Nietzsche, Dioniso y la vida como obra de arte

En la primavera de 1869 Friedrich Nietzsche se instala en Suiza para ocupar su plaza como catedrático de filología clásica en la antigua Universidad de Basilea. Tiene sólo veinticuatro años pero ya le avala su título de doctor por la Universidad de Leipzig y una cierta reputación como joven promesa del mundo académico. Sin embargo, a él no parece preocuparle el prestigio que otorgan los puestos docentes ni la fama que acompaña a los más veteranos. Algo sin nombre está creciendo dentro de él, mientras los días transcurren entre lecturas de Schopenhauer y visitas a su amigo el compositor Richard Wagner en Triesbschen, a orillas del Lago Lucerna.

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Durante el invierno de 1870,  y mientras prepara su libro sobre la tragedia griega, escribe una carta a su amigo Rhode en la que le confiesa que no tiene ninguna ambición literaria, que no necesita adherirse a ningún patrón dominante y agrega “ciencia, arte y filosofía crecen ahora tan juntos dentro de mí, que en todo caso pariré centauros”.

El primer centauro que saldrá de las entrañas de Nietzsche, vendrá precedido de contratiempos y tempestades. La salud del filósofo empeoró considerablemente y empezó a experimentar episodios de depresión aguda seguidos de momentos de exaltación maniática.

Alejado temporalmente de la vida universitaria, se irán borrando para él las fronteras que dividen al pensamiento de la poesía, a la filosofía de la filología y al arte de la existencia.

Se va acabando el año 1871, cuando aparece la publicación de su primera obra El nacimiento de la tragedia. Al silencio indiferente de sus colegas filólogos, le siguió la franca hostilidad de algunos de ellos e incluso la de su maestro Ritschl que consideró al escrito una ingeniosa borrachera y resultado de la megalomanía.

Lo que estaba llamado, en principio, a ser un tratado exclusivo para especialistas de la cultura helénica, se convirtió en la carta de presentación de un pensador potente, vital e intempestivo.

Nietzsche nos ofrece una nueva visión del mundo y lo hace a partir de una vivencia personal porque pondrá en juego su intuición y experiencia de la vida y de la muerte. Ambas son, en realidad, una y en este sentido afirmar la generación es recíprocamente afirmar la destrucción. Si nos vamos al terreno del arte, vemos que el combustible del que se alimenta la creación es lo dionisiaco. Todo el desarrollo del arte aparece ligado a la duplicidad de lo dionisiaco y lo apolineo, de igual manera que la reproducción depende de la dualidad de los sexos.

Con Dioniso y Apolo, el mundo griego nos legó una antítesis primordial, fundamental, ya que ambas divinidades marchan una al lado de la otra pero lo hacen en abierta discordia y excitándose mutuamente para parir frutos nuevos y cada vez más fuertes.

Mientras que lo apolineo puede identificarse con el sueño, aquel en el que por primera vez, según Lucrecio, se presentaron ante las almas de los hombres las figuras de los dioses; lo dionisiaco puede identificarse con la embriaguez.

 

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Apoderarnos de nuestra vida, proclamar la soberanía sobre esa fuente eterna que produce individuaciones sin cesar y que al producirlas se desgarra a sí misma
. Porque nadie dijo, y mucho menos Nietzsche, que se tratara de coser y cantar. La vida es dolor y sufrimiento porque para brotar debe quedar despedazado lo Uno que está en el origen o el Todo del que formamos parte, pero la vida también tiende a salir del dolor y reintegrarse en la unidad perdida.

Asumir el carácter trágico de la vida, supone celebrarla y embriagarnos de ella. No temer constantemente a la muerte porque, en última instancia, no es otra cosa que el reencuentro con el origen. Morir no es desaparecer sino reintegrarse en el ciclo perpetuo de la vida. La aniquilación de nuestra individualidad es la condición necesaria de nueva vida. Darse cuenta de esto, tomar conciencia de la vida y de la muerte es, en términos nietzscheanos, pensar trágicamente.

Abrazar lo dionisiaco es una forma de intuir la unidad de todas las cosas pero también su necesaria separación.

En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche extiende el concepto de lo bello hasta confundirlo con la propia justificación de la existencia del mundo.

El mundo podría no existir, no es necesario que exista pero en esa gratuidad de su existencia se encuentra la verdad de lo que es la vida, de lo que acontece.

No importa aquí desvelar el mecanismo de la vida, sus funciones o razones, lo que vale es la vida misma: lo bello.

La embriaguez dionisiaca es apretura a lo bello, a lo vital. Lo que Nietzsche llama VOLUNTAD: esa fuerza motriz inefable, aquello que se incrementa en su ser, lo que sólo elevándose se sostiene.

Se trata de encontrarse yendo más allá de uno. Trascenderse como mismidad. Expandirse siendo. Será en esta trascendencia donde podamos recogernos en nuestra propia esencia.

En Nietzsche encontramos una antropodicea, una justificación de la vida como obra de arte cuyo artista es el ser humano. Por ello no puede darse una captación del ser que sea  racional o teórica, sino una captación artística.

El artista de la vida no busca hacer o producir algo, más bien transformar.

Hay que filosofar con el martillo, decía Nietzsche, no para romper sino para desechar lo que no es sólido pero sólido no es lo fijo, sino es lo que se transforma.

Abriéndonos a lo que no es, creamos y jugamos. Nos vuelve a estremecer la potencia artística de nuestra naturaleza y se resquebraja un mundo que se nos ha vuelto extraño.

Hay que abrir nuevos espacios, explorar otras posibilidades para que la vida se diga a sí misma.

La vida como obra de arte y nosotros sus artistas. La auto poiesis por la que yo mismo me creo dándole un rostro a lo que la vida quiere de mí.

Estamos todos invitados al festín de Dioniso, que no es otro que el de nuestra propia vida.

Cantemos, ríemos, bailemos, levantemos nuestros corazones. Ya casi estamos a punto de volar porque:

Bajo la magia de lo dionsíaco no sólo se renueva la alianza entre los seres humanos: también la naturaleza enajenada, hostil o subyugada celebra su fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el hombre.

Tenemos en Nietzsche a un aliado, un amigo poeta y filósofo que celebra la vida.

saravia.gregorio@gmail.com

Profesor de Filosofía. Doctor en Estudios Avanzados en Derechos Humanos.

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