Llegar para partir: integrando la muerte perinatal en la historia personal y familiar

 

Mi aportación al blog en esta ocasión es muy personal, de reconocimiento a mi hermana fallecida antes de finalizar su gestación, en el vientre de mi madre. Y a través de ella, a todos esos niños cuya vida se truncó antes de que pudieran experimentar su existencia en este mundo exterior que nos envuelve y nos da sentido.

 

¿Qué es la muerte perinatal?

Es curioso observar cómo cada país suele tener unos criterios diferentes a la hora de definir qué es la muerte perinatal. En España, engloba los fallecimientos que se producen desde la semana 28 de gestación hasta los primeros siete días de vida. No obstante, otras definiciones más amplias tienen mayor alcance:

  • muerte gestacional temprana: se produce hasta la semana 22 de gestación. Aquí podrían incluirse las pérdidas tempranas, incluidas las derivadas tras procesos de reproducción asistida (algo tan común en la actualidad, y que no se acompañan con la sensibilidad necesaria);
  • muerte fetal, que abarca desde la semana 22 o 500 gramos de peso, hasta el momento del nacimiento;
  • muerte neonatal precoz, en la primera semana de vida extrauterina;
  • muerte neonatal tardía, desde los 7 a los 28 días de vida.

Existe poca formación por parte de los profesionales en este ámbito, escasa sensibilidad al respecto, y poco respeto hacia el duelo que inician los padres, que también suele ser acallado y poco reconocido por la sociedad.

En los últimos años, han ido surgiendo redes de apoyo creado por las propias madres y padres, como puede ser el caso de la red El hueco de mi vientre, o iniciativas de apoyo, sensibilización, investigación e integración con los profesionales, como puede ser el ejemplo de Umamanita. También desde el mundo sanitario ha habido iniciativas de protocolización para la atención a los padres, e incluso a nivel de científico y de políticas sanitarias, ha habido trabajos recientes a nivel internacional que miden las consecuencias de la muerte perinatal sobre la sociedad.

 

 

La muerte perinatal en mi familia

Soy el pequeño de cuatro hermanos nacidos vivos, dos varones que son los mayores, mi hermana y, finalmente, yo. Si bien siempre he sentido un vínculo muy fuerte y especial con mi hermana, con la que me llevo ocho años, también es cierto que durante la mayor parte de mi vida he tenido la sensación de que ellos tres iban por un lado, eran como de otra dimensión, y que yo nací “descolgado”, como de otra rama del árbol. Desde que fui pequeño, escuché la historia de que mi madre había tenido un aborto unos años antes de que yo naciera, cuando mi hermana era pequeña. Fue un relato que normalicé, pero que hasta años recientes no he llegado a integrar para comprender la importancia que tuvo ese quinto hermano no nacido en mi propia existencia.

 

 

A medida que fui creciendo, comencé a prestar mayor atención a esa historia que mi madre nunca ocultó. Serían finales de los años 60 del siglo pasado. Ella se encontraba en el 4º-5º mes de gestación. Relataba que sufrió fuertes contracciones, fue hospitalizada, y el desenlace fue la muerte del feto que estaba gestando. Ella siempre contaba que en el hospital fueron muy poco humanos. Le trajeron el feto en una caja de zapatos, decía que era como “un conejito” pequeño (siempre me sorprendió su forma de describirlo, su distancia emocional, que más tarde he ido comprendiendo), y le dejaron esa caja bajo su cama toda la primera noche. Se trataba de una niña. Su nacimiento hubiera supuesto que mis padres tuvieran dos hijos y dos hijas. Quizá yo no hubiera existido, quién sabe. Pero esta idea ya desde pequeño comenzó a rondarme por la cabeza.

 

Aprendiendo a integrar

Fue algo después de la muerte de mi padre, cuando comencé un camino de indagación personal mucho más profundo y consciente. Asistí a un taller de constelaciones familiares, donde se hablaba de la importancia de los abortos y las muertes ocultas dentro de los sistemas familiares. Me correspondió participar en las constelaciones de otros asistentes, y en varias ocasiones me elegían como hermano fallecido o aborto dentro de sus representaciones. Y algo profundo dentro de mí se movió. En una visita a mi madre en aquel entonces, seguí investigando. Ella reconocía que le hacía ilusión tener una niña, las dos “parejitas”. Pero también decía que superó aquello porque no le quedaba más remedio, tenía que seguir viviendo. Con los años llegué yo (en cierto modo, era mi padre quien tenía más ilusión por tener hijos, mi madre sencillamente aceptaba la situación), y en cierto modo, imagino que se movieron muchas cosas en esta nueva maternidad.

Fue en aquel entonces cuando comencé a integrar la existencia de mi hermana no nacida dentro de mi sistema familiar. Comencé a decir que habíamos sido cinco, aunque realmente solo nacimos cuatro vivos. En cierto modo, sentía que esa hermana era el eslabón que me unía al resto de mis hermanos, y mi percepción de “rama descolgada” comenzó a cambiar, me sentía más integrado familiarmente.

