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La revolución del mindfulness – 2ª parte: la sombra de la meditación

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“Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo la oscuridad consciente.” (Carl G. Jung, 1945. “El árbol filosófico”, p. 335)

Quizás uno de los factores que haya contribuido más en la llamada “revolución del mindfulness” (véase La revolución del mindfulness – 1ª parte: más allá de la meditación) sea su promesa de felicidad. Esta promesa la comparte con tantas otras formas de meditación, yoga, coaching o terapias alternativas también populares en nuestro tiempo.

En el caso del mindfulness, el respaldo de la comunidad científica en los campos de la biología, la neurociencia o la psicología, así como el creciente número de estudios clínicos que avalan sus efectos positivos para el bienestar, parece marcar la diferencia. Por lo que el mindfulness se presenta como el último método de autoayuda y, además, “comprobado científicamente”.

Sin embargo, existe un aspecto poco conocido del mindfulness, un tabú. Y es que las prácticas de mindfulness no funcionan siempre, ni parecen funcionar para todo el mundo. De hecho, incluso en algunos casos la persona se siente peor.

Es un fenómeno para el que se prepara nula o escasamente a los practicantes de meditación, así como a los instructores. En contextos tradicionales budistas, por el contrario los maestros sí que advierten de la peligrosidad de la meditación y, por lo tanto, también de enseñar a meditar.

En estos contextos espirituales la precaución suele residir en el carácter esotérico o iniciático de la enseñanza, así como en el seguimiento personalizado de la relación maestro-discípulo. No es aquí mi propósito tratar si estas precauciones son suficientes y las posibles derivas de la práctica meditativa en contextos budistas.

Por el contrario, me propongo indagar en los efectos adversos que parece tener la meditación para algunas personas en un contexto laico. En efecto parece ser que la popularización del mindfulness ha dejado en la sombra los riesgos de la meditación, por otro lado conocidos desde antaño.

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La sombra de la meditación oculta riesgos reales. Conocidos por la tradición budista, hoy la popularidad del mindfulness parece ignorar estos riesgos.

 

La popularización de la meditación

Cada día la meditación es más popular en nuestra sociedad y cada vez forma parte en mayor medida de la corriente principal, el mainstream. Y no podría ser así si no la asociáramos con la salud y el bienestar. Puede parecernos obvio, lo que nos muestra hasta qué punto hemos internalizado esta creencia , ¿cómo va a no ser bueno meditar?

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– “¡Camarero, un trago de meditación por favor!”

Sin embargo, debemos tener en cuenta que en Asia, en las sociedades budistas la gente no medita. Ni siquiera los monjes budistas meditan. Recitan las escrituras, realizan oraciones, invocan a las divinidades protectoras y ahuyentan a los espíritus maléficos, etc., pero casi nadie practica la meditación tal como nosotros la entendemos.

En el budismo, tanto seglares como monjes no aspiran a la “iluminación”. El nirvana o la extinción del sufrimiento es un objetivo muy lejano, después de vidas y vidas acumulando méritos para algún día tener un renacimiento en el que, entonces sí, uno pueda llevar la vida de ascesis y renuncia que el propio Buddha emprendió en su momento.

Es decir que tradicionalmente, en el budismo la meditación, entendida como un medio de liberación del sufrimiento, está reservada a una minoría de practicantes muy avanzados que llevan una vida de reclusión. La población y la clase monástica se ocupan de fines más mundanos. 

Pero en Occidente pocos serían los interesados en pagar por una conferencia sobre exorcismos o por un retiro de plegarias. ¡No, aquí queremos meditar! ¡Queremos todo el pastel! Eso sí, sin renunciar a nuestro estilo de vida.

Este es el primer desajuste, un conjunto de prácticas de cultivo de la mente de una gran complejidad se ofrecen por primera vez al público en general. Es algo así como la popularización de la ascensión al Monte Everest. Y ya conocemos el resultado.

