Pongamos ritmo a nuestra vida

Te propongo algo. Puedes colocar tu mano sobre tu corazón, cerrar los ojos, y permanecer así unos instantes, sencillamente permitiéndote vivir este momento en toda su inmensidad. Sentirás ese latido que marca el ritmo de la vida, su fuerza, su resonancia, su regularidad, su variación. Seguramente también sentirás el ritmo de tu respiración. Experimenta con ella, hazla más profunda, y comprueba qué ocurre con tu ritmo cardiaco. Si te fijas, la vida es ritmo. El ritmo es vida.

 

Conectando con nuestros ritmos internos

 

¿Qué entendemos por ritmo?

Si consultamos el diccionario de la Real Academia de la Lengua, ritmo tiene diversas acepciones. Se define como el orden acompasado en la sucesión o acaecimiento de las cosas. También como la sensación perceptiva producida por la combinación y sucesión regular de sílabas, acentos y pausas en el enunciado, especialmente en el de carácter poético. Y a nivel musical, como la proporción guardada entre los acentos, pausas y repeticiones de diversa duración en una composición musical.

Si buscamos un nexo que conecte todas estas acepciones, nos encontramos con el tiempo como el elemento que nos permite captar un orden cíclico en lo que nos rodea. Y el sentido que más se ha especializado en captar ese orden es el oído.

 

 

¿El movimiento como impulsor?

Si nos detenemos un poco a reflexionar, nos daremos cuenta de que el lenguaje existe gracias al ritmo. El ser humano ha aprendido a organizar diferentes sonidos en el tiempo, con una acentuación y pausas, con una entonación concreta, que le ha permitido expresar aquello que lleva en su interior, y también organizar lo externo. ¿Y de dónde surge esta capacidad humana?

Parece que el movimiento es el impulsor de toda nuestra conciencia rítmica sonora. Si bien diversos pedagogos musicales han contribuido a esclarecer este hecho, las observaciones sistemáticas realizadas por Edwin Gordon en la segunda mitad del siglo XX han sido fundamentales para comprender la importancia del balbuceo musical como etapa en la que los bebés y niños pequeños experimentan a través del movimiento y los sonidos emitidos por ellos mismos sus propios ritmos internos, como el de la respiración, y van tomando conciencia de que ante un estímulo musical externo, su cuerpo responde, y paulatinamente aprenden a coordinar sus movimientos. Es una capacidad innata en el ser humano. Somos seres musicalmente rítmicos.

 

 

Lo que las últimas investigaciones en neurociencia van confirmando es cómo ese desarrollo del sentido rítmico influye en otros aprendizajes. La exposición temprana a entornos musicales va a favorecer un mejor desarrollo de las habilidades motoras, de la coordinación, y derivado de todo ello, también va a tener una influencia importante en el desarrollo del lenguaje. Los ritmos musicales de cada cultura tienen mucho que ver con las características de la lengua predominante en esa cultura. Y cuando un niño está inmerso en ese entorno musical desde el disfrute y el juego, absorbe a través de su cuerpo, no de su mente, una forma de sentir el ritmo y de integrar posteriormente el lenguaje.

El empleo de un habla cantada, como el uso de recitados o rimas, junto con movimientos coordinados amplios y fluidos, es una forma excepcional de captar la atención de los más pequeños, disfrutar con ellos, y facilitar un aprendizaje desde edad temprana que cristalizará en los años posteriores.

 

¿Qué conexión hay entre nuestro sistema auditivo y motor?

Desde la década de 1990, ha habido una gran cantidad de investigaciones que ponen de manifiesto la conexión a nivel cerebral entre nuestro sistema auditivo y nuestro sistema motor, que facilita enormemente el desarrollo de movimientos. Este acoplamiento se basa en el proceso de arrastre (entrainment, en inglés). La definición técnica del arrastre hace referencia al ajuste temporal con el que la frecuencia de movimiento o señal de un sistema arrastra la frecuencia de otro sistema. El ejemplo que se expone habitualmente es el de dos péndulos con diferente ritmo, que terminan acoplándose.

Nuestro sistema auditivo tiene la capacidad de detectar patrones temporales en señales auditivas con una precisión y velocidad extremas, mayores que la de los sistemas visual y táctil. El gran descubrimiento es que los estímulos auditivos rítmicos pueden arrastrar respuestas motoras. Escucha una música que te guste y que tenga un ritmo claramente perceptible. Seguramente sentirás un impulso interno para mover pies, manos, hombros. Si te alejas de la mente, es decir, si no pretendes seguir el ritmo, sino que sencillamente te dejas sentir y sumergir en la vibración sonora de la canción, tu cuerpo se ajustará inconscientemente al ritmo marcado por ella.

 

¿Qué aplicaciones tiene el ritmo en la rehabilitación neurológica?

