Estar sin estar. Una reivindicación de la presencia

 

¿Alguna vez te has planteado cuántas veces al cabo del día estás deseando estar en otro lugar o hacer algo diferente a lo que está sucediendo en ese momento? ¿O tu cuerpo se encuentra inquieto, o te estás comiendo las uñas, o te cuesta mantener la mirada, o se te entrecorta o paraliza la respiración como si esta temiera explayarse y acoplarse a ese instante? ¿O cuántas veces te gustaría no sentir las emociones o sensaciones que tu cuerpo siente, o sentir aquello que anhelas pero que no sucede en ese momento? Vamos, que es como un “estar sin estar”, como estar de cuerpo presente pero de mente ausente, como huyendo de lo que la vida está ofreciendo en ese preciso instante. Es como huir de estar presente en el único momento que realmente existe: este.

 

¿Por qué huimos?

Acompañar a otros es un camino de conciencia. A veces es difícil ver en uno mismo muchas cosas que, a través del espejo que nos hacen los demás, de repente toman una nueva dimensión en uno. Los años que llevo acompañando a otros me han hecho replantear mi propia experiencia de vida en cada instante, me han permitido tomar perspectiva y plantearme acerca del origen de cómo vivo lo que me sucede, de cómo aprendemos a vivir aquello que nos va aconteciendo. Y al hacerme esta pregunta, siempre recurro a los más pequeños, a los bebés, mis maestros.

Un bebé sencillamente siente, y lo expresa, tal cual. Puede ser alegría, miedo, tristeza, cansancio, desasosiego, hambre, sueño … Seguramente, la labor más difícil que puede hacer un adulto es aprender a acoger todo lo que se mueve en su interior ante lo que el bebé manifiesta, para así poder sostener a este sin negarlo, sin reprimirlo. Por desgracia, creo que esto es una utopía en la mayor parte de casos, pues pocos madres y padres se plantean esta cuestión, al seguir prevaleciendo en casi todas las sociedades la idea de la educación como una serie de pautas y normas que permitan modelar al niño sin mirar más allá de lo que este necesita verdaderamente. Y así ese niño se irá perdiendo a sí mismo, ante la presión de adaptarse a un entorno, y sobre todo, ante la gran necesidad de sentirse querido, aunque sea a costa de sí mismo. Y ya está cerrado el círculo vicioso. Este niño se convertirá en un adulto desconectado de lo que siente, juzgará o anulará al niño que fue, quizá opte por anestesiarse a través del trabajo, del reconocimiento social, de relaciones afectivas poco auténticas, o incluso a través de adicciones, ya sea a sustancias, sexo, redes sociales o aquello que cada época ponga a tiro como catalizador de esa insatisfacción existencial.

 

 

Y cuando este adulto sea m/padre, repetirá lo mismo con sus hijos, incluso enorgulleciéndose a veces de que es lo mejor, que la vida es así, en una cadena que se perpetúa. A no ser que crisis vitales, entre la que podemos incluir la propia m/paternidad, abran una rendija de luz que permita a ese adulto cambiar la mirada y replantear su forma de interpretar y relacionarse con el mundo y, sobre todo, consigo mismo.

Seguramente hemos aprendido a huir, a no estar presentes, porque quizá nunca sentimos de niños la presencia auténtica de ese adulto que nos cuidaba validando lo que sentíamos, sosteniéndonos sin juzgarnos; quizá sentimos un profundo desamparo, que ahora nos hace querer evitar cualquier acercamiento a esas sensaciones muy físicas, quizá de miedo o desconfianza, que disparan pensamientos de desear otro escenario, otro momento, pasado o futuro, quizá una situación ideal que nos impulsa a huir hacia adelante, todo ello para evitar pararnos y sencillamente estar, sin más, en cuerpo y alma.

 

¿Y qué significa sentir?

Mi mente racional (con todos sus pensamientos, creencias, ideas) es muy cuca. Se cree que soy yo. Y por supuesto, caigo en la trampa. Mi mente racional se formó a partir de mis experiencias infantiles y, por tanto, si me he sentido poco visto o escuchado respecto a mis emociones, a lo que sentía, seguramente como adulto me siento bastante incómodo y perdido cuando se me activan emociones habitualmente desagradables (enfado, tristeza, asco o rechazo, vergüenza, etc) y mis pensamientos afloran en tropel generando un malestar y sufrimiento, generalmente con ansiedad, que me incitan a desear no sentir lo que estoy sintiendo. Es un bucle de malestar que busca la huida.