 

Posibles efectos adversos de la meditación

Hay que reconocer que resulta difícil detectar los efectos contraproducentes de la práctica meditativa, puesto que las personas que sienten que meditar no les funciona tienden a no expresarlo. Puede que en muchos casos piense que es ella o él quien no lo hacen bien, que es “culpa” suya o que se debe a un problema personal.

En una ocasión, al salir a la calle después de una sesión de uno de mis cursos, una participante sufrió un ataque de ansiedad y fue hospitalizada de urgencia. Por suerte volvió a la siguiente sesión y me lo contó ella misma, de lo contrario nunca lo habría sabido. Al final del curso mostraba una sonrisa de satisfacción por su evolución positiva.

En un curso en el contexto profesional, en el transcurso de un ejercicio de relajación profunda otra participante abandonó la sala y pidió ser atendida por personal sanitario que se encontraba en las instalaciones. Le detectaron un episodio de hipertensión y le aconsejaron ir a casa a descansar.

En otra ocasión, en el transcurso de un retiro en el que participaba como alumno, en una sala repleta con más de cien personas meditando en la penumbra antes del amanecer, de repente un extraño sonido rompió el silencio. Una mujer había sufrido un desmayo y al caerle la cabeza hacia atrás se estaba ahogando. Finalmente cayó al suelo y rápidamente varios médicos presentes en el grupo acudieron a atenderla. Ella misma me contó que solía tener problemas de hipotensión.

Todos estos casos son muy poco frecuentes, al menos los que se visibilizan, pero son suficientemente importantes como para recibir la atención debida.

En un segundo grupo, podríamos encontrar síntomas más leves pero que impactan a los participantes con una cierta mayor frecuencia. Estos pueden ser la aparición inesperada de un dolor abdominal, el aumento de un dolor cervical o insomnio 

Finalmente, en un tercer grupo, podríamos encontrar los efectos más leves pero de una incidencia más común: cambios de humor, irritabilidad o apatía.

 

El efecto “backdraft”

Así pues, la pregunta es: ¿por qué a veces la meditación produce el efecto opuesto al esperado? Yo lo llamo efecto “rebote”, aunque se suele traducir como “contracorriente”, pero su nombre original es “backdraft”. Este concepto fue acuñado por los profesores de psicología Christopher Germer (Universidad de Harvard) y Kristin Neff (Universidad de Texas), dos de los mayores especialistas en mindfulness y los creadores del programa Mindful Self-Compassion.

En efecto, el backdraft o “explosión de humo” describe la imagen bien conocida, por fortuna para la mayoría de nosotros solo en el cine, en la que en un incendio al abrir una puerta o una ventana la entrada repentina de oxígeno produce una violenta explosión.

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Los bomberos conocen muy bien los riesgos del efecto backdraft o “explosión de humo”.

En la meditación, nuestras experiencias de dolor y sufrimiento son el fuego. De hecho, ya el Buddha utilizaba la imagen del fuego para representar el concepto de dukkha, toda forma de insatisfacción o infelicidad.

“¡Monjes, todo está en llamas! ¿Qué es lo que está en llamas? La visión está en llamas, los objetos visibles están en llamas y la conciencia visual está en llamas.”

(Buddha, Enseñanza del fuego, Adittapariyaya Sutta, SN 35:28)

No olvidemos que el concepto de nirvana significa precisamente “extinción”, extinción de este mismo fuego. Pero volvamos al backdraft. Nuestro dolor físico o emocional es el fuego que nos consume y que intentamos por todos los medios no sentir o, al menos, tener bajo control. Por lo que ese fuego se encuentra en una habitación cerrada a cal y canto, sin apenas oxígeno. Es en este escenario en el que aparece el bombero que busca extinguir el fuego, es decir la meditación.

Toda forma de dolor es percibida como una amenaza. De hecho esa es la función adaptativa del dolor, ser una señal nocioceptiva, el aviso de un posible daño. Como tal, desencadena en la persona la primera fase del estrés, la “fase de alarma”. Es decir que activa una reacción de evitación del peligro o la amenaza mediante la huída o la parálisis, que se manifiesta con tensión muscular, sentimiento de miedo y pensamientos de preocupación.

