirroja con aires a Isabelle Huppert, la boca de Fanny Ardant, porteña del barrio de Colegiales. En los madriles nos fuimos a encontrar. Como en el fútbol, también en la vida, el azar es la base de cosas importantes. Al principio sólo compartíamos la cama, pero yo para mis adentros, decía como Sal Paradise en On the road, “quiero casarme, quiero que mi alma repose junto a una buena mujer hasta que nos hagamos viejos. Esto no puede seguir así todo el tiempo. Este frenético deambular tiene que terminarse. Debemos llegar a algún sitio, encontrar algo”. Flipaba con eso. Me había cansado de que la única religión fuera el cuerpo de una mujer.

El embarazo nos pilló desprevenidos. Lo vivimos con temblor, organizando cosas prácticas, yendo al Ikea en autobús. Mudanza, cuna, bolso para el parto, nos íbamos conociendo un poquito más con la convivencia. En septiembre del 2007 nació la nena. Nada de lo que pueda decir condensa la experiencia. Creció el amor en mí, entre nosotros. Supongo que me volví más generoso, menos vanidoso. La manera en que me fui convirtiendo en padre continúa siendo un enigma. Tengo en claro algo, una cosa es ser progenitor y otra es ser padre. Yo no sé nada del oficio paterno pero se me saltan las lágrimas de emoción cuando la miro dormir, cuando recuerdo la primera vez que caminamos juntos de la mano o la luz de sus ojos mientras se toma un helado. Ser padre es asumir con todo el amor que puedas una responsabilidad grande. El que abandona no tiene premio. Los hijos vienen a hacer su vida y con ella nos regalan el privilegio de acompañarles. Hoy tengo la certeza de que la salud de mi hija es lo que más me importa en este mundo. Seguro que hay ideales mucho más trascendentales y causas morales más justificadas por su relevancia. No para mí.

El Mundial de Sudáfrica pasó a la historia por el Waka-Waka de Shakira, el Tiki-Taka de la Roja y el beso que el portero español le dio en vivo a una periodista deportiva. Luego resultó que era su novia y futura esposa. Por su parte, la cantante colombiana también iniciaría una relación amorosa con el central de la misma selección. Puro romanticismo en el aire. Como el del triunfo del juego de los locos bajitos. Tomala vos, dámela a mí y la pelota rodando sin cesar. El mago Iniesta, el ingeniero Xavi, un mediocampo legendario. Argentina había logrado reunir a las dos máximas estrellas de su fútbol: Diego Maradona como director de orquesta y Lionel Messi como primer violín. Con nuestra tendencia a la hipérbole, Dios Padre y Dios Hijo. Quedaba por ver en qué andaba el Espíritu Santo. La tarde en que perdimos 4-0 con Alemania, los argentinos nos volvimos ateos. El mito del eterno retorno maradoniano se derrumbó. Ya no podíamos recurrir a ÉL para que nos salve, para nos coloque nuevamente en lo más alto del fútbol competitivo. Nos habíamos quedado huérfanos del barrilete cósmico. El Diego de la Gente, el eterno 10, ya había cumplido con creces sus servicios a la patria futbolera. Había llegado el momento de descanso para el héroe. Del Espíritu Santo ninguna noticia. Al fútbol argentino “le había llegado la hora de enfrentar el mundo, los males, los empates, las pequeñas muertes peloteras sin la esperanza de la divinidad”. Eso dijo Martín Caparrós. No nos iba a resultar sencillo.

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2014

Aquel año fui entrando en una crisis existencial profunda. Suena a rollo kafkiano, freudiano y tal, pero era una sensación bastante concreta. Todo lo que había hecho o conocido, visto, leído o pensado aparecía ante mí en su más absoluta vacuidad. Me sentía como un grano de arena sobre la superficie irremediable del asfalto. Cada mañana me despertaba con ansiedad, la cabeza disparada imaginando los sinsentidos más inútiles. Fumaba en el balcón, miraba series de TV compulsivamente. Los Soprano, tres veces. Breaking Bad. Californication, Friends. Las tazas se acumulaban en el fregadero. No es que disfrutara del sabor a café o de la sensación del humo colándose en los pulmones, apenas lo notaba, se trataba de hacerlo, seguir la rutina. Peleas constantes con mi mujer, conmigo mismo. Estuve unos meses largos de otoño e invierno desempleado, fantaseando con irme de Madrid, huir a Buenos Aires. Ya eran diez años fuera del país. Los suficientes como para ya no ser de aquí ni de allá. Una nueva rotura de los ligamentos cruzados de la rodilla derecha. Las cosas fueron de mal en peor. A mi padre le diagnosticaron alzheimer y con mi hermana temíamos que mi madre terminase hundida cuidándole. ¿Qué coño es lo que había vuelto tan complicada a la vida?

Durante toda mi infancia y juventud me había esforzado por comprender, por cultivarme intelectualmente, ¿de qué servían Platón, Nietzsche o Schopenhauer?  Después de los 30 el tiempo había corrido más deprisa. Con 38, el tiempo ya no se encontraba con obstáculos, arrasaba con todo. Los días desaparecían a la velocidad de la pólvora. Antes de suspirar, llegarían los 40. Una puta mierda. ¿Qué quiero hacer?, ¿quién quiero ser?, ¿cómo quiero vivir?, ¿lo podré lograr?, ¿qué carajo hago?

Como cada cuatro años, el Mundial. Esta vez, para los argentinos, con el morbo añadido de que la sede fuera Brasil y entonces el sueño de ver a Messi levantando la copa en el Maracaná. El juego del equipo argentino frente a los bosnios, los iraníes y los nigerianos se destacó por la falta de rumbo. A la carencia de fútbol colectivo, la suplimos con el juego individual del 10 y las veces en que frotó la lámpara de Aladino. Desde que tenía 14 años, no había visto a la selección argentina clasificarse para las semifinales de un Mundial. Luego de un empate con Holanda, el arquero argentino atajó dos tiros en la tanda de penales y pasamos a la final. El rival otra vez Alemania, que venía de meterle siete goles al anfitrión Brasil, en una de las humillaciones más duras que sufrió un seleccionado sudamericano. Argentina tuvo oportunidades de vencer al combinado germano, pero al igual que 24 años antes caímos derrotados. La urgencia de gloria quedó pospuesta. Para la memoria futbolera quedaron tres hitos: la volea pifiada del Pipa Higuaín; la mala definición de Palacio por arriba del arquero alemán y la cara desencajada de Messi al ir a recoger la medalla por el segundo puesto.

Messi

 

saravia.gregorio@gmail.com

Profesor de Filosofía. Doctor en Estudios Avanzados en Derechos Humanos.

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