Adolescentes: El vínculo educativo y el vínculo terapéutico

El vínculo. Tendiendo puentes

En los más de quince años que llevo dedicándome a la intervención con adolescentes, tanto en situaciones de exclusión y riesgo como en situaciones y contextos más “normalizados”, he tenido la oportunidad de trabajar con equipos directivos y docentes de varios centros educativos de educación primaria y secundaria. Los/as profesores/as en estos últimos años, muestran motivación por conocer y poner en práctica las metodologías más innovadoras, más integrativas y multidisciplinares para avanzar y conseguir mejores resultados en su labor diaria. En este sentido, me invitaron a coordinar varias acciones formativas para estos equipos, de cara a poder mejorar su trabajo, y, por ende, los resultados de sus alumnos/as.

En estas sesiones, se planteaban diversas líneas de acción, para poder llegar a elaborar la figura del profesor/a ideal entre todos/as, partiendo siempre de sus propias experiencias como alumnos/as y de las características que se consideran necesarias para ejercer como profesor/a. A través del debate y partiendo de su “sí mismo/a”, se pusieron en juego multitud de dudas, de carencias y de potencialidades, que sentían que nunca habían llevado a cabo por miedo a que el resto del equipo no entendiera o juzgara. Al fin y al cabo, en el ámbito educativo y formal, suele ser más sencillo seguir la corriente del equipo, la idiosincrasia del centro, que discutir sobre estrategias o aportar cambios metodológicos a lo ya establecido.

En la primera sesión, siempre se elabora una lluvia de ideas donde el equipo debe plantear qué facilitadores encuentran en su intervención en el aula, de cara a compartir y a entender que no todos/as parten con las mismas ideas sobre qué herramientas se pueden o deben utilizar con los/as menores con el objetivo de facilitar los procesos de los/as mismos/as. Durante una hora, el equipo habla de “metodologías participativas”, de “normas y límites”, de “sanciones y castigos”, de la preocupación del aumento de situaciones de acoso o bullying en el centro. Pero expresan también no tener las herramientas adecuadas para abordar estos aspectos que escapan de su tarea diaria: impartir contenidos académicos.

Como profesional, me entristece ver cómo en ocasiones, todo se reduce a no disponer de los conocimientos adecuados para poder llegar a las situaciones más complicadas. Por ejemplo, una profesora de secundaria expresaba en una de estas sesiones que ella detectaba multitud de casos de comportamientos disruptivos, pero que no se sentía con la seguridad ni las competencias para poder intervenir en estas situaciones de manera segura. Es decir: si no siento que dispongo de los conocimientos teóricos necesarios, no intervengo en lo que se escape de lo meramente académico. Esto me dio que pensar. ¿En la intervención con menores, con personas, todo se reduce a lo académico? ¿A lo teórico? Somos capaces de poner en marcha las metodologías de trabajo más alternativas y modernas, pero no somos capaces de conversar con un chaval/a que te está pidiendo ayuda sin palabras? ¿Somos capaces de ver más allá de lo que a simple vista se nos muestra?

 

Ir más allá

En un momento de la sesión, quise compartir mi herramienta maestra. La que llevo utilizando desde el primer día que me vi sentada en una sala con un chaval de 12 años que acababa de pelearse con un compañero durante una actividad. Ese día, lo teórico no servía, o al menos, así lo sentí yo. No valía jugar a recordarle que las peleas no estaban permitidas en el centro, ni que lo que acababa de pasar era algo muy negativo, que tendría consecuencias. Supongo, que mirándole entendí que eso ya lo sabía. Que quizás era cuestión de ir más allá de lo que había pasado hacía un rato en la pista deportiva. El chico, estaba sentado frente a mí, con los brazos cruzados, con la mirada fija en la mesa. La mandíbula apretada, respiraba agitado. Recuerdo que empaticé con él, con lo que estaba sintiendo al menos exteriormente, porque no sabía que pasaba por su cabeza (Punto primero: somos humanos, somos profesionales, pero no leemos la mente del chaval. Todo lo que piense, estará basado en nuestros filtros, nuestros prejuicios y nuestra experiencia vital. Contando con que somos la figura adulta, la autoridad y la referencia, ¿a qué tenderemos? Simple: a dar lecciones de moral).

