Estamos en la cola para entrar al parque de atracciones cuando vemos un cartel que pone “niños hasta 12 años entrada reducida”. De repente nuestro hijo adolescente, el cual acaba de cumplir catorce años y luce más bigote que Super Mario Bros, resulta que tiene doce. Andamos un par de metros y nos encontramos de frente con otro cartel que indica sin ambigüedades que no podemos introducir en el recinto comida o bebida alguna. Sin embargo, nuestras mochilas contienen bocadillos, chips y refrescos suficientes como para montar un puesto de ultramarinos improvisado. Nos hacemos los locos. Una vez dentro del recinto

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