Pero, ¿qué debería hacer en ese momento? Quizá todo consista en algo sumamente difícil cuando no hemos sido sostenidos emocionalmente de niños, que es pararse, sentir físicamente toda esa ola inmensa de energía que se mueve en nuestro cuerpo y que arrastra una cola de pensamientos a cual más agobiante que el otro, y sencillamente observar esas ideas sin identificarse con ellas, como si fueran nubes que pasan ante nosotros mientras seguimos sintiendo el seísmo físico y emocional hasta su descarga final, sin juzgarlo, sin interpretarlo en ese momento. Dejando que llegue la calma tras la tempestad. Y ahí, en esa calma, si nos lo permitimos, seguramente llegue el momento de interpretar con perspectiva lo sucedido, de aprender de lo que se ha movido interiormente, de integrar la experiencia. Todo ello requiere una cierta distancia de la historia que nos contamos y creemos de nosotros mismos, de nuestra propia identidad, como si fuéramos “algo” que siente y observa, más allá de mi propio yo.

 

 

Cuando te vas acostumbrando a vivir así cada momento, surge la magia. Sin buscarlo, comienza a surgir un sentimiento de rendición ante el mundo, de poder prescindir de mi propia visión de la realidad, de no tener que defender ni sostener creencias u opiniones, de abrirse a la ignorancia de la mente racional para conectar con la sabiduría de la intuición. En resumen, puede surgir un profundo sentimiento de confianza en la vida, sin necesidad de controlarla, porque realmente, el control implica la necesidad de predecir el futuro porque no confiamos en el presente.

 

Lo que nos aleja de la presencia

La forma más auténtica de estar presente quizá sea la interacción con otro ser humano. Parece que aprendemos a estar con nosotros mismos porque otro ser humano más experimentado nos ha sostenido en ese proceso de reconocernos y acoger lo que sentimos. Sin embargo, en la sociedad actual en que vivimos, buscamos como locos nuevas interacciones, personas que cumplan roles concretos, pero huimos de una presencia sincera, honesta, auténtica, que implicaría desnudarnos interiormente. El miedo a los juicios, la falta de confianza en el otro por mi carencia de confianza en mi propio ser nos hace quedarnos dentro de un personaje que, tarde o temprano, termina haciéndose rígido cuando una presencia real implica una continua adaptación a lo que sucede desde la honestidad con nuestro sentir más profundo.

Si nos cuesta vernos a nosotros mismos, ¿somos capaces de ver al otro como ser? ¿o solo lo vemos por su rol, es decir, en cierto modo, lo hemos cosificado? Cuando estamos ante un bebé o un niño, ¿lo consideramos como un ser de plena conciencia, somos capaces de sentirlo como un igual, de tú a tú, aunque su forma de comunicarse o de mostrarse sea diferente a la más habitual entre nosotros, adultos? Cuando estamos ante una persona en estado vegetativo, o ante una persona con demencia, ¿somos capaces de verla y sentirla en todo su ser, más allá de esa identidad que tuvo en algún momento de su existencia? No sé si te resuena esa forma de comunicarnos entre adultos cuando estamos ante un bebé o una persona con demencia, en tercera persona sobre ellos, como si “no se enteraran de nada”, cuando realmente no sabemos qué nivel de conciencia tiene ese ser que nos acompaña estando plenamente presente.

 

 

¿Y si esas personas “aparentemente ausentes” se pudieran expresar?

Hace unos días, una persona que asiste desde hace un tiempo a mis sesiones de musicoterapia me compartía el proceso de deterioro cognitivo que estaba viviendo su abuela desde hace años. Y un día, escuchando esta canción, se conmovió profundamente, y tomó conciencia de lo que podría estar sintiendo esta mujer en el último tramo de su vida ante la presencia quizá “ausente” de sus familiares y cuidadores. Me conmovió profundamente, y me empuja a dejar la propia canción como reflexión y oportunidad para tomar una pausa, y sentir nuestra presencia consciente.

 

 

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juanm.morillo@gmail.com

Aplico la musicoterapia desde un enfoque humanista, empleando principalmente la improvisación musical. Trabajo con adultos que quieran trabajar sus emociones tanto en sesiones individuales como en grupos o colectivos específicos.

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