Pero qué sucede cuando es la propia reacción natural de estrés la que se percibe como un peligro o una amenaza. Qué sucede cuando ya no es la infección gastrointestinal la que mi organismo percibe como una amenaza, sino que ahora es el propio dolor estomacal que me avisa de ello el que empieza a preocuparme y veo como peligroso. ¿Tendré una úlcera? ¿Será grave? Pues que reactivamos nuestra respuesta de estrés y el dolor primario se ve incrementado con un nuevo dolor creado por nosotros o dolor secundario. Se trata precisamente de la distinción entre dolor (inevitable parte de la vida) y sufrimiento (evitable puesto que lo causa nuestra resistencia al dolor primario). Este fenómeno se conoce como ciclo reactivo del estrés, donde es el propio estrés el que nos estresa.

Esta es la ecuación formulada por Germer y Neff:

DOLOR X RESISTENCIA = SUFRIMIENTO

Que matizan de este modo:

EMOCIONES DIFÍCILES X RESITENCIA = EMOCIONES DESTRUCTIVAS

Los psicólogos han investigado mucho sobre la capacidad de suprimir de manera consciente los pensamientos y las emociones no deseados. Sus conclusiones son claras: no tenemos esa capacidad. Paradójicamente, cualquier intento de suprimir conscientemente los pensamientos y las emociones no deseados hace que estos se intensifiquen.

(Kristin Neff, 2012. Sé amable contigo mismo. El arte de la compasión hacia uno mismo. Barcelona: Oniro, pp. 130)

Y es que, a pesar de la complejidad de las técnicas de meditación, a nivel del Sistema Nervioso Autónomo básicamente lo que hacemos es activar su rama parasimpática, es decir que nos inducimos una “respuesta de relajación”, como ya llamaba a la misma meditación el cardiólogo Herbert Benson (véase La revolución del mindfulness – 1ª parte: más allá de la meditación).

Esta relajación desactiva la respuesta de estrés y, por lo tanto, nuestras reacciones evitativas ante la percepción de peligro o amenaza. Cierto, pero ello supone que a nivel psicológico se debiliten nuestras resistencias o mecanismos de defensa ante el dolor, lo que puede hacer que, en el menor de los casos, nos sobrevengan pensamientos sobre una dificultad por la que estemos atravesando en nuestra vida actual (y que intentamos olvidar con todo tipo de distracciones), o que incluso puedan aflorar recuerdos de una experiencia traumática (disociada de nuestra memoria largo tiempo atrás).

Pero la meditación mindfulness no es una mera relajación, sino que partiendo de este estado de atención receptiva y sin esfuezo, intencionadamente prestaremos atención a las experiencias que se presenten momento a momento. Es aquí donde, debido al propio ejercicio de relajación y atención consciente, de repente la persona se puede hallar atrapada en un espiral en el que cuanto más huye del dolor más se adentra en el mismo. Esto es el efecto backdraft o explosión de humo.

Kristin Neff lo define así:

“Las personas acostumbradas a la autocrítica constante, a menudo sufren un estallido de ira y emociones negativas intensas cuando intentan adoptar por primera vez un enfoque más amable y cariñoso consigo mismas. Es como si su concepción del yo estuviera tan cargada de un sentimiento de inadecuación, que este “yo menospreciable” luchara por sobrevivir cuando se siente amenazado. Por supuesto, el modo de tratar con el backdraft consiste en aceptar conscientemente la experiencia y sentir compasión por lo difícil que resulta experimentar una negatividad tan intensa.”

(Kristin Neff, 2012: 144-145)

En esta conferencia TED, Kristin Neff explica la diferencia entre autoestima y autocompasión. Cómo el foco exclusivamente en los aspectos positivos de la autoestima puede convertirse en un fuerte estresor de nuestro tiempo. 

 

La autocompasión

Llegamos pues al corazón de la meditación mindfulness: la práctica de la compasión. En nuestra cultura el concepto de compasión a veces puede entenderse de forma negativa. En efecto la etimología del término significa “sufrir junto con”, si tu sufres yo sufriré contigo. Per en el mindfulness compasión tiene un sentido muy distinto.

