Valiente como el Patito Feo, la experiencia de los exiliados.

Cada uno de nosotros tenemos libros que llegan a nuestras manos en momentos precisos, aquellos libros que parecieran que nos hablaran al oído, diciendo: “qué bueno encontrarte, te estaba esperando”. Hay un libro en especial que llevo conmigo desde hace años,  libro que además he regalado  a varias personas, que he recomendado innumerable veces, que he prestado y vuelto a recuperar.

 

Probablemente es un libro que muchos de ustedes ya hayan disfrutado, y que desde este espacio he invitado a leer en un par de ocasiones. Este libro es “Mujeres que corren con Lobos” de Pinkola Estés.

 

Hay un capítulo que quiero compartir con ustedes en estas líneas y es el “capítulo 6: El hallazgo de la manada: La dicha de la pertenencia”. Comienza con  la introducción de uno de los cuentos más conocidos por todos: el Patito Feo. Recordemos la versión clásica de disney que seguramente muchos de nosotros hemos podido ver, por lo menos los que ya pasamos el tercer y cuarto escalón (30-40 años).

 

 

El Patito Feo

 

Es un cuento clásico  escrito por Hans Christian Andersen,  publicado por primera vez  el 11 de noviembre de 1843, algunos historiadores indican que se trata de un cuento autobiográfico.

 

Resumiendo,  se trata de un cisne que cuando estaba siendo encubado, cae por accidente en un nido de patos, desde que nace se notan diferencias con el resto de los patitos hermanos, él era más grande, con un graznido estridente, torpe de movimientos, en fin, vemos que él como miembro de la familia tiene una clara diferencia con el resto, esta diferencia no es consciente o reconocida por éste hasta que no se empiezan a producir las primeras reacciones de rechazo o de exclusión de los que están alrededor, lo que hace que él se revise y se pregunte ¿Por qué me tratan así?, buscando explicar o justificar las razones de las reacciones de sus seres queridos.

 

La familia le hace ver que no es aceptado porque es diferente, y para marcar distancia se tornan violentos y maltratadores con él (con su naturaleza). A pesar de esto tenemos a nuestro patito feo (que es un cisne) intentando ser aceptado y haciendo esfuerzos en vano por ser querido y por pertenecer a esta familia, que constantemente le dice “tú no eres igual, no perteneces a nosotros”.

 

Él se aterra y rechaza su propia naturaleza, le entristece ver esto es motivo suficiente para alejarlo. Finalmente para sobrevivir,  con resignación acepta su destino y decide marcharse. Pero aun así no renuncia a su necesidad de pertenecer a un lugar, a una familia, y en el camino hace esfuerzos por encajar en otros sistemas,  pero es rechazado y expulsado en varias ocasiones. Esto hace que se sienta profundamente solo y sobre todo que sienta pena por su propia naturaleza, ya que gracias a ella ha sido rechazado.

 

Luego, gracias al destino (o a su fuerza interior), consigue a un grupo de cisnes, lo que no puede creer: “hay más como yo en el mundo!”. Finalmente es integrado y reconocido por este grupo familiar. Que feliz se va el cisne (reconociendo ya su verdadera naturaleza), al fin un lugar donde pertenecer, ya no hay dolor, ya no hay tristezas.

 

La experiencia de los exiliados

 

 

Este cuento describe magistralmente lo que Pinkola Estés llama “la experiencia de los exiliados”. El exilio puede entenderse como el hecho de encontrarse lejos del lugar natural debido a la expatriación o expulsión, voluntaria o forzada, sin poder regresar por múltiples amenazas, donde está en riesgo no solamente su integridad física, sino muchas veces su integridad moral y psicológica.

 

Seguramente en nuestras familias, hemos tenido algún miembro o nosotros mismos hemos sido llamados “ovejas negras”, “el patito feo”, ya sea por conductas distintas, ideales distintos, habilidades distintas, por diferencias físicas, por pertenecer a otro partido político, por ser o no ser religioso, por estudiar o no estudiar,  por enamorarse de alguien que no corresponde al “estatus, a la raza, al sexo ideal”, en fin por innumerables razones, y aquel que es tildado de “patito feo, de oveja negra” irrumpe, quiebra y desafía legados familiares y culturales que no encajan con su naturaleza (salvaje), y esto es motivo de expulsión.

 

En este sentido Pinkola Estés explica:

 

“En el cuento, las distintas criaturas de la aldea contemplan al patito “feo” y de una u otra forma lo considera inaceptable. En realidad, no es feo, pero no se asemeja a los demás. Es tan distinto que parece una alubia negra entre un kilo de guisantes. Al principio, la mamá pata intenta defender al patito que cree suyo. Pero, al final, se siente emocionalmente dividida y deja de preocuparse por aquel extraño retoño”.

 

Parafraseando a Pinkola Estés, ella hace una simbología sobre la madre pata, asociándola con “nuestro yo social”, es decir “el yo” frente a la comunidad o el sistema familiar, quien a principio defiende a su hijo “diferente”, que en este caso sería  nuestra naturaleza, nuestra pasión particular, nuestro ideal político, nuestro trabajo soñado, etc. Pero que finalmente por la presión de la sociedad y la amenaza de también ser expulsada decide gritar “ojalá te fueras lejos”, y el hijo se va.  Es decir, finalmente en algunas ocasiones antes de ser expulsados preferimos rechazar esa parte de nosotros que es castigada por la comunidad, desconectándonos y haciendo que huya a través de nuestra negación. Es una decisión dura que algunos toman, y otros no.