Así que, se me ocurrió preguntarle ¿cómo te sientes ahora?. Este momento es un quiebre. El chaval está esperando, como adultos que somos, que la primera pregunta sea para saber qué ha ocurrido (porque los/as adultos/as solemos centrarnos en el hecho en sí) o para echarle una reprimenda, ya que si está ahí él solo sentado, es porque hemos decidido que  ha sido el culpable de la pelea. Cuando le preguntamos a un adolescente que cómo se siente, le hacemos conectar con su parte menos racional, más instintiva. La adolescencia se caracteriza por la necesidad de demostrar lo que nos creemos que somos, aunque seamos exactamente lo contrario. Por eso, si echamos la vista atrás, somos capaces de recordar nuestros “mensajes tipo”; esos que repetíamos hasta llegar a creérnoslos. Si le preguntamos cómo se siente, abrimos la puerta para que, durante al menos esos minutos, deje al personaje de lado y hable su self real.

 

vínculo

 

Miedo a ser, miedo a estar, miedo a sostener

Cuando cuento esta experiencia en las sesiones formativas con los equipos docentes, la gran mayoría de asistentes me miran con expresión de no entender nada. ¿Acaso no resolviste el conflicto? ¿Qué hiciste para que el chaval pidiera perdón al otro?. Siguen en la teoría, en sentir que lo más importante es el resultado, como si los humanos tuviésemos una serie de teclas cuya combinación diera uno u otro resultado (esto es algo que los/as profesores/as comparten con los/as padres y madres. La necesidad de que exista un manual básico de actuación con el que conseguir manejar mágicamente a sus alumnos/as o hijos/as, sin tener que sufrir por ello como madre/padre/maestro. Entra en juego un factor muy importante en la relación adulto-menor, tanto en el contexto escolar como en el familiar y social: el miedo. Miedo a marcar normas y que nos dejen de querer (esto lo habré escuchado más de veinte veces en sesiones con madres y padres); miedo a darme cuenta de que somos los/as responsables del conflicto que acaba de explotar; miedo a darme cuenta de que no sé hacerlo, y de que tampoco pido ayuda para aprender a hacerlo de otra forma. Miedo al fracaso, en definidas cuentas. Que, casualmente, es el que sentimos absolutamente todos los seres humanos. Hasta el chico que está sentado en la silla frente a mí, tiene miedo a fracasar, a que no le quieran, a no saber hacerlo bien.

El vínculo. Esa es la “herramienta mágica”. Los/as docentes vuelven a abrir los ojos, como si hubiéramos descubierto la piedra filosofal. ¿El vínculo? ¿Cómo es eso?. Pensemos en nuestra adolescencia – les digo- Pensemos en alguna figura adulta que se convirtiera en nuestro referente. ¿Por qué consiguió ese lugar? ¿Qué hacía de especial para que fuera un/a referente para nosotros/as? “Tenía un profesor de biología, que, todas las mañanas, antes de comenzar la clase, nos preguntaba cómo estábamos. Si queríamos, nos invitaba a contar algo emocionante o positivo que nos hubiera ocurrido en los días en los que no nos habíamos visto”. Este tipo de recuerdo, se repitió en la mayoría de los/as profesores/as que participaban en la sesión. “Sentía que el profesor se preocupaba por mí”, “Nos hacía ver que le importábamos”, “Llamaba a mi madre para felicitarle por mi comportamiento”. En resumen: sentían que “eran” y que “estaban”. Para un/a adolescente, esa es una de las necesidades más acuciantes. De esta manera, se ponen los cimientos para poder forjar el vínculo necesario que nos permita abordar otros aspectos necesarios en su ámbito personal, social, escolar y familiar.

Encontramos una primera definición en el diccionario María Moliner. En su primera acepción, define el vínculo como “algo que une una persona o cosa a otra. En lenguaje corriente actual sólo se aplica a cosas inmateriales: vínculos espirituales, de sangre, de parentesco, históricos, raciales”. En su segunda acepción nos muestra que sería “lazo, ligadura”. Esta definición nos introduce en la naturaleza inmaterial e invisible de este concepto.

El modo en que nos relacionamos con otros está influido por factores como nuestra experiencia vital, los acontecimientos positivos y negativos, las formas de apego primarias, las creencias,  la mirada que depositamos en el otro, los intereses que nos mueven al relacionarnos, la calidad comunicacional, los mensajes que emitimos, el modo de recibir la información del exterior, el manejo del poder, las cargas socioafectivas que nos acompañan en nuestra trayectoria de vida y las cuales depositamos en los otros, el grado de diferenciación que logramos experimentar o no con los otros. Y todo ello envuelto en un mapa cultural, histórico y social que genera sus propias estructuras de pensamiento y acción en el contexto donde nos movemos los humanos.