En el budismo la compasión es la intención de querer aliviar el sufrimiento de otra persona. Por lo tanto, cuando esta motivación se dirige a uno mismo hablamos de autocompasión: desear aliviar nuestro sufrimiento.

Para ello, una vez hemos traído de vuelta la atención errática al momento presente, acogemos con amabilidad cualquier experiencia difícil que pueda surgir. Con una sonrisa interior de ternura (el “yoga de la boca” como lo llama Thich Nhat Hanh), con una mirada afectuosa, estamos atentos pero no de forma neutra, sino con una atención amable y bondadosa. Podemos, por ejemplo, impregnar todo nuestro cuerpo de una claridad cálida, la claridad de nuestra atención a las sensaciones del cuerpo. Como si este se llenase de agua clara desde una fuente interna. Podemos abrazar a nuestro dolor como si de un bebé se tratara, con delicadeza y ternura.

La ira es como un niño pequeño que llora por su madre. Cuando el niño llora, la madre lo abraza amablemente entre sus brazos y lo escucha con atención para ver lo que está mal (…) No tenemos que rechazar nuestra ira. Es una parte de nosotros que, como el bebé, necesita nuestro amor y nuestra escucha profunda.

(Thich Nhat Hanh, 2013. Felicidad. Prácticas esenciales de mindfulness. Editorial Kairós: Barcelona, p. 130)

Así, desactivamos también la respuesta de estrés de “lucha, huída o parálisis”, pero también activamos el sistema de confortamiento, satisfacción y seguridadPaul Gilbert, profesor de psicología en la Universidad de Derby y creador de la Terapia centrada en la compasión, describe este sistema como la principal red neuronal de regulación emocional (véase Paul Gilbert, 2015. Terapia centrada en la compasión. Características distintivas. Bilbao: Desclée de Brower.).

Además, con la práctica de la compasión también fortalecemos nuestros vínculos de apego seguro, tal y como estudia Javier García Campayo, profesor de psicología en la Universidad de Zaragoza y creador de la Terapia de compasión basada en los estilos de apego (véase Javier García Campayo y Marcelo Demarzo, 2015. Mindfulness y compasión. La nueva revolución. Barcelona: Singlantana). En efecto, desde la perspectiva de los estilos de apego la práctica de la compasión desarrolla también la capacidad innata en los mamíferos de vincularnos y establecer un vínculo de apego seguro con nuestras crías, incluso cuando estas experimentan dolor. De allí la posibilidad de establecer ese mismo apego a nivel interno.

En resumen, al meditar no fijes la atención solo en la respiración, las sensaciones corporales, los sonidos, los pensamientos o la propia atención, observa también si aflora alguna incomodidad o malestar y, entonces, date cuenta de qué te dices o cómo te sientes. Me estoy hablando desde la exigencia, la culpa, la crítica. Me estoy enfadando, asustando, frustrando. Y entonces, abre el foco de tu atención y abraza de un modo afectuoso estas voces y sentimientos tal como son, sin juzgarlos ni intentar evitarlos. Como si fuera tu propio bebé, asustado, con dolor de barriga, con un berrinche. Abrázalo con el corazón, con todo tu amor. Y mécelo con el vaivén de tu respiración.

Finalmente, como afirman Neff y Germer: “No nos damos autocompasión para disminuir el sufrimiento, sino porque estamos sufriendo.” El mindfulness promete la felicidad, sí, pero una felicidad que incluye el sufrimiento, que lo abraza. El mindfulness es el cultivo de una atención que atiende el sufrimiento natural de estar vivos. Aportando sentimientos positivos de calidez y ternura a los sentimientos difíciles y dolorosos. Desarrollando el equilibrio emocional, una relación más equilibrada con las emociones difíciles.

Quizás no se trate tanto de extinguir “literalmente” el sufrimiento, sino de no prender más el fuego. Quizás podamos aprender a amar el sufrimiento, a amar en el sufrimiento.

 

ferranmestanza@hotmail.com

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