Unos años antes de fallecer, mi madre comenzó a tener un deterioro de memoria importante, que finalmente resultó deberse a un trastorno epiléptico de origen vascular que le producía episodios de ausencias. Fue algo muy transitorio, de pocos meses, que se corrigió con fármacos antiepilépticos. Pero durante ese tiempo, hubo una ocasión en la que se desorientó y sucedió algo que me impresionó profundamente. Estaba un día pendiente de su cuidado, cuando me fui a hacer la compra y la dejé sola. Coincidió que en ese lapso de tiempo, la visitó mi cuñado para dejarle unas cosas. Cuando regresé, me la encontré totalmente perdida y asustada. Decía que la había visitado un hombre. Indagando, ya me dijo quién era, y le pregunté con quién estaba casado, y me dijo que con mi hermana. Y al preguntarle por el nombre de mi hermana (que se llama Alicia), me dijo “¿Susana?”. Me quedé sorprendido, pues nadie en mi familia se llamaba así, y no es un nombre que me haya resultado común en nuestro entorno. Finalmente ya dijo “Alicia” y comenzó a sosegarse y a sentirse más orientada. Un mes después, hablando con mi hermana, le pregunté si ella sabía de alguna Susana. Y mi hermana se quedó impresionada, y me comentó que era el nombre que ella, siendo niña y estando mi madre embarazada, quería ponerle a esa hermana que no llegó a nacer. Mi asombro no tenía límites, pues en ese momento donde la memoria parece desintegrarse y aflora el inconsciente, ahí estaba una huella palpable de la importancia que para mi madre había tenido esa hija que no pudo llegar a compartir la vida como los demás.

 

Tomando conciencia de la importancia de la muerte perinatal

Tras fallecer mi madre, y continuando mi camino de aproximación al mundo de la maternidad, decidí realizar una formación en salud mental perinatal. Coincidió todo un año de aprendizaje y de reflexión profunda con el duelo por la muerte de mi madre. En el tercer mes de formación, se abordó lo relativo a las pérdidas gestacionales y el duelo perinatal. Fue un encuentro presencial muy emotivo, donde algunas compañeras compartieron sus propias experiencias en este sentido, y donde sentí muy presente a mi madre, hasta el punto de romperme y llorar abiertamente, pues comprendí por fin lo que pudo suponer para ella pasar por aquello en esa época ya lejana, pude empatizar con su dolor, y también lo que supuso una nueva gestación, cuyo resultado fui yo. Aquello supuso conectar desde el corazón con mi hermana Susana, poder hablar de ella cada vez más abiertamente, reconocer y agradecer su existencia, aunque efímera, pero con una huella tan grande en mi vida.

 

¿Por qué mi relato?

Reconozco que me cuesta abrirme y compartir algo tan íntimo a través de este medio. Y sobre todo, salir de mi forma más “aséptica” emocionalmente de compartir conocimientos y experiencias. Pero el valor de lo que he escrito, para mí, está precisamente en abrirme a normalizar una situación que es habitual en la mayor parte de familias, al menos en alguna generación, y que también es habitual que se oculte, o no se hable de ello, o que ni siquiera se dé la importancia que merece al ser que se fue, y a los sentimientos de pérdida de la madre y el padre, a los que en muchas ocasiones les corresponde bloquear un duelo que la sociedad no les permite vivir. Por supuesto que un relato en primera persona hubiera sido más impactante, pero precisamente mi visión como hermano y como hombre creo que también puede contribuir, con una visión diferente y complementaria, a este proceso de integración por parte de la sociedad de una experiencia tan dura como frecuente y profunda.

 

 

Agradecimientos

Me gustaría agradecer la gran labor que está realizando el Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, tanto en la sensibilización como en la formación en el ámbito perinatal. Mi paso a través de dicha formación ha dejado una gran huella en mí, tanto a nivel profesional como personal.

Y quiero agradecer a todos mis hermanos su existencia y su presencia en mi vida, especialmente a mis hermanas, Susana, que se quedó en el camino, y a Alicia, que precisamente hoy cumple años y vivo como una gran luz de amor. Y cómo no, agradezco a mis padres, y especialmente a mi madre, que me permitieran llegar a este mundo y acompañarme de la mejor forma que supieron, a pesar de todo lo vivido.

 

Referencias bibliográficas

 

 

 

juanm.morillo@gmail.com

Aplico la musicoterapia desde un enfoque humanista, empleando principalmente la improvisación musical. Trabajo con adultos que quieran trabajar sus emociones tanto en sesiones individuales como en grupos o colectivos específicos.

  • 18/04/2018

    JuanMa
    Fuimos compañeros en la formación del año pasado. Me parece precioso lo que has escrito, y agradezco que tengas la valentía de compartir tus reflexiones, que increíble lo que cuentas de tu madre…en momentos de vulnerabilidad aparece lo más profundo.
    Cariños

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