 

El proceso del exilio es sumamente doloroso, ya que primero invita a la persona a rechazar su propia naturaleza, a desconocerse, a desconectarse de su propia esencia con tal de pertenecer. Lo podemos ver en aquellos niños o niñas “sobre ajustados”,  que se separan de su curiosidad y de su vitalidad por cumplir los deseos impuesto por sus padres o familias. Aquellas mujeres u hombres viviendo vidas “socialmente aceptadas y esperadas”, pero separadas de sus propias pasiones.

 

 

“Las niñas que poseen una acusada naturaleza instintiva suelen experimentar un considerable sufrimiento en las etapas iniciales de su vida. Desde su más tierna infancia se sienten cautivas y domesticadas y les dicen que son tercas y se portan mal. Su naturaleza salvaje se revela muy pronto. Son niñas muy curiosas y astutas y ponen de manifiesto unas excentricidades que, debidamente desarrolladas, constituyen la base de su creatividad durante todo el resto de sus vidas. Teniendo en cuenta que la vida creativa es el alimento y el agua del alma, este desarrollo básico es extremadamente importante”.

Pinkola Estés

 

Es por ello, que aquellos valientes que se niegan a divorciarse de su naturaleza, y son capaces de confrontar y de romper con aquello que es violento contra ellos, con esos legados que lo encadenan a historias de dolor y de resignación, son generalmente apartados de los sistemas familiares, por ser “diferentes”. No porque el sistema sea “malo en si”, esta familia aprendió a organizarse de una manera distinta, van en otra sintonía, por diversas razones,  y esa “oveja negra o patito feo” pone en riesgo esa estructura que es sostenida por otros miembros del sistema, y que le han dado una identidad grupal.

 

 “Pero ni el alma ni la psique de la niña se pueden adaptar a tales exigencias. La insistencia en que se porte de forma “apropiada”, cualquiera que sea la definición que pueda dar de ello la autoridad, puede obligar a la niña a huir o a ocultarse bajo tierra o a vagar durante mucho tiempo en busca de un lugar en el que pueda encontrar alimento y paz.”.

Pinkola Estés

 

En este sentido, hay personas que logran luchar contra mandatos que suelen ser muy poderosos y salir rápido y airosos, sin embargo para muchos otros durante este proceso de “Liberación” se producen muchas heridas, que tardan en sanar, de acuerdo a la posibilidad que tenga de reconciliarse y de reconocer su propia naturaleza. Procesos que pueden durar años, pero que finalmente al lograrse se produce una transformación genuina que empodera a la persona para defender y proteger su naturaleza (salvaje, no intervenida ni manipulada), de manera de no  ser nunca más herido por el sistema que lo expulsó anteriormente.

 

“Cuando una madre se ve obligada a elegir entre su hijo y la cultura, nos encontramos en presencia de una cultura terriblemente cruel y desconsiderada. Una cultura que exige causar daño a una persona para defender sus propios preceptos es verdaderamente una cultura muy enferma. Esta “cultura” puede ser aquella en la que vive la mujer, pero lo más grave es que también puede ser la que ella lleva consigo en el interior de su mente.”

Pinkola Estés 

 

Es por eso que los exiliados pasan primero por un proceso de desintoxicación, que conlleva a aliviar dolores,  limpiar heridas y esperar a que cicatricen para luego poder exponerse de una forma más segura y empoderada a ese sistema que constantemente va a menospreciar su naturaleza más pura.

 

El hallazgo de la manada: La dicha de la pertenencia

 

 

Como indica la autora, el exilio en sí es una oportunidad, el proceso  que tuvo que pasar una persona para exiliarse pudo haber estado acompañado de mucho dolor, pero en el exilio una persona puede respirar, aprende a protegerse y a proteger su alma, sus pasiones y su naturaleza.

 

“El exilio consolida y fortalece en cierto modo al patito. Aunque se trata de una situación que no le desearíamos a nadie por ningún motivo, su efecto es similar al del carbón natural puro que, sometido a presión, produce diamantes y, al final, conduce a una profunda magnitud y claridad de la psique”.

 

El exilio permite a la persona reconciliarse, por lo que logrará finalmente conseguir  sistemas  (parejas, amigos, trabajos, hobbies, etc) que le reconozcan, respeten y valoren por su naturaleza, ya que primero se reconocieron, se respetaron y valoraron ellos mismos en su propia naturaleza.

 

Esto los convierte en sobrevivientes, potenciando su fuerza interior que utilizan finalmente para crecer, para recrearse, para volver a nacer. Y es a partir de allí que logran vivir plenamente, ya que han dejado que el dolor en vez de destruir, sea un motor de crecimiento y de renacimiento.

 

Quiero invitarles a profundizar en esta historia, de la mano directa de la autora antes mencionada, ya que esto es solo una pincelada de la profundidad de sus enseñanzas.  A continuación un link para poder disfrutar de este capitulo completo:  El hallazgo de la manada: La dicha de la pertenencia

 

A buscar tu propia manada!

 

Con sus propias palabras:

 

“Si alguna vez te han llamado insolente, incorregible, descarada, astuta, revolucionaria, indisciplinada, rebelde, vas por buen camino. La Mujer Salvaje está muy cerca. Si jamás te han llamado nada de todo eso, aún hay tiempo. Haz prácticas con tu Mujer Salvaje. ¡Ándele! Sigue intentándolo”.

 

gabrielacahuao@hotmail.com

Soy psicóloga formada en el enfoque sistémico. Me desempeño en temáticas de Infancia y Derechos Humanos, actualmente trabajo para el Servicio Nacional de Menores de Chile.

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