El vínculo, por tanto, se podría definir como la “síntesis de la interacción entre dos personas quienes, a través de sus mecanismos de relación ponen en juego su propia historia de vida y sus experiencias”. Esa es la principal barrera con la que me encuentro en el trabajo con docentes. Un/a profesor/a, no está formado para mostrarse tal y como es ante su alumnado. Está formado para transmitir una serie de contenidos académicos, facilitar que el clima en el aula sea el adecuado para que el alumnado pueda aprender estos contenidos, centrando todos sus esfuerzos en la meta, y no en los procesos. El vínculo, se caracteriza precisamente por ser un proceso, vivo, flexible, lleno de altibajos, idas, venidas, y vueltas a la casilla de inicio. Pero, la experiencia me dice, que es la base de cualquier proceso con un/a adolescente, ya sea educativo o terapéutico. Es necesario invertir tiempo y consciencia en el proceso del vínculo, que al fin y al cabo, consiste en tender puentes para que ambos/as componentes de la relación, consigan verse, reconocerse y acompañarse desde el SER. Yo defino el vínculo como el proceso de ser y estar al servicio del otro/a, como algo bidireccional. Si centramos nuestra atención en el proceso, en la construcción del vínculo, la relación se vuelve más auténtica. Se instala en el “aquí y ahora” de una forma natural, comprendida y necesaria.

El vínculo no es solo la herramienta más facilitadora a nivel educativo, sino también en mi experiencia a nivel terapéutico. Desde el enfoque Gestalt, el vínculo  es el elemento principal en la creación de la relación terapéutica. Esto es algo que traspaso al equipo de docentes en las sesiones de formación. “Lo que cura es el vínculo” (Irvin Yalom), sería la esencia que explique el por qué es tan importante enfocarse en el vínculo como la llave que abre la posibilidad de iniciar cualquier proceso, educativo, personal y/o terapéutico. Por eso, es imposible hablar de técnicas y herramientas concretas para la intervención con menores en particular. Porque no sabemos qué es lo que puede funcionar o no hasta que no nos encontremos frente a frente con el/la otro/a, y podamos saber cómo viene, cómo se siente.

Por eso, lo único en lo que podemos centrar nuestra atención es en la construcción del vínculo, permitiéndonos a nosotros/as mismos/as y al otro/a simplemente ser. Si el/la adolescente decide pasarse la mitad de la sesión en silencio, ya está diciéndonos algo. ¿Por qué no dejarle ser en el silencio? ¿Por qué necesitamos sentir que controlamos algo tan incontrolable como la esencia humana?. En contra de lo que se piensa, los/as adolescentes necesitan sentir este vínculo con su profesor/a, educador/a o terapeuta. Esta opción es la que nos lleva a poder marcar normas y límites que sean entendibles y sin que se generen reacciones negativas. Podremos ser capaces de utilizar otra mirada que vaya más allá del conflicto o del pasado.  Es la que nos permitirá sostener al otro, sin irnos al discurso o a las normas morales que se espera de la autoridad. Si se les deja ser, se muestran tal y como son. Si se muestran tal y como son, nos obligan a mostrarnos así a nosotros/as. Y quizás, eso es lo que más miedo nos da.

El vínculo deberá estar formado por diversas variables, que van desde la entrega del profesional al proceso, su capacidad de estar en el presente en contacto con el otro/a, realmente interesado en él/ella, poniendo en marcha todos los recursos de los que dispone, ofreciendo apoyo, seguridad, curiosidad, deseo y motivación para avanzar. Y nuestro papel, será hacer que el/la joven se sienta con la confianza de poder ser y hacer, mientras nosotros/as iremos viendo qué es aquello que le puede estar haciendo daño o le impide poder relacionarse de manera positiva ya sea con sus amigos, en el centro educativo o con su familia. Cuanto más confianza y seguridad sienta el/la menor en los momentos de intervención, más confianza y seguridad sentirá en los otros ámbitos que rodean su vida. Aprenderá a percibir a la figura adulta de una forma más sana y equilibrada, como alguien que ya ha pasado por donde él/ella está ahora. Sólo a través de esta primera puerta, podremos acompañarles a seguir avanzando a la siguiente etapa de manera confiada, y siendo ellos/as los/as protagonistas.


Fotografía: Matheus Ferrero

arancha.lorenzo@gmail.com

Colaboradora en Psiquentelequia. Educadora Social con jóvenes en riesgo de exclusión social. Estudiante de Terapia Gestalt.

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