Mudanzas (I)

Debe haber por ahí, seguro que hay, un estudio de Harvard o un artículo de la revista Saber vivir afirmando que las mudanzas son perjudiciales para la salud. Como los cigarrillos o el dióxido de carbono. Las mudanzas generan un nivel disparado de estrés porque somos animales de costumbres y posesión territorial. Una vez que hemos logrado armar la guarida sólo una mudanza nos sacará de ella.

Es curiosa la relación que establecemos con los espacios íntimos en los que comemos, dormimos, hacemos nuestras necesidades fisiológicas, discutimos con la pareja. Algunos de los objetos que habitan con nosotros están cargados de significados misteriosos. Un abrigo deshilachado, una lapicera sin tinta, un libro descuajeringado. Nos aferramos a nuestros bártulos, vamos entretejiendo nuestra existencia con ellos de testigos.

Al emprender una mudanza tendremos que abandonar una vida, encontrarnos con lo acumulado, desplazarnos. Un viaje hacia terra incognita.

El Dr. Freud en La interpretación de los sueños daba fe cabal de la relación entre experiencia y desplazamiento. La distorsión de nuestras coordenadas usuales, la desorientación por el movimiento, la mutación por el cambio de piel, la pérdida del Norte.

Cierto es que hay mudanzas y mudanzas. En algunas el motor es el deseo, en otras lo es la necesidad. Cuando la experiencia es benéfica, construiremos la esperanza de que se repita; si es dañina nos preguntaremos cuánto tardarán en cerrarse las heridas.

Entre mis mudanzas hubo un poco de todo

Cuando Berta, mi segunda madre, se enojaba conmigo me gritaba: “¡chango, mandate a mudar de mi pieza!”. Me echaba de su cuarto, en la que estaba la mejor TV de la casa, hacia el valle sombrío del exilio. Yo deambulaba, con mis ocho o nueve años, por el resto de las habitaciones como alma en pena, sin encontrar mi sitio y deseando volver a esa cama, la de Berta, para tumbarme y mirar, con el control remoto en la mano, Los Tres Chiflados, Créase o no de Ripley, Dick Turpin. Como un pequeño emperador oriental yo hacía todo en esa cama: almorzaba, dormía la siesta, me instalaba con los amigos.

De esa enorme casa de tres pisos en la que me crie, nos mudamos luego de la muerte de mi abuela. Mis padres contrataron a una empresa de mudanzas. Recuerdo que eran nueve o diez operarios, vestidos con mameluco azul, cargando unos canastos de mimbre llenos de enseres. Un camión gigante, aparcado sobre la calle Arenales, con el rótulo “Verga Hermanos”. Hicieron un trabajo rápido, eficiente, profesional. Hasta los platos de porcelana de Limoges salieron indemnes. Verga Hermanos

A esa primera gran mudanza le siguieron otras de menor envergadura y ya no en Buenos Aires sino en Madrid.

En 2003 alquilé, junto a un compañero de estudios chiapaneco y una compañera de Belo Horizonte, un apartamento en el número 71 de la calle Segovia. En la acera de enfrente estaba el parque de Atenas y colindante a éste los frondosos Jardines del Moro. Hacia el oeste, un puente barroco sobre el rio Manzanares. Subiendo la calle hacia el centro y pasando por debajo del viaducto de Bailén, comenzaban mis noches de juerga por los garitos de La Latina: el Lamiak, Café Berlín, el Almendro, las fiestas electrónicas del Katmandú, los tragos del Marula.Mudanzas (I)

El 2005 lo empecé viviendo en el cuarto piso de un edificio señorial de la calle Preciados, a escasos cincuenta metros de la Puerta del Sol. Tres habitaciones daban a un largo balcón desde el que se podía ver la torre con reloj de la Real Casa de Correos y cronometrar el flujo incesante de gente entrando al Corte Inglés desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche.

Real Casa de CorreosCon mi novia suiza de aquella época compartíamos piso con otras dos chicas, una rumana y la otra chilena. Mis noches solitarias en la pequeña cocina. Apenas volvía de mi trabajo en el restaurante Planet Hollywood, más allá de la medianoche, me encerraba allí a ver películas en el ordenador y con auriculares para no despertar a nadie. Era la convivencia perfecta, no coincidían nuestros horarios. El juego del escondite y la huida duró menos de un año. Era aún invierno cuando junté mis cosas para la mudanza.