La mayor repercusión de este hallazgo ha sido su aplicación para la rehabilitación motora. Las personas con enfermedad de Parkinson, hemiparesia derivada de un ictus, parálisis cerebral y otras alteraciones a nivel cerebral conservan la capacidad de arrastre, y por tanto, el empleo de estímulos auditivos rítmicos puede facilitar su rehabilitación a nivel motor. Un ejemplo es la demostración de la mejora de la marcha en personas con Parkinson.

La estimulación auditiva predispone al sistema motor hacia el movimiento. Esta preparación aumenta la calidad de la respuesta posterior. Además, los estímulos rítmicos crean plantillas temporales estables y previsibles. La anticipación es un elemento crucial para la mejora de la calidad de movimiento, puesto que es posible ajustar mejor los parámetros musculares inconscientemente.

 

 

¿Y qué permite el ritmo a nivel emocional y social?

Más allá del movimiento rítmico, el modo en el que los seres humanos han creado sus propios ritmos sonoros ha sido a través de la percusión. Percusión corporal, en la que las manos, pies, torso, brazos, se convierten en un instrumento sonoro con el que establecer ritmos, o bien percusión instrumental, en la que el mundo de los tambores, diferentes según las culturas, mueve aspectos profundos de la esencia humana.

 

 

La percusión nos conecta con el cuerpo, con la tierra, con nuestra parte más animal e instintiva. Nos aleja de la mente, en cierto modo, nos desdibuja nuestra identidad, y desde ahí nos abre a conectar desde otra dimensión con el otro. Si quieres sentirlo, solo es necesario que estés, al menos, con otra persona. Marca un ritmo estable sobre tus piernas. Y deja que la otra persona marque el suyo. Tarde o temprano os acoplaréis, y seguramente comenzarás a sentir que tu interior se expande, que tu cuerpo se mueve sin que lo provoques, y habrá un cambio en tu estado de ánimo. Os habréis sincronizado, por fuera y por dentro.

La ciencia ha demostrado que el movimiento sincrónico entre adultos aumenta la cohesión grupal y la cooperación social. El movimiento sincronizado parece tener efectos prosociales, tanto si está acompañado o no por música, pero la predecibilidad temporal de los ritmos musicales proporciona un contexto ideal que respalda ese movimiento sincronizado. Ya desde niños desarrollamos esta capacidad.

Si estás ante un niño retraído o enfadado, muéstrale un tambor, o cualquier instrumento que tenga un parche, y dale unas baquetas para golpear. Si tienes tú otro, genial. Seguramente se ponga a golpear, a expresar físicamente aquello que no sabe decir en palabras y que le desborda interiormente, y si le acompañas, escuchando y respetando su ritmo, os sincronizaréis, y se producirá un cambio en el interior de ambos. Seguramente habrá una subida intensa, y luego un descenso para llegar a un punto de serenidad compartida. Quizá sea más fácil poner palabras a lo sentido tras esta intensa experiencia.

 

Los círculos de tambores como herramienta de conexión

Compartir la percusión instrumental con otras personas, es decir, formar un círculo de tambores, es una de las formas en las que los primeros humanos aprendieron a compartir emociones y estados anímicos más allá de las palabras. Fortalecía la sensación de grupo, y el hecho de que se tratara de movimientos rítmicos y predecibles facilitaba que se pudiera entrar en otros estados no ordinarios de conciencia.

La ciencia va demostrando el carácter terapéutico de estos círculos. Tanto a nivel físico, con mejora de parámetros inmunológicos y de rendimiento, como psicológicos, como la reducción del estrés y la mejoría del estado anímico, así como una conducta más prosocial. Incluso hay experiencias de empoderamiento a nivel social basadas en los círculos de tambores.

 

 

Y llegados a este punto, y como reflexión final, me doy cuenta de que nuestra mente siempre necesita datos para confirmar aquello que es intuitivo, que nuestro cuerpo ya sabe y siente. Seguramente si dejáramos que el ritmo guiara nuestro cuerpo, nuestra mente se abriría a dejarnos guiar por el propio ritmo de la vida, sin tanta necesidad de controlar racionalmente, sin tanto esfuerzo. Cerremos los ojos y sintamos de nuevo nuestro corazón. ¿Te animas a balancearte y dejarte mecer por la vida?

 

 

Referencias bibliográficas

  • Gordon, Edwin E. (2007). Learning sequences in music: a contemporary music learning theory. GIA Publication Inc.
  • Stevens, Christine (2014). La música como medicina. Ediciones Urano.
  • Thaut, Michael; Hoemberg, Volker (2014). Handbook of Neurologic Music Therapy. Oxford University Press.

juanm.morillo@gmail.com

Aplico la musicoterapia desde un enfoque humanista, empleando principalmente la improvisación musical. Trabajo con adultos que quieran trabajar sus emociones tanto en sesiones individuales como en grupos o colectivos específicos.

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