Mi deseo de seguir viviendo en el centro de la ciudad, soltero otra vez y luego de una accidentada separación amorosa, me llevó hacia la Costanilla de los Ángeles. Un sinuoso callejón cercano a la Ópera y a medio camino de la plazoleta de Santo Domingo. Los mismos bares de copas sobre Caños del Peral perduran hoy en día pero con sus fachadas más limpias y menos meados en sus rincones.

Nada me parecía más romántico que pasear por las disquerías y librerías, especializadas en cómics, de la zona los sábados o domingos antes del mediodía. El ambiente letárgico que envolvía aquellos locales me cautivaba, afiches de Jimmy Hendrix, de Frank Zappa o los personajes de Robert Crumb adornaban las paredes. Aislados del bullicio que rodeaba a nuestro departamento, mis compañeros de piso y yo habíamos montado nuestro particular campamento latinoamericano. Jorge, caraqueño y melómano, tenía su búnker en la habitación al fondo del pasillo. Desde allí, con sus potentes altavoces y su mezcladora, nos sorprendía pinchando drum n´bass, dub, reggae, los timbales de Tito Puente o la salsa de Héctor Lavoe.Costanilla

Álvaro, barranquillero de origen pero cosmopolita de espíritu, era como mi hermano menor. Su permanente alegría costeña contrastaba, complementaba, mi nostalgia tanguera. Cuando la nevera se quedaba vacía a mediados de mes, aparecían como por arte de magia sándwiches envasados, a punto de caducar, del Starbucks en el que trabajaba. También los zumos de naranja Granini y unas porciones de tarta de queso con caramelo. Mercadería que hubiese ido a parar directamente a la basura en cumplimiento de los estrictos protocolos de la cafetería estadounidense, era consumida felizmente por unos sudacas de estómago resistente.

Durante el 2007 fue cambiando el curso de mi vida. Con treinta años, el encuentro inesperado de un amor y muy pronto el nacimiento de nuestra hija.

Mudanzas en familia

El primer hogar de mi recién creada familia fue el piso de Costanilla de los Ángeles. La habitación que había sido de Jorge, se convirtió en la matrimonial. La de Álvaro, en la de huéspedes y en mi escritorio de trabajo con la tesis doctoral. El salón, que había sido mi cuarto, volvió a cumplir su función original.

Fueron tiempos raros, una mamá y un papá primerizos aprendiendo las labores de la crianza. En la casa reinaba la alegría y la incertidumbre. Las tribulaciones laborales de un becario universitario y una psicóloga autónoma. Sin abuelos a los que recurrir.  Pasaba las tardes con la beba, mientras mi mujer iba a su consulta en el barrio de Prosperidad. En el Rodilla de la calle Jacometrezo pedía siempre lo mismo: un café con leche y un vaso con agua. Intentaba sonreír, mientras negaba con la cabeza, cuando la empleada me preguntaba si quería alguna de las promociones de merienda. Junto a la mesa, flanqueada por la máquina expendedora de tabaco y el alféizar de una ventana, colocaba el cochecito. Leía debates constitucionales aburridísimos de la Inglaterra del siglo XVII, obras de Milton, Hobbes, Locke. Escribía y reescribía mis notas sobre la soberanía. Permanecía sentado hasta que oscurecía. Volvía a casa siguiendo el mismo recorrido.

Nos tuvimos que largar de Costanilla cuando la dueña del piso quiso que su hijo consentido adquiriera independencia.

La mudanza tuvimos que hacerla con prisas y en la furgoneta de nuestro amigo Germán. Recuerdo que se rompió una de las patas de la cuna, una lámpara que me había acompañado desde mi llegada a Madrid y se perdió un collar que había usado en la adolescencia y que era idéntico a uno que llevaba Jim Morrison en la cubierta del disco The Best of The Doors. ¿Por qué se pierden o se rompen las cosas que amamos?the-doors-the-best-of-usa-2-cds-elektra-1985--D_NQ_NP_867484-MLM26638111665_012018-F

Continuará…

saravia.gregorio@gmail.com

Profesor de Filosofía. Doctor en Estudios Avanzados en Derechos Humanos.

Sorry, the comment form is closed at this time.